Monasterio de Veruela

Veruela fue una de las principales fundaciones cistercienses en España y la más temprana en Aragón. Pedro Atarés, señor de Borja, cedió a la Orden del Císter en 1146 un lugar en las faldas del Moncayo para que estableciera una comunidad de monjes blancos que le ayudase a roturar y organizar aquel territorio recién reconquistado, y consolidase o atrajese a la población cristiana.

La construcción de Veruela es temprana: el núcleo principal de sus edificios se erigió hacia 1160-1190, aunque las obras seguirían completándose hasta mediados del siglo siguiente, a la espera de la profunda y esplendorosa renovación que viviría el monasterio en el siglo XVI.

En Veruela, como en cualquier monasterio cisterciense, se creó un microcosmos autosuficiente donde la comunidad labraba sus tierras, percibía las rentas de los lugares bajo su jurisdicción, criaba su ganado, dirigía sus talleres y hasta elaboraba su vino. Por supuesto, rezaba, meditaba, atesoraba una buena biblioteca, copiaba e iluminaba códices y regía la vida espiritual de los pueblos circundantes. Era una vida dura, los monjes no vivían mucho. Hoy vemos en Veruela un lugar apacible y bello, pero a mediados del siglo XII era agreste y pantanoso, y hubo que trabajar mucho para hacer de él un terreno cultivado y en orden. El frío, la frugalidad de la comida y el rigor de la regla monástica hacían que la esperanza de vida de un profeso no llegara a los 40 años.

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Veruela, caminos del alma. Fotografias del monasterio.

El entorno

Veruela, caminos del alma. Fotografias del entorno del monasterio y el Moncayo.

En el entorno destacan el Moncayo y la monumental Tarazona. El Moncayo es “la montaña” por excelencia del paisaje zaragozano con 2.314 metros. Es fácil perseguir con la mirada sus cumbres, orna de vientos heladores, desde cualquier punto alto de la provincia. Ya en la infancia se aprende a distinguir su silueta que se dibuja solemne en el horizonte.

Protegido por las leyes desde 1927, este frondoso vergel sirve de refugio a una variada fauna y congrega más de 1.300 especies vegetales en muy distintos ambientes escalonados en altura. Así, es posible encontrar desde robledales o hayedos propios de la Europa Central hasta plantas habituadas a resistir las condiciones extremas de cumbres y circos glaciares, junto con bosques de pinos o formaciones de acebos sobre escarpadas pendientes. En Agramonte se ha creado el Centro de Interpretación del Parque desde donde parten rutas que ascienden por las faldas hasta las cimas más altas del Sistema Ibérico, teñidas por la nieve gran parte del año. Y en Añón del Moncayo un segundo centro recrea actividades tradicionales relacionadas con la explotación de los recursos naturales del lugar.

La capital más relevante del somontano del Moncayo es Tarazona, un tesoro a orillas del Queiles. Fue plaza fuerte de los celtíberos lusones, hábiles forjadores de espadas, y conoció momentos de esplendor en época romana bajo el nombre de Turiaso, como revela el hallazgo de una excepcional cabeza de Octavio Augusto.

En las cercanías de Veruela, a la sombra del Moncayo, se acomodan varias poblaciones cargadas de historia y leyenda. Todas ellas poseen un denominador común, la existencia de sólidas fortalezas en un área fronteriza entre tres beligerantes reinos: Aragón, Castilla y Navarra. Entre las mejor conservadas figuran las de Litago y Lituénigo.

Próximos, destacan los baluartes defensivos de Vera del Moncayo, cuya iglesia de la Natividad acoge retablos procedentes del Monasterio de Veruela, Alcalá del Moncayo y Añón del Moncayo. Un caso aparte lo constituye el castillo de Trasmoz, sede de una exposición permanente sobre la brujería basada en las historias fantásticas y los supuestos aquelarres organizados en el interior de sus murallas.

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