Mequinenza, población de origen musulmán, está situada en las proximidades de la desembocadura de los ríos Cinca y Segre en el Ebro, y por tanto en una de las zonas más estratégicas de Aragón.

De la presencia bereber de la tribu de los Miknasa a principios del siglo VIII solo ha quedado como testimonio la ubicación y el nombre del castillo, al haber sido inundado el pueblo antiguo con la construcción de un embalse.

La fortificación, en lo alto de un escarpe sobre el Ebro, domina las comunicaciones y toda la vega, en un lugar privilegiado para la defensa. Este emplazamiento determinó la construcción de lo que el cronista y geógrafo Al-Idrisi denominó «pequeña fortaleza robusta» en la frontera de Al-Ándalus.

 

Mequinenza no fue una plaza fácil de conquistar por los cristianos. Hasta 1149 Ramón Berenguer IV no logró apoderarse definitivamente del castillo y la villa. Durante unos años estuvo bajo dominio real, pero a finales del siglo XII la fortaleza fue cedida al conde de Urgel. En el siglo XIII los condes transmitieron la baronía de Mequinenza a la familia de los Moncada, en su rama de Aytona, y continuó siendo una tenencia unida a este linaje durante varios siglos.

 

A 185 m sobre el cauce del Ebro, junto a un precipicio rocoso, se sitúan la fortaleza y su coracha, lienzo de muralla que bordea el espolón reforzando la defensa natural y que se prolonga hacia el valle. El castillo tiene un carácter casi inexpugnable. Recorriendo esta cresta hacia el oeste se añadió en la Edad Moderna un recinto fortificado. El lado norte, más desprotegido al carecer del escarpe, fue fortalecido con un foso artificial en el siglo XVII.

 

 

El castillo, construido totalmente en piedra, es de planta irregular por su adaptación al terreno, aunque tiende hacia el cuadrado. Sus ángulos y el muro sur están protegidos por seis torres de planta rectangular, más una pentagonal en el lado oeste, esta última reformada en el siglo XVII. Ninguna de ellas sobrepasa la altura del adarve o camino de ronda, que en este caso se alza a más de 7 m, y tampoco a ninguna puede otorgársele el calificativo de torre del homenaje, pues son muy homogéneas. La puerta de acceso está flanqueada por dos torreones y sobremontada por una buharda que la defiende. La entrada es un arco de medio punto presidido por el escudo de la familia Moncada, que promovió la construcción gótica que actualmente se conserva.

 

La morfología de esta fortaleza coincide con la de los castillos-palacio que construyeron los monarcas, obispos y tenentes en sus señoríos entre los siglos XIII y XV. Se trata de una fusión entre la residencia palaciega y la estructura militar, que erigía la nobleza latifundista. En esta zona de Aragón las construcciones de este tipo se caracterizan por la escasa presencia del mudéjar, con un protagonismo esencial del gótico en piedra.

 

Los edificios se organizan en torno a un patio central que reproduce la planta irregular del conjunto, careciendo de patio de armas o zona militar diferenciada, dado su carácter eminentemente residencial. En Mequinenza el patio no está cubierto, aunque en el lado sur hay un espacio porticado con arcos apuntados. En su interior, un brocal del siglo XVI oculta un aljibe excavado en la roca, que garantizaba el suministro de agua a la fortaleza. El edificio está dividido en tres plantas, aunque sólo las dos primeras son originales. A ellas se accede por la escalera del patio, que se ubicaba en el ala sur, junto a las arcadas pero que a mediados del siglo XX, en las obras de rehabilitación del castillo, fue reubicada para obtener más luz. Las pilastras estriadas y el escudo que la decoraban fueron también reutilizados.

 

En el segundo piso, al que se llega por otra escalera en el ala norte, se localizan los aposentos más importantes. La sala de Armas o Capitular, cubierta con bóveda de cañón, donde se celebraban los juicios, conserva tres escaños que se correspondían con los tres estamentos medievales: nobleza, burguesía y pueblo llano. Otra gran sala que era la antigua capilla ha mantenido los arcos fajones que sustentaban la techumbre de vigas, sistema de cubiertas más común en los edificios civiles aragoneses de la época, aunque el techo original ha desaparecido. Por último, el polvorín mantiene su estructura original, aunque fue reconvertido en comedor.

 

 

 

 

 

El resto de las habitaciones, en un total de 18, fueron rehabilitadas en los años 50 para alojar huéspedes. Los vanos que iluminan los aposentos son reflejo de las variadas etapas constructivas en que la fortaleza fue adquiriendo su aspecto actual. A mediados del XVII sufrió una importante transformación en la que perdió su carácter residencial para potenciar el militar, adecuándose a las nuevas condiciones de la artillería y de las armas de fuego: los muros se reforzaron hasta alcanzar los cuatro metros de espesor; se amplió la defensa con cortinas y baluartes, y se construyeron dos lienzos de 84 m atenazando una peña, que ayudó a la construcción de un hornabeque (muro cortina que une dos medios baluartes).

 

 

A partir del reinado de Fernando VII volvió a propiedad de la Corona y se usó como acuartelamiento militar durante todo el siglo XIX y principios del XX.

 

Por su ubicación estratégica esta fortaleza, pese a su carácter nobiliario-residencial, se ha visto involucrada en la mayor parte de los conflictos bélicos sufridos en España: la lucha por el reino de Sicilia (en 1288, cuando su cárcel albergó al príncipe de Salerno Carlos de Anjou el Cojo, futuro rey de Sicilia), la rebelión catalana contra Felipe IV (ocasión en la que el castillo alojó al ejército real, en 1644, tras la derrota por Charcot al mando de los franco-catalanes),  la Guerra de Sucesión, la Guerra de Independencia (fue atacada tres veces por los franceses y capituló ante el mariscal Suchet en 1810, tras oponer dura resistencia), las Guerras Carlistas (sufrió importantes ataques entre 1820 y 1823 por parte del ejército carlista, pero logró mantener la guarnición militar) y la Guerra Civil. Posteriormente vivió un estado de abandono y ruina hasta su compra por la empresa hidroeléctrica ENHER a mediados del siglo pasado, cuando se construyó el pantano de Mequinenza, en que se rehabilitó para uso institucional de la propia empresa.

 

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ) y Ayuntamiento de Mequinenza/Mequinensa
Planta: Cristóbal Guitart

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