El castillo de Sora surge de repente, como una sorpresa, junto al trazado de la carretera que une Castejón de Valdejasa con Ejea de los Caballeros. La imagen, al primer golpe de vista, resulta impactante porque las ruinas del venerable edificio aparecen coronando una peña sobre un impresionante cortado, asomándose al vacío. La primera palabra que acude a la mente es: “inexpugnable”.

Inexpugnable es, ese castillo, por el lado sur, que es el que se ofrece a la vista del viajero, y también por el este e incluso por el oeste, pero no por el norte, donde encontramos un camino que asciende serpenteando por una suave ladera hasta la cima. Obviamente, es en este lado frágil donde se concentraron las obras de protección para asegurar la defensa: murallas reforzadas con contrafuertes circundando todo el recinto, puertas en recodo medio escondidas, sólidos torreones en los extremos, que por el otro lado miran al borde del abismo.

 

 

El edificio más destacado de todos los que componen el conjunto es la Torre del Homenaje o de la Celoquia, como se la denomina en la documentación. Se trata de una torre cuadrada, de no mucha altura, emplazada sobre un peñasco rocoso, en el que se excavó un piso inferior. Está construida en sillares de piedra bien escuadrada y asentada, en fina obra de cantería. Aunque su origen es medieval, ofrece un aspecto de obra renacentista porque fue reformada en el siglo XVI por orden de Martín de Gurrea y Aragón, duque de Villahermosa, dueño del castillo; en esta reforma se dotó a la torre de dos hermosos ventanales adintelados con decoración clasicista, muy sobria, en relieve. Por este motivo, se ha considerado siempre a Sora como un enclave un tanto atípico, de arquitectura militar renacentista: la última torre del homenaje construida en Aragón, se decía; posiblemente un capricho señorial en un nido de águilas.

 

 

 

Sin embargo, se trata de un castillo de origen musulmán, con restos bien visibles de aquella época. Quizá Sora cumplió una función defensiva y de control del territorio desde muy antiguo, pues el punto que ocupa posee un extraordinario valor estratégico. En primer lugar, porque desde su altura se divisa una gran extensión de terreno, del Prepirineo al Valle del Ebro, comprendiendo, hacia el Oeste,  la fértil vega del Arba y la vertiente aragonesa de las Bardenas; visibilidad que se ampliaba considerablemente con solo unas pocas atalayas o torres ópticas habilmente situadas en Monlora al Norte, la Plana del Castellar al Este, Tauste y el Santuario de Sancho Abarca o el Pico del Fraile al Oeste. Esta privilegiada situación le permitía un excepcional control sobre movimientos de tropas, escaramuzas o cabalgadas, en épocas en las que el factor sorpresa y la posibilidad de escapar una vez consumado el ataque eran claves para el éxito.

 

 

En segundo lugar, a sus pies discurría la calzada romana Caesarausta-Pompaelo (Zaragoza-Pamplona), la primera que se construyó tras la fundación de la capital del Ebro, vía de comunicación de gran importancia tanto comercial como militar. Además, en su más inmediato campo visual se encuentra Ejea de los Caballeros, la antigua Segia romana y musulmana Siyya, destacada población que Sora se encargaba de proteger.

 

En Sora, sin embargo, no han quedado restos anteriores a la etapa islámica. Hoy conserva de esa época dos torreones, uno de ellos ochavado y otro de planta cuadrada, más algunos muros de cerramiento y una antigua entrada en recodo al recinto, todo ello datable en el siglo IX, cuando esta zona padeció graves y continuos enfrentamientos entre la poderosa familia de los Banu Qasi, muladíes que señoreaban el territorio de las Bajas Cinco Villas hasta Tarazona y Tudela, de carácter fuertemente independiente, y el poder cordobés, decidido a no tolerar que nadie cuestionase su supremacía.

 

Sora tuvo que ser pieza clave en la conquista de Zaragoza desde Ejea, ya que tras la toma de esta villa por los cristianos, hacia 1105, se encaminó Alfonso I hacia el curso del Gállego, decidido a atacar Saraqusta de una vez por todas. Es poco arriesgado aventurar que El Batallador solo vería el camino libre para culminar este proyecto en el momento en que hubiera conseguido doblegar el único escollo de verdadera entidad que se interponía a su paso: la impresionante fortaleza sorana.

 

 

Tras la reconquista, Sora fue a parar a manos de tenentes reales que se encargaron de levantar nuevas construcciones, o de rehacer las que había, sumándoles una iglesia dedicada a San Miguel, como símbolo de la nueva dominación cristiana. Durante un tiempo la fortaleza dependió del monasterio de Santa Cristina de Somport, pero ya a mediados del siglo XIII pasó a poder de los Luna, linaje que ha poseído el castillo hasta hoy, si bien desde el XVI, por enlace familiar, los derechos de los Luna se integraron en el señorío de los Duques de Villahermosa.

 

Sora hubo de desempeñar algún papel destacado en las luchas que convulsionaron la frontera entre Aragón y Navarra durante la Edad Media, y sirvió también de bastión en las revueltas nobiliarias que desde finales del siglo XIII y en el XIV protagonizaron varias familias de ricoshombres, entre ellos los Luna, con motivo de la famosa Unión contra el monarca aragonés y en defensa de sus privilegios. Ya a comienzos del XV, este castillo volvería a verse envuelto en un nuevo episodio histórico, el de la rebelión de Antón de Luna en defensa de la candidatura de Jaime de Urgell al trono aragonés frente a Fernando de Antequera, aspirante que fue elegido finalmente en el Compromiso de Caspe. Antón de Luna, que no aceptó ese resultado, organizó una auténtica guerra civil en tierras aragonesas, más intensa incluso que la que se vivió en el Condado de Urgell, tierra natal del candidato frustrado. El rebelde resistió en Loarre con su prima y amante Doña Violante de Luna, sobrina del papa Benedicto XIII, que había escapado del monasterio de Trasobares, donde era abadesa, para pelearse contra el mundo junto a su amado. La antigua abadesa, de indomable carácter, quedó sola en Loarre y, tras una resistencia impresionante, acabó claudicando ante las tropas reales y fue llevada prisionera a Sora, donde estuvo encerrada unos meses dando la impresión a sus carceleros, por su fiereza, de que era una mujer “que tenía metido el diablo en el cuerpo”.

 

 

En el XVI fue paraje de recreo para los Villahermosa, que a menudo acudían a estos montes a practicar uno de sus entretenimientos favoritos: la caza. Aquí murió una de las hermanas de don Martín de Gurrea y Aragón, llamado “el filósofo aragonés”, motivo por el cual decidiría, tal vez, llevar a cabo la reconstrucción y reforma de la torre del homenaje dentro de la estética del Renacimiento.

 

El castillo fue vendido a los jesuitas a finales del siglo XVII, venta que fue recurrida por los herederos de los duques de Villahermosa hasta que por fin, varias décadas más tarde, ya a mediados del XVIII, volvió a sus manos. Sin embargo, por considerar que aquella venta se había llevado a cabo con menoscabo de los derechos del linaje, se arrebataron los derechos sucesorios a la rama de la familia que los poseía y se entregaron a otra; se dice pues, con razón, que si los duques son hoy los que son, se lo deben precisamente a Sora.

Mientras, en los cincuenta años, aproximadamente, que esta fortaleza y su monte fueron administrados por los jesuitas, se aprovecharon las rentas que se obtenían de sus pastos, caza, leñas y derecho a hacer carbón para decorar, con la magnificencia que hoy puede verse, la iglesia zaragozana de San Carlos Borromeo, sede del colegio de la Compañía de Jesús y principal joya barroca de la ciudad.

 

Refugio de tropas durante las sucesivas guerras habidas entre los siglos XVIII y XX, y escondite de bandoleros en numerosas ocasiones (hasta el punto que desde la prensa aragonesa se pidió a los duques públicamente su demolición), el castillo de Sora ha llegado a nuestros días en estado de ruina pero manteniendo su imponente estampa, una de las más emblemáticas, y sin embargo desconocidas, de las Cinco Villas.

 

 

Fotos: Mariano Candial, Marisancho Menjón y Juan A. Souto
Foto aérea: Marco Arruej

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