Conjunto fortificado de Calatayud

Suele decirse, porque es así, que la mayoría de los castillos españoles no sirvieron casi nunca al objetivo para el que fueron construidos, es decir, que muy pocas veces tomaron parte en las batallas; y que no terminaron sus días demolidos tras un asedio, sino desmoronándose poco a poco, víctimas del ataque del tiempo.

No se puede decir eso del gran conjunto defensivo de Calatayud, cuyos humildes pero sólidos muros de yeso y argamasa se han visto envueltos, y de forma protagonista, en todos los episodios bélicos que han convulsionado la ciudad desde su fundación misma.

Pocos años después de la llegada de los musulmanes a España se debió de buscar un nuevo emplazamiento en las cercanías de la vieja Bilbilis romana para asentar una población. O, al menos, para situar un enclave defensivo que aprovechara tanto las excelentes condiciones estratégicas de esta zona, en un punto que controla la comunicación entre el valle del Ebro y la Meseta, junto a la confluencia de los ríos Jalón, Jiloca y Ribota, como sus grandes posibilidades agrícolas, en una vega amplia y fértil avenada por el Jalón. Eso es, al menos, lo que manda la tradición desde el siglo XIII, cuando se documenta el relato acerca de que Calatayud fue fundada en el año 716 por un emir andalusí, Ayyu ibn Habib al Lajmi. Y no se contradice con la lógica.

 

Es probable que en un principio se erigiera solo un reducido establecimiento militar, lo que justificaría su topónimo: Qalat Ayyub, Castillo de Ayub (o “de Job”), tal vez su primer gobernador. Hasta mediados del siglo IX no tenemos noticias de que aquí hubiera nada parecido a una ciudad; pero sabemos que en el año 862, el emir Muhammad I ordenó reconstruir Calatayud, en un momento en que la Frontera Superior de Al-Ándalus vivía una de las épocas más convulsas de su historia, con la rebelión independentista de los Banu Qasi. Estos últimos, un linaje muladí (cristianos convertidos al islam) de origen hispanorromano, gobernaron la Frontera Superior manteniendo siempre una distancia con el poder cordobés que a menudo se convirtió en abierta rebeldía. Y llegados a un momento en que los Banu Qasi amenazaban con extenderse desde la margen derecha del Ebro hacia el sur, el emir de Córdoba decidió poner coto a esta familia, fortificando densamente las vías de comunicación por las que podía producirse su avance. Entre ellas, la que forma el valle del Jalón, y aquí entra Calatayud: era imprescindible colocar en este punto un “tapón” que limitase las posibilidades de los rebeldes.

 

En esta fecha se puede datar, por tanto, la parte principal del conjunto defensivo qalatayubí, formada por cinco castillos unidos por murallas, lo que lo convierte en uno de los más antiguos, grandes e importantes del Islam en la Península Ibérica.

 

Castillo mayor y recinto de la Longía

 

Calatayud quedó en manos de los Tuyibíes, familia originaria del Yemen que también gobernó Daroca y era fiel a Córdoba. Este clan árabe se opuso a los linajes muladíes, contrarrestando su poder e influencia en la zona, y acabó por desbancarlos. A finales del mismo siglo IX ya uno de sus miembros era gobernador de Zaragoza.

 

Estos Tuyibíes no solo ampliaron la primitiva fortaleza de Calatayud hasta convertirla en un recinto fortificado de gran complejidad, sino que convirtieron también el pequeño enclave originario en una madina o ciudad. Gracias a su idónea ubicación y su riqueza agrícola, pronto crecería y ganaría en importancia hasta llegar a convertirse en cabeza de un distrito o cora dentro de la Frontera Superior de Al-Ándalus. Con el tiempo, el poder tuyibí se hizo tan grande que su linaje acabó, como antes habían hecho los Banu Qasi, por rebelarse contra Córdoba en aras de lograr la independencia. El gobernador de Calatayud se sumó a esta rebelión en el año 936, lo que obligó al califa Abderramán III en persona a protagonizar una campaña de castigo al año siguiente, en la que sometió a Calatayud a un duro asedio. Rendida esta fortaleza el 31 de julio de ese año, poco después caería Zaragoza.

 

Perfil de la Torre Mocha

 

Esta es la primera vez que tenemos constancia de que el castillo de Calatayud participó en una acción militar. Más adelante lo haría en el 981, cuando fue atacada por Almanzor, y en el 997, cuando los navarros intentaron tomarla. Lo conseguiría finalmente para el poder cristiano Alfonso I, en 1120, cuando tras la batalla de Cutanda levantó el asedio al que la tenía sometida; doblegó el rey aragonés el poderío de la fortaleza islámica más inexpugnable de Al-Ándalus, según la consideraban las fuentes de la época. Desde entonces esta fortaleza protagonizaría muhos otros episodios bélicos: en la Guerra de los Dos Pedros (en que fue asediada por el rey de Castilla, 1362), en la de la Independencia, en las Carlistas y en la Civil de 1936.

 

El complejo sistema defensivo de Calatayud debió de configurarse muy pronto con las amplias dimensiones que hoy posee. Aunque fue necesario reparar sus cicatrices y reconstruir algunas de sus partes más dañadas tras cada batalla, el conjunto se conserva bastante bien. De hecho, la expansión de la ciudad hacia el Jalón y no hacia las montañas que la respaldan ha permitido que la mayor parte de su recinto amurallado y de los principales edificios que lo componen se hayan conservado, casi milagrosamente. La de Calatayud es una fortaleza de piedras de yeso, de argamasa también de yeso; y el yeso no es un material “noble”, pero sí muy sólido. Basta mirar los venerables muros de estos castillos, sus torreones y taludes, los paramentos de sus murallas: quizá no son tan altivos como los de piedra, pero resultan imponentes. Y van a cumplir 1.200 años.

 

Recinto de la Torre Mocha

 

 

Murallas del Castillo Mayor

 

De los cinco castillos que componen el recinto, se cree que el primero fue el que denominamos “de Doña Martina” y que también se llamó “de Fray Álvaro” y “de los Judíos”: situado entre los barrancos de las Pozas y de la Rúa, el hecho de estar separado artificialmente del resto de la peña que tiene detrás,  mediante un profundo corte que convierte este cerro en un islote, ha dado pie a los historiadores para considerarla la parte más antigua del conjunto, pues no tendría sentido aislar un castillo que estuviera unido a otros, deshaciendo un pedazo de peña que de otro modo habría sido una defensa natural. A diferencia del resto de las fortificaciones de la ciudad, está construida a base de grandes bloques de piedra caliza, lo que seguramente corresponde a una reedificación posterior, del siglo XV.

 

Castillo de Doña Martina

 

Pronto fue necesario fortificar todos los cerros que rodean el barranco, complementando las condiciones naturales que ofrecía la propia peña, tallada en forma de escarpes, fosos y precipicios; y así se erigieron en las cimas de los cerros los otros cuatro castillos, las murallas que los enlazan subiendo y bajando las laderas, y los torreones que las refuerzan.

 

La alcazaba, residencia del gobernador y pieza principal del conjunto, fue el que hoy se llama Castillo Mayor. De grandes dimensiones (100 x 50 m), dos recintos escalonados y dos torres octogonales, unidas por un lienzo de muralla que se reforzó con cubos o contrafuertes, es la parte más destacada del conjunto. Fue levantado a base de un tapial de gran dureza y se protegía, además, por fosos naturales excavados en sus extremos este y oeste.

 

Castillo Mayor o de Ayyub

 

Desde esta pieza principal parte el muro que protegía la ciudad por el norte y este, reforzado por tres torreones que interiormente van divididos en pisos abovedados y que cuentan, o contaron en su día, con un adarve o paso de ronda. El ángulo noreste del recinto engloba una hoya, denominada Longía, que sirvió para acoger los ganados en caso de peligro. En la parte central del muro que cierra la Longía por arriba se alza una torre octogonal similar a las del Castillo Mayor.

 

Torre Mocha

 

La muralla que enlaza este último castillo con el de la Torre Mocha, es decir, la que protege el flanco noroeste, cuenta con varios torreones, foso (hoy, carretera) una torre albarrana de buen porte y, a medio camino de su trazado, con la única puerta original que se conserva del siglo IX, aunque está tapiado su bonito arco de herradura. Desde aquí, la muralla desciende bruscamente hacia la hondonada del barranco de la Rúa y luego asciende, jalonada por torreones cuadrados, hasta la Torre Mocha. Este último castillo está formado por tres torres rectangulares que crean un pequeño recinto triangular, más una cerca que encierra un espacio de unas tres hectáreas, limitado en parte de su perímetro por un precipicio. En el centro hay una torre octogonal llamada “Coción de Moros”, con su puertecita en alto.

 

Por la parte sur las murallas se han perdido en casi todo su perímetro, pues por ahí se ha producido la expansión urbana. Solo se sabe dónde estaba situada la puerta de Valencia, que se conservó en pie hasta épocas recientes, sobre el barranco de la Rúa. Al este del Castillo de Doña Martina, el más meridional, se alzan los restos del del Reloj, que en su día fue llamado “palacio” y que se conservó en relativamente buen estado hasta mediados del siglo XIX, de lo que dan fe los grabados antiguos.

 

Hoy solo mantiene en pie restos de muros de tapial, distribuidos por una planta rectangular de 80 m de longitud, un aljibe, dos cámaras de planta circular cuya función se desconoce, algunas gradas excavadas sobre el terreno y  una amplia plaza de armas. El Castillo del Reloj enlazaba mediante otro lienzo amurallado con la Longía, cerrando así el conjunto.

 

En la ciudad baja hubo un segundo recinto, que partiría del castillo de la Torre Mocha hacia el sur, englobando el Castillo de la Peña (hoy santuario, no guarda apenas restos de su antigua función militar) hasta la Puerta de Terrer, y de aquí hasta la de Somajas o de Zaragoza, en el este, desde donde se enlazaría con el Castillo del Reloj. Estas puertas, en su estado actual, datan del siglo XIX.

 

Puerta islámica en la muralla

 

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ), Mª Amor Borque y Turismo de Calatayud

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