Dominando la Val d’Onsella se alza el Castillo de Navardún, a cuyos pies se sitúa la villa del mismo nombre. La primera mención del lugar se halla en el archivo del monasterio de Leyre y data del año 880. A finales del siglo X, el rey Sancho Garcés concede las posesiones del rey Ramiro al citado monasterio, incluyendo Navardún. Como villa se conoce desde el siglo XI, y durante su pertenencia al obispado de Pamplona (finales del siglo XIII) fue residencia habitual de sus obispos; ya en el siglo XIV estaba subordinada a la fortaleza de Ruesta y en el XVII era una aldea dependiente de Sos del Rey Católico.

Dominando la Val d’Onsella se alza el Castillo de Navardún, a cuyos pies se sitúa la villa del mismo nombre. La primera mención del lugar se halla en el archivo del monasterio de Leyre y data del año 880. A finales del siglo X, el rey Sancho Garcés concede las posesiones del rey Ramiro al citado monasterio, incluyendo Navardún. Como villa se conoce desde el siglo XI, y durante su pertenencia al arzobispado[1] de Pamplona (finales del siglo XIII) fue residencia habitual de sus obispos; ya en el siglo XIV estaba subordinada a la fortaleza de Ruesta y en el XVII era una aldea dependiente de Sos del Rey Católico[2].



[1] El territorio conquistado a los musulmanes fue repartido para su repoblación y defensa entre señores, órdenes militares, obispos, etc. creando con ello una división administrativa. Los más extensos coincidían con los de los arzobispados o mitras, como la de Pamplona o la de Zaragoza.

[2] (enlace)

 

Dominando la Val d’Onsella se alza el Castillo de Navardún, a cuyos pies se sitúa la villa del mismo nombre. La primera mención del lugar se halla en el archivo del monasterio de Leyre y data del año 880. A finales del siglo X, el rey Sancho Garcés concede las posesiones del rey Ramiro al citado monasterio, incluyendo Navardún. Como villa se conoce desde el siglo XI, y durante su pertenencia al obispado de Pamplona (finales del siglo XIII) fue residencia habitual de sus obispos; ya en el siglo XIV estaba subordinada a la fortaleza de Ruesta y en el XVII era una aldea dependiente de Sos del Rey Católico.

 

Aunque el origen de la población se remonta a finales del siglo IX, la construcción del primer castillo no parece que se realizara hasta finales del XII. Poco sabemos de éste, en cambio sí conocemos que durante un breve periodo de tiempo, en los primeros años del siglo XIV como demuestra la documentación de la Mitra, convivieron dos castillos. Sin embargo, el coste que suponía mantener en condiciones óptimas ambas fortalezas obligó al obispo a optar por el derribo de la más vieja. Las características formales del edificio actual lo sitúan en el siglo XIV, por lo que se considera que se trata de la fortificación del alto de Santa Eugenia, que fue la que se decidió dejar en pie.

 

 

El conjunto, formado por torre y recinto, se sitúa sobre un promontorio escarpado, controlando las dos márgenes del río. Apenas quedan restos de la muralla que bordeaba el perímetro trapezoidal, de unos 400 m2, que en el lado menos protegido, el SE, posiblemente se completaría con un foso. Se accede por uno de los lados menores, en donde también se alza la espléndida torre del homenaje, como demostración del poderío del barón o señor feudal.

 

La fortificación sigue la tipología del donjon (gran torre exenta) con recinto, aunque en este caso ya es de época gótica. Existen escasos ejemplos en España de este modelo, que tiene un origen franco-británico. Al interior se organizaba en salas superpuestas y el conjunto se completaba con un pequeño recinto exterior. A pesar de ser un ejemplo tardío (esta tipología es más propiamente románica), mantiene las características propias de estas atalayas, como la planta rectangular. Otro de los ejemplos más destacados en Aragón es la torre de Biel, de los siglos XI-XII.

 

La torre, construida en piedra sillar, se apoya directamente sobre el terreno de mallacán (depósito endurecido de carbonato de calcio) y tiene una altura de 26 m, lo que la convierte en una de las torres más impresionantes de Aragón.

 

 

El acceso a la torre se debió de hacer directamente desde el recinto; no obstante, las piedras de la puerta han desaparecido quedando únicamente un amplio hueco, debido al reaprovechamiento y expolio de los sillares en años posteriores. También poseía, en el muro oeste, una poterna o puerta adintelada con modillones redondeados, que permitía ingresar directamente en el área defensiva. Esta clase de puertas se situaba en sitios escondidos o discretos y en alto, lo que hacía precisa la colocación de una escalera, que se retiraba en caso de peligro.

 

 

A pesar de su proximidad a la frontera con Navarra y la inestabilidad de este territorio en los años de la reconquista, no parece que el castillo tuviera como única finalidad la defensiva, sino que también era vivienda, pues sabemos que fue residencia temporal de los obispos de Pamplona. Por ello, su planta presenta dos espacios, de diferente tamaño (uno mide 71 metros cuadrados y el otro 21,50), separados por un grueso muro vertical que posiblemente se corresponden con dos etapas constructivas distintas.

 

El primer espacio, en contacto con el recinto amurallado, se correspondería con la parte noble, y el segundo, en el lado opuesto mirando al escarpe, constituye la zona defensiva y es probablemente la más antigua. A este última solo se podía acceder desde el semisótano y desde la segunda planta de la parte de vivienda.

 

 

La torre tenía cuatro plantas: una semi-subterránea, cubierta con bóveda de cañón en la zona noble, y otras tres en altura con suelo de madera. La última conserva las arcadas apuntadas que sustentaban la techumbre. La iluminación se obtenía de vanos adintelados y ventanas góticas geminadas, algunas con bancos corridos para descansar. En cambio para la defensa de la atalaya poseía saeteras, además del adarve o paseo de ronda en el ático. También contaba con una letrina en forma de estrecho matacán, saliente hacia el exterior.

 

 

El suministro de agua potable lo proporcionaba un aljibe, cubierto con bóveda de cañón apuntado. La cisterna se abastecía con agua de lluvia recogida en una cubeta de captación, transportada al depósito por medio un conducto de sección cuadrada.

 

La cubierta de la torre debió de ser plana y de estar rematada con almenas y merlones, como se puede ver en algunas fotografías antiguas. Además, poseía gárgolas de piedra, de factura sencilla, para evacuar el agua de lluvia.

 

Hay evidencias de la existencia de una estructura adosada al edificio, concretamente en la fachada este, cuya función y características se desconocen.

 

Con la excavación y restauración integral realizada en 2004 por la Diputación Provincial de Zaragoza, que es su propietaria (tras la compra efectuada en 1986), se ha procurado devolver al castillo su aspecto original y habilitarlo para funciones culturales, con el centro de interpretación "Navarra y Aragón. Reinos de Frontera".

 

 

Fotografías: Javier Romeo (Archivo DPZ)

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