Las peregrinaciones son un fenómeno tan antiguo como el hombre, un fenómeno religioso-cultural que tiene que ver con el mundo escatológico, con el más allá, con la divinidad y el afán por dar sentido a la vida. Los cristianos peregrinaron desde el comienzo de la Era para la veneración de los Santos Lugares y el culto a mártires o santos. Las primeras peregrinaciones, impulsadas con el reconocimiento oficial del cristianismo por Constantino (326 d. C.), se realizaron a Tierra Santa, por la devoción a Cristo y los lugares evangélicos.

La fiebre por poseer reliquias y la frecuencia de su hallazgo, ya documentada en los siglos IV y V, fue tal que los caminos se llenaron de devotos que pedían milagros a los santos o mejoraran la salud del cuerpo y del alma. Este fenómeno se potenció con la publicidad de Libros de Milagros, llegando a generar un importante comercio de reliquias durante toda la Edad Media. Los Libros de Milagros narraban las curaciones realizadas por santos concretos a través de las reliquias o imágenes de sus santuarios, convirtiéndose en un fenómeno de tales proporciones que existió una verdadera “competición” entre los devotos de los distintos santos por erigirlos como los más milagreros o mejores sanadores de ciertas enfermedades. Paralelamente, los prodigios fomentaban la afluencia de fieles a uno u otro santuario, por lo que la competencia se exacerbaba. El libro III del Códice Calixtino, primera guía del peregrino publicada en el XII, está íntegramente dedicado a los milagros, que posteriormente eran difundidos por el camino por juglares, hospitaleros, caminantes, etc.

El número de viajeros aumentó extraordinariamente a partir del siglo XI, cuando la población europea intensificó los contactos e intercambios entre países que, en el campo religioso, llevarán a hacer de la peregrinación la forma más difundida de devoción. En ese mundo se debe encuadra el fenómeno cultural y religioso internacional que fue, durante siglos, el Camino de Santiago.

 

 

La tradición afirma que, tras la muerte de Cristo, Santiago el Mayor continuó su labor apostólica fuera de Palestina, enrolándose en un barco que se dirigía a Hispania. A su regreso fue decapitado por Herodes Agripa (hacia el año 44); su cadáver fue robado por los discípulos Atanasio y Teodoro y llevado en barco de nuevo a tierras españolas, en concreto a Iria Flavia (cerca de la actual Padrón). La tumba y las reliquias del Santo Apóstol sirvieron a los reyes asturleoneses para consolidar su reino frente Al-Ándalus. El espaldarazo definitivo del Camino como gran ruta de peregrinación se produce en los siglos XII-XIII con la concesión desde Roma de los Años Santos Compostelanos y la posibilidad de que los peregrinos obtuvieran la indulgencia plenaria de sus pecados cada seis años.

 

Al principio los caminantes aprovechaban las antiguas calzadas romanas, pero a lo largo del siglo XI su flujo se intensificó y comenzó la labor organizadora de los reyes, fundamentalmente de Alfonso VI de Castilla y Sancho Ramírez de Aragón, construyendo puentes, nuevas calzadas y hospitales en distintos enclaves de la ruta para facilitar el tránsito.

 

El Camino conserva abundantes restos materiales de aquella época de esplendor a lo largo de todo el trayecto: hospitales, albergues, tabernas y posadas, que favorecieron el desarrollo del comercio. Los hospitales acogían y amparaban a los peregrinos, extendiéndose de forma escalonada en las vías y concentrándose en las ciudades. Generalmente, cada 25 kilómetros había una estación de apoyo, ya fuera un hospital, una hospedería o un albergue, con entre 10 y 20 camas.

 

Aunque es difícil conocer los itinerarios anteriores al siglo XI, no hay duda de que las viejas vías romanas serían básicas para estos desplazamientos y que los Pirineos oscenses, paso central hacia la península, fueron el pórtico más concurrido para la ruta jacobea, recogiendo a los peregrinos de la mayor parte de los reinos cristianos de Europa.

 

Los romeros normalmente iban vestidos con un tabardo, no excesivamente largo para facilitar el movimiento de las piernas; una esclavina de cuero o paño y un sombrero de ala muy ancha que protegía del sol o de la lluvia. Los que habían terminado el camino y volvían a casa llevaban prendido en el sombrero o en la esclavina una concha o venera, que los identificaba como peregrinos. Se les entregaba un salvoconducto para que pudieran viajar con seguridad y un certificado de peregrinación. En un primer momento se utilizó la venera o concha, pero la facilidad para falsificar esta rudimentaria certificación obligó a los prelados de Compostela y al mismísimo Papa a decretar penas de excomunión contra los timadores. Más eficaz, por ser más difíciles de copiar, fueron las llamadas cartas probatorias, que ya se expedían en el siglo XIII y que son el origen de la llamada “Compostela”.

 

El camino jacobeo tuvo consecuencias excepcionales en el campo de la espiritualidad, pero también fue una destacada vía de comunicación e intercambio cultural, una corriente renovadora de ideas económicas, artísticas, políticas y religiosas que lo convirtieron en uno de los ejes más importantes de la Europa medieval.

 

 

Varios eran los caminos de Aragón que conducían al peregrino a Santiago:

 

1) El camino francés, que cruza los Pirineos.

2) El camino catalán.

3) El camino del Ebro.

4) El camino valenciano.

 

El Camino ha sufrido distintos avatares históricos (pestes negras, la aparición del protestantismo, la ocultación de los restos del apóstol por el arzobispo de Santiago ante el peligro del ataque del pirata Drake, etc.) que mermaron mucho el flujo de caminantes, llegando en algunos casos hasta la práctica desaparición. Pero también hubo momentos álgidos y la tradición siempre se ha recuperado de sus épocas bajas. En 2004 fue declarado Gran Itinerario Cultural Europeo y le fue otorgado el premio Príncipe de Asturias a la Concordia.

 

 

EL CAMINO FRANCÉS

 

Con 750 km de recorrido, es la ruta mejor conocida y conservada de todos los itinerarios que llevaban a los europeos a través del norte peninsular a Compostela. Hasta el siglo XI los peregrinos atravesaban el Pirineo por su parte central y utilizaban preferentemente la vieja vía romana Bearn-Zaragoza, que descendía por la Val d'Echo hasta Puente de la Reina (Navarra). Pero luego tendrá más importancia el paso por el Puerto de Somport, propiciado por el auge del comercio continental, su mayor comodidad (320 metros más bajo) y la presencia protagonista de la ciudad de Jaca.

 

Esta travesía desciende por el valle del Aragón, pasa por Jaca y continúa hacia el oeste siguiendo el curso del río. La vía tradicional se divide en dos variantes, en las dos orillas del Aragón:

 

 

- El ramal norte comienza en Berdún, sigue por Asso Veral, Sigüés y Escó hasta Tiermas; allí se reúne con la senda que discurría por la margen izquierda del río y penetraba en tierras navarras. En Sigüés, población que tiene su origen en el siglo XI y que fue creciendo gracias a la afluencia de peregrinos, se conserva la Torre de los Pomar, la iglesia parroquial dedicada a San Esteban, de estilo gótico, construida sobre una anterior románica, y el antiguo Hospital de peregrinos de Santa Ana, activo hasta el siglo XVI. El paso por Tiermas se debe fundamentalmente a sus aguas termales, ya usadas por los romanos, y a la existencia de un puente que facilitaba el cruce del río Aragón, hoy bajo las aguas del embalse de Yesa. Tiermas se enclava en un pueyo fortificado y desempeñaba un papel importante en la defensa de la Canal de Berdún. Actualmente conserva entre sus ruinas parte de la muralla y una de sus puertas, llamada “de las Brujas”.

 

 

 

 

- El ramal sur recorre la margen izquierda del río, área intensamente poblada desde época romana, y atraviesa los términos de Mianos, Artieda, Ruesta y Undués de Lerda, hasta enlazar con la ruta que desciende de Roncesvalles, ya en Navarra. Mianos, destruido en el siglo XII y reedificado posteriormente, conserva una hermosa techumbre de par y nudillo en su iglesia parroquial. Artieda, otro de los puntos del camino, guarda un casco urbano de interés y una iglesia románica dedicada a San Martín de Tours, reformada en el siglo XVI. Ruesta, población abandonada como consecuencia de la construcción del pantano de Yesa, tuvo un castillo fundamental para la defensa de la Canal de Berdún, del que aún se yerguen dos torres y parte de su cerco amurallado; contó con un alergue de peregrinos desde 1087, y con una ermita románica dedicada a San Juan cuyas pinturas murales se hallan hoy en el Museo Diocesano de Jaca.

 

 

 

 

EL CAMINO CATALÁN

 

Una vez agrupados los peregrinos en Lérida, cruzaban Aragón de este a oeste buscando ya fuera Zaragoza (parada obligatoria por la relación de esta ciudad con el Santo Apóstol, que recibió aquí la visita de la Virgen y la orden de construir una iglesia en su honor, que hoy es la basílica del Pilar) para remontar el curso del río, ya fuera Huesca para enlazar con el camino tradicional en dirección a Santiago. La ruta que discurre por la provincia de Zaragoza coincide con la carretera nacional N-II, a través de la estepa de Los Monegros hasta Fuentes de Ebro, donde se une la ruta jacobea del Ebro. Una vez en Zaragoza, el itinerario remonta el curso del río por la fértil ribera del río hasta Tudela.

 

EL CAMINO JACOBEO DEL EBRO

 

Este trazado recogía en los puertos de Tortosa a los romeros que, procedentes de los países ribereños del Mediterráneo, se dirigían a Compostela a través de Caspe y Zaragoza hasta Logroño, donde enlazaban con el Camino Francés. 

 

 

En el Bajo Aragón sigue el viejo Camino Real que desde Gandesa, pasando por Fabara, llegaba al corredor del Ebro a través de Caspe. La importancia de esta ciudad para el Camino viene determinada por ser la población natal de San Indalecio, apóstol que acompañaba a Santiago el Mayor cuando se le apareció la Virgen María en Zaragoza. En su regreso a Palestina, al pasar por Caspe, San Indalecio fundó la segunda iglesia de la cristiandad dedicada a María. El Papa Clemente VIII lo reconoció como mártir en 1596 y su cuerpo fue trasladado al Monasterio de San Juan de la Peña.

 

La ruta continúa hacia Zaragoza pasando por el Monasterio de Rueda. Tras salir de la capital, el camino proseguía ribera arriba, atravesando el Campo de Borja hacia Mallén, localidad por la que penetra en Navarra.

 

 

LOS CAMINOS DEL SUR DE ARAGÓN o CAMINOS DE LEVANTE

 

El Ebro, como vía natural de comunicación y transporte, facilitaba el acceso de los caminantes hacia la zona norte de la península y de ahí a Compostela. Por ello, en él se unían diferentes itinerarios como los que venían desde Castellón y Valencia. Este trayecto pasaba por el Maestrazgo y Alcañiz, en tierras turolenses, para dirigirse a la capital de Aragón, donde los peregrinos se juntaban con otros grupos en dirección a Logroño. El itinerario también podía torcer por Albarracín hacia Castilla.

 

1) Un primer ramal procedente de Castellón o del Delta del Ebro se introduce en el Maestrazgo para dirigirse a Zaragoza por Escatrón, siguiendo el Ebro.

 

2) Desde Sagunto y Valencia, la travesía sigue el curso del Turia hasta Teruel. Hallamos dos rutas alternativas para llegar a Zaragoza. La primera remonta la calzada romana que corre paralela al Jiloca en dirección a Daroca, ya sea por el campo de Cariñena, ya sea por Calatayud, comarca que también constituía el acceso a través de Castilla. La segunda recorre el Campo de Belchite y retoma el Camino Jacobeo del Ebro.

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ) y Marisancho Menjón

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