El pueblo de Ibdes tuvo que tener a mediados del siglo XVI mucho dinero, o contar con un mecenas muy importante (quizás un miembro de alguna de sus familias nobles, como los Liñán o los Doñoro), para poder lanzarse a hacer un retablo tan monumental y espléndido como el que todavía hoy vemos en el altar mayor de la iglesia de San Miguel, que deja con la boca abierta al visitante. Uno no se espera una obra de arte de esa calidad y dimensiones, propias de una catedral, en un pueblo que no llega a 600 habitantes. Y menos se espera aún ver que, a diferencia de la gran mayoría de los casos, ese retablo conserva sus puertas, hechas de sargas pintadas con gran maestría.

Una estructura tan grande, dispuesta a modo de tríptico (se adapta a la forma poligonal del ábside), con tal número de esculturas y tan magnífica policromía no fue cosa de broma: costó nada menos que 40.000 sueldos, tardó varios años en ser ejecutado y movilizó a un equipo de artistas y artesanos de considerable envergadura, entre tallistas, fusteros, mazoneros, imagineros, pintores y doradores. Y es que el retablo de San Miguel de Ibdes fue una de las empresas escultóricas de mayor envergadura en el Aragón de la época renacentista. Todavía hoy es una de las más impresionantes realizaciones artísticas entre los retablos hechos en España en el siglo XVI.

Fue la culminación de un periodo de esplendor artístico para Ibdes que se había iniciado a comienzos de esa centuria con la construcción de la propia iglesia: el edificio, que había sido fortaleza al menos desde tiempos de los romanos, dada su ubicación estratégica, fue rehecho y reconvertido a su nueva función de iglesia, aunque se reaprovechó en parte la vieja estructura. Había resultado muy dañado durante la Guerra de los Dos Pedros entre Castilla y Aragón, a mediados del siglo XIV, y por fin en el XVI se decidió acometer la obra que lo convertiría en un hermoso templo de planta de salón, similar a los de Longares o Fuentes de Jiloca, aunque con algunos detalles de estructura y decoración que remiten todavía, en cierto modo, al estilo gótico.

 

 

Conserva esta iglesia su aspecto de fortaleza, con sus recios muros reforzados por contrafuertes igual de recios, y su torre-campanario reaprovechada del recinto defensivo anterior. Fue construida entre 1517, fecha en la que se firmó el contrato de obras con el maestro Martín Camacho, y 1539, cuando se consignaron el primer bautizo y el primer enterramiento realizados en ella. Catorce años después, ya el pueblo de Ibdes estaba proyectando el encargo de un retablo mayor que diese a este edificio su principal ornato litúrgico, dedicándoselo, igual que el templo, a San Miguel y la Asunción de la Virgen, probablemente patronos antiguos de la localidad.

 

Así, pues, sabedores de que en Ibdes se pretendía hacer un gran retablo, en 1553 hubo varios artistas que se prepararon para poder asumir el encargo acordando un «contrato de compañía» que les permitiera asumir conjuntamente los trabajos necesarios: el pintor de Zaragoza Juan Catalán, el escultor de origen italiano Pedro Moreto y el mazonero (arquitecto de retablos) Bernardo Pérez formaron, mediante aquel convenio, un equipo que sin embargo se rompió poco después, por desacuerdos entre Moreto y Bernardo Pérez.

 

Hubo que esperar todavía dos años para que se formalizase el contrato de ejecución del retablo, o más bien hay que decir los contratos, puesto que fueron dos los que se firmaron, uno para la escultura y otro para la pintura, en la solemne fecha del 15 de agosto de 1555. Para entonces se habían incorporado a la compañía inicial dos figuras nuevas, que resultarían claves para aquel trabajo: Juan Martín de Salamanca, escultor, que se haría cargo con Moreto de la realización del retablo «en blanco» (es decir, en madera tallada simplemente, sin pintar), y Pietro Morone, pintor que, junto con Catalán, lo doraría y policromaría cuando los escultores hubieran concluido su trabajo y el retablo estuviera asentado en su lugar.

 

 

Había en ese equipo dos artistas de primerísima fila, Pedro Moreto y Pietro Morone, pero el primero falleció dos meses después de la firma del contrato, en octubre. Ello privó al retablo de Ibdes de unas tallas de ejecución seguramente más depurada, aunque es muy probable que el diseño del conjunto escultórico se debiera a este escultor prematuramente fallecido: lo habitual cuando se contrataba un retablo, y más siendo de esta envergadura, es que se indicase con cierto detalle lo que los artistas debían ejecutar, por lo general refiriéndose a una «traza» o diseño previo al que tenían que ajustarse. En el caso de Ibdes se pidió que las esculturas fueran como las del retablo de San Miguel de los Navarros, en Zaragoza, obra de Damián Forment; y ciertamente la figura del santo titular guarda cierto parecido con la de este último, aunque en conjunto el retablo nada tiene que ver con el zaragozano, pues el de Ibdes es muchísimo más grande y complejo, y el estilo escultórico tampoco es comparable.

 

Al fallecer Moreto, está claro que el otro escultor responsable del trabajo, Juan Martín de Salamanca, hubo de buscar colaboradores; es más, parece ser que él no realizaría ninguna de las tallas, pues no era imaginero, y que debió de actuar más como empresario coordinador del taller que como artista. Pero fue un jefe eficaz: en 1557 el retablo estaba, en tiempo y forma, montado en la iglesia. No se sabe quiénes hicieron finalmente las esculturas, aunque se nombra a figuras como Juan de Bayarte y Jaques Rigalte en relación con esta obra. Sí se advierte la impronta de al menos dos manos, una de mayor calidad y pericia que la otra: mientras las esculturas de la parte inferior, el banco, muestran una calidad más limitada, las de las escenas del cuerpo del retablo, dividido en cinco calles con sus correspondientes entrecalles, son claramente de un nivel artístico superior, especialmente en escenas tan elegantes y delicadas como el Nacimiento o la Adoración de los Magos.

 

 

Tiene gran fuerza y monumentalidad la figura central, de San Miguel combatiendo al demonio, que se retuerce bajo sus pies; pero si bien destaca por su volumen, no es la figura más lograda del conjunto: es recomendable mirar despacio cada uno de los grupos escultóricos y figuras de santos que integran esta gigantesca composición para encontrar joyas artísticas de mayor valor.

 

 

La monumentalidad del retablo se refuerza mediante la hábil composición de su arquitectura, a base de un gran cuerpo de tres calles y tres pisos, más banco inferior y ático, que se articulan por medio de entrecalles (las calles más estrechitas que alojan figuras de santos flanqueadas por columnas). Estas entrecalles sobresalen del conjunto, contribuyendo a dar volumen y dinamismo a la estructura, que de otro modo, dadas sus medidas, seguramente habría resultado plana, monótona.

 

Una vez montado el retablo, hemos dicho, en 1557, dio comienzo la labor de los pintores, aunque para esa fecha ya Juan Catalán, el último miembro del equipo inicial que había apostado por llevarse el contrato varios años atrás, también había abandonado la obra, cediendo su parte a Pietro Morone. En este caso, seguramente, Ibdes ganó con ello, pues la pintura del retablo quedó en manos de un artista insigne que llevó a cabo una labor maravillosa, apreciable sobre todo en los fondos de las entrecalles, con preciosos motivos realizados a punta de pincel, en la decoración de las vestimentas de los personajes y en los motivos a candelieri que realzan la figura de San Miguel, flanqueándolo con unas preciosas grecas pintadas en el más depurado gusto clasicista.

 

La impresión que produce el conjunto en el espectador queda reforzada por la presencia de sus enormes puertas, que de por sí son otra pieza artística de extraordinaria calidad. Las puertas se disponían con la función de proteger el retablo del humo y el polvo, ayudando así a la conservación de una pieza que debía durar siglos, pues lo normal era que el retablo estuviese cerrado y solo se abriera para la celebración de los oficios solemnes. Hechas de tejido de sarga y decoradas con pintura, se han conservado muy pocas, lo que acrecienta el interés de las de Ibdes. Y estas puertas fueron también obra de Morone, que reinterpretó en su cara exterior las pinturas más famosas del momento: las de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

 

 

Un impactante Juicio Final queda ante nuestros ojos cuando se cierran las puertas que cubren la parte central del retablo, en una complicada composición llena de figuras y colorido. En la parte inferior, las puertas que protegen el banco reproducen escenas bíblicas, como la creación de Adán y Eva o el Pecado Original. Todavía quedan dos pequeñas puertas más, en el remate, que protegerían el ático y en las que se representó la Anunciación en dos fragmentos: el ángel en la puerta de la izquierda y la Virgen María en la de la derecha.

 

Con las puertas abiertas, vemos las escenas de la Resurrección y la Ascensión, acompañadas, en las puertas bajas, por las del Lavatorio de los pies y la Última Cena, en el primer caso, y las Tres Marías ante el Sepulcro y el Noli me Tangere, en el segundo.

 

 

 

 

 

Pietro Morone nos legó en este trabajo hecho en Ibdes una de las piezas más logradas de la pintura española de mediados del siglo XVI. Tardó en concluirla varios años (se data su finalización hacia 1565), pero sin duda mereció la pena.

 

Fotos: Rafael Lapuente, Jesús Á. Orte y Santiago Cabello (Archivo DPZ)

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