La capilla de los Corporales en Daroca

En el mundo medieval, el culto a las reliquias tuvo una importancia extraordinaria. La iglesia o el convento que contaba con reliquias importantes, o que se hacían populares porque se les atribuían efectos milagrosos, contaba sus fieles por millares y atraía innumerables peregrinos que acudían a postrarse ante ellas para pedir favor, misericordia... Las iglesias rivalizaban por distinguirse entre las demás por su mayor número o calidad de restos sagrados (hasta el punto de que se llegaron a registrar episodios de robos de reliquias, denominados “píos latrocinios” por aquello de que el fin justifica los medios).

Daroca se alzó, merced a un milagro, con una de las reliquias más famosas del orbe cristiano occidental, que fue, y es, la de los Corporales. En el siglo XV, época de auge de la devoción a este fino paño de hilo que guarda la huella en sangre de unas formas consagradas, se tomó la decisión de dedicarle la capilla mayor de la iglesia de Santa María, que poco antes había sido ascendida a la categoría de colegiata, haciendo de ella un gran relicario: profusamente decorado, es el mejor envoltorio para un precioso testimonio del misterio eucarístico.

Iglesia de los Corporales, portada y zona del antiguo ábside

 

En el siglo XV la iglesia no era como la conocemos hoy, sino que se trataba de la original fábrica románica donde la actual capilla de los Corporales constituía el ábside, y la puerta del Perdón, con sus enigmáticos relieves sobre el Juicio Final, cerraba el templo por la parte de los pies. Aún pueden verse, en el pequeño habitáculo que hay entre el fondo de la capilla y el cascarón absidal, restos de las bonitas pinturas góticas que, como en otros templos de la misma Daroca, decoraron este espacio.

 

Pinturas góticas localizadas en la zona del antiguo ábside de la iglesia

 

Todo pareció poco para arropar la preciada reliquia: la piedra más blanca, la policromía y el oro más finos, las tallas más delicadas, los artífices mejores, el modelo de capilla más moderno y original de la Europa del momento. El resultado es una escenografía que realza el lugar donde se veneran los Corporales, remarcando su carácter sagrado mediante la combinación de arquitectura, escultura y pintura. Es un fabuloso conjunto que se asimila a un rico brocado.

 

Frente de la capilla de los Corporales, con el retablo del ostensorio

 

La arquitectura marca una separación neta entre el ámbito sacro reservado al altar y la reliquia, donde solo puede entrar el clero, y el espacio destinado a los fieles: a poca distancia del muro del fondo, que es el que aloja los Corporales, se dispuso otro muro  que en la parte inferior se abre mediante una arquería de tres vanos, dejando ver, pero solo ver, el ámbito interior.

 

El espacio entre ambos también se llenó de talla y pinturas, en este caso figuras que decoran los nervios y claves de los arcos de la bóveda y plafones de relieve rematados con arcos góticos en los que se va narrando, con abundancia de personajes en relieve, los episodios del milagro de los Corporales.

 

Espacio intermedio entre el altar de la capilla y la zona de los fieles

 

No todas las esculturas tienen la misma calidad ni el mismo empaque. Una obra de tal envergadura seguro que precisó del trabajo de muchos artífices, seguramente dirigidos por un escultor experto y de fama, aunque su nombre no conste en ninguna parte, pues nada han encontrado hasta la fecha en los documentos los historiadores. Las mejores tallas son, sin duda, las de los santos que jalonan los arcos del muro exterior, junto con la finísima Virgen con el Niño que campea en el arco central; también los ángeles de la parte superior de este mismo muro, que flanquean el Calvario del remate, y las figuras de este mismo Calvario a excepción de la más importante, el Crucificado, de factura algo tosca. Son asimismo muy hermosas las tallas del retablo o muro interior, especialmente las tres del piso alto, que son una Virgen con Niño y dos santas que la acompañan.

 

Virgen del arco de acceso a la capilla

 

Santos del retablo interior de la capilla y ángeles tenantes del escudo de la reina María y del emblema de los Corporales

 

El muro interior fue alterado en el siglo XVIII por una reforma en la que se abrió el gran ostensorio ovalado que muestra la reliquia de los Corporales, para cuya colocación fue preciso eliminar tres figuras de la serie de santos del piso bajo y alterar la disposición del piso alto, elevando la figura de la virgen y rompiendo su dosel.

 

El espacio entre los dos muros, y más especialmente los plafones laterales en relieve, no tienen quizá la misma categoría artística que las tallas, más solemnes, a las que nos acabamos de referir, pero sin embargo poseen una viveza y una gracia narrativa que los hace tremendamente valiosos: desfilan en ellos guerreros en plena pelea, cristianos y moros, a caballo y a pie, con sus armas y armaduras, escudos y yelmos, ballestas y lanzas; también personajes del clero, protagonistas del episodio milagroso que aquí se cuenta; y, cómo no, el pueblo llano, que asiste maravillado a cuanto sucede, lo que nos da ocasión de observar sus vestimentas e incluso algunas costumbres de la época. Mientras tanto, la bóveda va cuajada de figuras de ángeles músicos, como queriendo indicar que lo que allí se vive y cuenta tendría que ir acompañado del sonido de los más variados instrumentos, para subrayar su importancia.

 

Ángeles músicos en la bóveda de la capilla

 

Detengámonos en este lugar intimista y reservado para conocer, de primera mano como quien dice, los pormenores del acontecimiento milagroso. Cuenta el documento más antiguo que se conserva sobre el tema (la «Carta de Chiva», que data de 1340), que el 23 de febrero de 1239, poco después de la conquista de Valencia por las huestes de Jaime I, un grupo de caballeros al mando de Berenguer de Entenza, que había proseguido las correrías por la zona, se vio cercado en el mone de Chiva por tropas musulmanas. Ante aquel peligro, y antes de emprender batalla, el de Entenza pidió a un clérigo que iba con ellos que celebrase misa. En el momento de la consagración, las hostias que había sobre el paño o corporal dejaron una huella de sangre, materializándose el misterio eucarístico que afirma, ante la hostia consagrada: «Este es el cuerpo y la sangre de Cristo».

 

Escena de la representación del milagro de los Corporales

 

Maravillados, los cristianos decidieron presentar batalla precedidos por el sacerdote y el paño milagroso, que les proporcionó la victoria. Fue entonces el momento de decidir dónde se guardaría el testimonio del milagro, que todos los caballeros (procedentes de Calatayud, Teruel y Daroca) querían para sí. Tras echarlo a suertes, y no convencidos del resultado, decidieron colocar las hostias envueltas en el paño de los Corporales en una arqueta, y la arqueta al lomo de una burra que se dejaría andar libremente, a su libre albedrío, siendo el lugar elegido para guardar la reliquia aquél en el que el animal se detuviese.

 

 

 

Escenas del relato del milagro, en los relieves laterales de la capilla

 

Y ese lugar fueron las puertas de Daroca: ante la Puerta Baja y el convento de San Marcos fue donde, como se afirma desde hace siglos, cayó muerta la burrica dejando clara la señal de que era ese, y no otro, el destino elegido por los Corporales para quedarse. Allá quedaron por tanto, aunque no en el convento sino en la iglesia principal de la ciudad, la de Santa María de la Asunción que pronto pasaría a llamarse “de los Corporales”, hasta donde fue llevada la reliquia en solemne procesión.

 

Llegada a Daroca de la mula con los Corporales y traslación de la reliquia a la iglesia de Santa María

 

 

Es curioso que desde la fecha en la que se fija el suceso, 1239, hasta un siglo exacto después, no haya apenas noticias acerca del milagro o la reliquia, que tendrían que haber sido tan relevantes (y así lo fueron después), ni tampoco sobre su vinculación con Daroca, donde se guardaba tan particular tesoro. Sin embargo, a partir de mediados del siglo XIV se intensifica de manera extraordinaria la devoción a los Corporales, obviamente muy vinculada a la fiesta del Corpus Christi, lo que para Daroca significó una época de crecimiento y esplendor, tanto económico como cultural, al menos hasta el siglo XVII. Este florecimiento se basó en la promoción que la Iglesia Católica concedió al culto eucarístico desde el siglo XI y muy especialmente a partir del XIII, como reafirmación frente a los ataques que recibía de las distintas corrientes doctrinales medievales, tenidas por heréticas, que dudaban de la verdadera existencia de Cristo en la eucaristía y de la transubstanciación de su cuerpo y sangre en la hostia al ser ésta consagrada.

 

Daroca tenía la reliquia apropiada para sumarse a esta corriente propugnada por los papas de Roma y destacar en los reinos peninsulares como uno de los lugares protagonistas en la defensa de este dogma de fe: contaba con los Corporales y con una brillante fiesta que acompañaba la procesión en la celebración del Corpus Christi, aderezada con carrozas que representaban figuras fantásticas, autos sacramentales que eran puro espectáculo teatral, solemne pompa eucarística en la exhibición de la reliquia ante la multitud y hasta una feria o mercado de gran popularidad (y trascendencia económica para la ciudad).

 

La fiesta del Corpus prendió con fuerza en toda Europa a partir de las primeras décadas del siglo XIV, cuando empezó a adquirir verdadera fama la reliquia de los Corporales y a llegar, por tanto, a Daroca los peregrinos por millares. Ya entrado el siglo siguiente, en 1435, la reina María de Castilla, lugarteniente de Alfonso V de Aragón, concedió a Daroca la ampliación de su feria del Corpus a 24 días… La ciudad llegó a ser una de las principales del reino. Así que no es de extrañar que fuera por estas fechas cuando se decidiera reformar la capilla de los Corporales con el mayor esplendor posible.

 

 

 

No sabemos nada acerca de su autor, no tenemos constancia de quién mandó hacer la obra ni en qué fecha exactamente; tampoco quién la financió, cómo se hizo el encargo, con qué artistas se contó ni en qué condiciones. Solo podemos deducir, a la vista tanto del magnífico resultado como de sus características y estilo, que la obra tuvo que ser hecha en la primera mitad o a mediados del siglo XV, que se inspiró en los modelos franco-borgoñones entonces en boga en Europa (pero desconocidos en España, y más particularmente en la Corona de Aragón, donde no existe otra obra que pueda comparársele) y que de algún modo tuvo que ver con el escultor darocense más famoso de la historia, Juan de la Huerta, autor de espectaculares trabajos en la región borgoñona y más concretamente en Dijon.

 

En su día se atribuyó a este artista la autoría plena del conjunto de la capilla; décadas después, se le negó totalmente. Hoy, parece ser, se opta por una participación de Juan de la Huerta en los trabajos, junto a otros artífices de origen borgoñón que habrían asumido  la dirección de la obra. Es demasiada casualidad que el darocense Juan de la Huerta fuese uno de los mejores autores de la escultura borgoñona de su tiempo, que su estilo se empapara de la moda imperante en esas tierras, y que en Daroca, su pueblo natal, se llevara a cabo una capilla de estilo borgoñón en el tiempo en que él estaba en plena actividad, como para negar la relación entre ese escultor y esta obra.

 

 

Está claro que la capilla tuvo que hacerse durante el reinado de María de Castilla, la que concedió a Daroca la ampliación de su feria, pues su escudo aparece en la capilla, sostenido por dos ángeles; eso permite acotar la fecha entre los años 1423 y 1458, época en la que María se vio obligada a llevar las riendas del gobierno en los territorios peninsulares de la Corona aragonesa, al estar su marido en Nápoles. Tal vez pueda ajustarse aún más esa fecha hacia 1435, año en el que, como hemos visto, la reina se ocupó de conceder beneficios a Daroca en relación con su feria: pues ése es también el año en el que su esposo resultó derrotado y preso en una batalla con los genoveses, y se hacían preces para lograr su liberación…

 

Es ese periodo, también, un buen momento para pensar en la participación de Juan de la Huerta en la obra de la capilla, pues aún no se había iniciado la época de su prolífica estancia en Dijon, que solo consta a partir de 1439. Cuando llegó a esas tierras, sin embargo, lo hizo ya como artista consagrado, pues desde el primer momento recibió encargos de mucha importancia; quizá fuese porque, con la fama de los Corporales, había trascendido la de la magnífica labor escultórica llevada a cabo en la capilla que los alojaba, y la de los artífices que la habían hecho posible.

 

 

Fotos: Julio Foster

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