La reciente peripecia sufrida por el sepulcro de Lope Ximénez de Urrea, conservado en la iglesia de Épila, ha permitido recuperar prácticamente en su integridad una obra clave de la escultura gótica aragonesa, hasta ahora medio oculta detrás de un muro.

Durante más de doscientos años, el magnífico túmulo funerario del que fuera vizconde de Rueda  y virrey de Sicilia, antepasado de los condes de Aranda, permaneció empotrado en la pared de una capilla de la iglesia, de manera que solo quedaba a la vista la mitad del conjunto. Sin embargo, originalmente fue una pieza exenta y, por tanto, esculpida en sus cuatro caras. Una reciente investigación histórica puso de relieve este hecho, e inmediatamente la Institución Fernando el Católico promovió las tareas necesarias para su descubrimiento y rehabilitación. En el verano de 2010, el antiguo sepulcro del virrey Ximénez de Urrea volvía a mostrarse en su esplendor original.

 

Lope Ximénez de Urrea pertenecía a una de las principales familias nobles de Aragón. Una familia que en la época en que nació Lope, a comienzos del siglo XV, gozó de la especial protección del rey Fernando I, el de Antequera, como recompensa al apoyo que le habían prestado como candidato al trono aragonés durante el Compromiso de Caspe.

 

Sin embargo, el joven Lope no logró sus honores y fama, que fueron muchos y brillantes, en el solar de su linaje, sino en tierras lejanas, luchando en mil batallas junto al rey de Aragón y como representante suyo en el reino de Sicilia. Dos veces ocupó el cargo de virrey en esta isla mediterránea que formaba parte de la Corona aragonesa, una con Alonso V y otra con Juan II; y fueron muchos los autores que en ese tiempo proclamaron el prestigio que ganó en su gobierno, hasta convertirlo en figura emblemática de la verdadera nobleza, a un tiempo hombre de guerra y buen político. No faltaba, en esta semblanza del caballero ideal, la faceta humanista, el amor por las artes y la cultura, pues fue él quien puso en marcha la primera Universidad de Sicilia, con sede en la ciudad de Catania.

 

Lope Ximénez de Urrea falleció en esta ciudad, entre el Etna y el mar, en septiembre de 1475. Fue enterrado en la catedral de Santa Ágata, como correspondía a la más alta dignidad del reino siciliano, pero pocos años después sus restos fueron trasladados hasta el lugar de sus raíces, el solar de donde procedían sus mayores: la villa de Épila.

 

Vista aérea de Épila

 

La viuda de don Lope, noble de origen valenciano llamada Calatayuba de Centelles, fue la que se encargó de impulsar la construcción de la capilla funeraria que alojaría para la eternidad (o así se pensaba, al menos) la tumba del esposo, el Urrea que había traído su mayor brillo al linaje familiar, y de disponer en ella, en el centro, su sepulcro definitivo. No sabemos cómo fue aquella capilla, dedicada a San Miguel (santo guerrero por excelencia) y que se situaba junto al altar mayor, ni quién la hizo; como también desconocemos el nombre del escultor que talló el sepulcro, si bien todo apunta a que debió de ser obra de Gil Morlanes el Viejo, que estaba por aquellas fechas en Épila.

 

Aquellas  fechas eran los años finales de la década de 1480, pues en 1489 se inhumaron los restos del virrey en su flamante sepulcro. Ya había muerto también Calatayuba, que seguramente fue enterrada con don Lope en la misma urna funeraria, pues en ella se contienen los restos de varias personas, incluidos dos niños. La presencia de la viuda, así como seguramente su participación en la realización de la tumba, se señala de una manera muy discreta, simplemente colocando sus armas heráldicas partidas con las de los Urrea en el escudo que ocupa el lateral de los pies del sarcófago.

 

Frontal de la tumba recuperado en la actualidad

 

La capilla funeraria de los Urrea desapareció al ser derribada la iglesia epilense en el siglo XVIII para construir la que hoy vemos, barroca. El sepulcro se respetó y fue colocado en un nuevo espacio más reducido donde, más que adosarlo al muro, lo que se hizo fue incrustarlo en él. La capilla se completó con un ostentoso panel entre columnas, a modo de retablo, que reproduce la inscripción lapidaria que rodea la tapa del sarcófago:

 

Aquí yace sepultado el muy respetable noble señor Don Lope Ximénez de Urrea, Señor del Vizcondado de Rueda y de otras baronías, Virrey de las Dos Sicilias, magnánimo y dadivoso, allá repose en el Reino de Dios. Murió el año de 1475, a los setenta de su edad.

 

Tras su recuperación y restauración, podemos rodearlo, contemplarlo entero y no solo admirarlo como fina obra artística del periodo gótico, sino reflexionar acerca de la idea de la muerte y la eternidad que tenían nuestros antepasados de finales del siglo XV.

 

Solo los personajes de alta alcurnia, nobles y eclesiásticos, podían ser enterrados en el interior de las iglesias; a veces, como es el caso, en una capilla propia del individuo sepultado o de su familia. Por si lo hecho en vida no resultara suficiente para ganar el Cielo, en los testamentos de estos personajes se mandan cantidades –a veces innumerables– de misas para la salvación de su alma, se instituyen capellanías para que sea un capellán el que perpetuamente se ocupe de celebrarlas y honrar su memoria, se dota a la capellanía de legados diversos en dinero o en tierras para que pueda mantenersee ad aeternum… Pese a que la muerte es la gran igualadora del género humano, quien más tenía confiaba en que su riqueza y posición habrían de servirle también para asegurarse un sitio a la derecha del Padre.

 

De cara a la realidad terrenal también se pensaba en el futuro, en dejar un testimonio de honra, fama y nobleza a las generaciones venideras, en que la gloria alcanzada no se esfumase con la muerte sino que perviviera a través de los siglos. Y aquí es donde entra el arte. Un sepulcro bellamente esculpido habría de ser la mejor manera de representar la imagen perdurable del difunto, de transmitir la idea que él quería ofrecer a la posteridad. Por lo tanto, la iconografía de la escultura era algo que no se dejaba, ni mucho menos, al azar o a la improvisación. En este caso, la figura de Lope Ximénez de Urrea aparece yacente sobre la tapa del sarcófago, con expresión serena en los bellos y armoniosos rasgos de su rostro. Tocada con un gorro que le cubre los pulcramente recortados cabellos, la cabeza descansa sobre dos ricos almohadones. Viste un manto que le cubre hasta los pies, del que asoman los brazos para sostener, sobre el pecho, una espada de hermosa empuñadura. Alrededor del cuello, una gruesa cadena, seguramente una magnífica joya, le blasona el busto.

 

Busto de la figura yacente

 

No vemos aquí a un guerrero, no a un soldado, sino a un noble, un político, un humanista. Pero en las manos lleva la espada, que aferra con resolución: Lope no quiso que se olvidara su faceta de hombre de armas, que a  tantos peligros le expuso pero que tanto le hizo ganar. Empuñada por un gobernante, además, puede simbolizar la garantía de poder, el ejercicio del cargo de virrey con voluntad de orden y sometimiento de los súbditos; y seguramente también se asocia con la idea de la Justicia, pues no en vano esta virtud cardinal se representa siempre con una espada en la mano. Esta imagen se refuerza por la presencia a sus pies de un león que porta el escudo de los Urrea y que parece rugir, con la boca abierta, simbolizando la fortaleza.

 

Mitad inferior de la figura yacente, con el león que porta el escudo del difunto

 

En conjunto, la figura de don Lope en su tumba es la representación gráfica de la idea que de él nos han transmitido los escritores de su tiempo; y el modelo de noble que una y otros plasmaron se aleja ya francamente del ideal propio de la Edad Media para tender hacia un nuevo concepto, que nos habla ya del inicio de otra época: el Renacimiento.

 

Don Lope está acompañado, en los lados largos del sarcófago, por las imágenes en relieve de los Apóstoles y otros cuatro santos más (identificados como Santa María Magdalena, San Nicolás de Bari, Santa Catalina de Alejandría y Santo Domingo de Guzmán). Todos ellos aparecen sentados, por parejas, bajo bellas arquerías góticas. En el centro de estos lados largos, y en el espacio de los lados cortos, figuran las armas de los Urrea (bandado, con seis piezas en azur y plata) entre leones tenantes; en el de los pies, ya lo dijimos, estas armas se alternan con las de los Centelles.

 

 

 

Relieves de los distintos frentes de la urna funeraria

 

Bajo la cama del yacente está la inscripción antes aludida y una faja ornamental a base de motivos vegetales. Y todavía debajo de las series de santos se dispuso otra banda, como una moldura, decorada por animales afrontados. Finalmente, todo el gran catafalco se apoya sobre seis leones (o más exactamente sobre seis protomos de león, es decir, sobre figuras que solo constan de la mitad delantera del animal) que, como el que hay a los pies de la figura yacente, sujetan con sus patas el emblema heráldico de los Urrea y abren la boca en ademán de rugir.

 

Fragmento de la urna funeraria con inscripción

 

Relieves de leones afrontados en el friso inferior que rodea la tumba

 

Figura de león, una de las que soportan el sepulcro, con las armas de los Urrea

 

El conjunto escultórico, en fino alabastro policromado, es espectacular. Hoy que podemos contemplarlo en su totalidad deberíamos animarnos a reivindicar la escultura gótica aragonesa, que cuenta con piezas tan destacadas como ésta, dejando bien sentada su importancia y personalidad.

 

Fotos: Antonio Ceruelo
Documentación: Jesús Criado y Enrique Galé

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