La portada de la iglesia de Santa María de Uncastillo guarda un mundo fantástico en sus arquivoltas, donde se unen cielo y tierra. La mano  hábil e imaginativa del artífice románico nos sigue sorprendiendo hoy.

El románico fue el primer estilo internacional europeo. Hoy parece aceptado que tuvo su origen en Francia y que en el siglo XII se expandió por el continente a través de unas vías de intercambio económico y cultural mucho más activas de lo que imaginamos, dentro de esa imagen tópica, todavía muy extendida, que hace de la Edad Media un tiempo cerrado, pobre y oscuro.

 

También desempeñó un papel protagonista la Iglesia, omnipresente en la realidad de esa época, rectora de la vida de acá y de la del más allá. Obispos y abades eran piezas clave en la alta política de los reinos medievales, y párrocos, monjes y beneficiados, en la organización y funcionamiento diario de los pueblos y aldeas.

 

La Iglesia mandaba también en las almas y el pensamiento de los fieles: regía sus fiestas y tradiciones, los gestos y rutinas cotidianas. Bendecía los campos y las cosechas, los animales y los hijos, las casas y haciendas. Rogaba benevolencia a Dios y perdón por los pecados, y le daba gracias si algo iba bien. Construía iglesias, las consagraba a los Santos Patronos de cada localidad, las ornamentaba y enriquecía tanto como le era posible y celebraba en ellas la Misa, elemento crucial de la religión cristiana y ritual de la máxima importancia para los fieles.

 

 

Uncastillo construyó en el siglo XII nada menos que seis iglesias románicas. Villa conquistada “al infiel” ya en el siglo X, dos centurias más tarde disfrutó de una época dorada que le permitió expandirse demográfica y urbanísticamente. La clave estuvo en su situación fronteriza con Navarra, que lejos de constituir un problema resultó muy provechosa, y en la benevolencia del rey Ramiro II el Monje, que benefició a la villa por haberle sido fiel cuando los nobles se le rebelaron (lo que dio origen al famoso episodio de La Campana de Huesca).

 

En 1135, el rey Ramiro daba a Uncastillo un solar para que construyera una iglesia dedicada a Santa María. Consagrada en 1155, esa iglesia fue casi una “subsede” del obispado de Pamplona, al que pertenecía, y alcanzó el rango de colegiata. El edificio, hermoso, amplio y de recia piedra, con nave única y ábside semicircular, no se distinguiría en especial de otros de esta época si no fuera por su decoración escultórica. Su profusa, bellísima, original, enigmática y sorprendente decoración escultórica.

 

 

Lo más impactante es la portada. Tiene un diseño sencillo, en arco de medio punto con tres arquivoltas que apean sobre otras tantas columnas, y en su día debió de contar con un porche. Carece de tímpano, aunque muestra encastradas en el muro, encima de los arcos, dos figuras en relieve que pertenecieron a algún elemento constructivo hoy desaparecido. Descrita así, es austera. Sin embargo, está cuajada de figuras que se despliegan en las arquivoltas y en los capiteles de las columnas, mostrándonos un mundo fantástico de seres irreales llenos de viveza. No sabemos dónde posar la mirada: en aparente sucesión caótica vemos aparecer músicos, acróbatas, saltimbanquis, rostros burlescos, monstruos y sátiros, sirenas, campesinos, sacamuelas, mercaderes, ovejas y carneros, bebedores, bailarinas, avaros y gentes desesperadas que se tiran de los pelos…

 

 

Este tipo de portadas llenas de figuras se dio mucho en el sur de Francia, zona con la que estilísticamente Uncastillo presenta una clara relación. Una relación, además, temprana y que no llegó a través del Camino de Santiago ni el círculo cortesano de Jaca, sino directamente, por la vinculación que esta villa había tenido con el Béarn, dado que sus señores (Gastón y Talesa) procedían de allí.

 

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Las puertas de las iglesias eran un lugar importantísimo: marcaban la separación, y a la vez el punto de contacto, entre dos mundos, el terrenal y el espiritual. Además, la forma semicircular de los arcos de medio punto remite al símbolo del arco iris, aquel que apareció sobre las nubes tras diluvio, purificada ya la  tierra de  todo pecado, para que el Señor retirara el dedo de su ira y firmara con los humanos una alianza, la promesa de no ir nunca más contra él, a cambio del compromiso de los hombres de construir un mundo mejor.

 

Las portadas esculpidas son portadas “parlantes”: su intención es transmitir un mensaje al fiel. El de las esculturas de Santa María de Uncastillo dice: «Adelante, pasa y sálvate, aquí limpiarás tus pecados». Para comunicar eficazmente ese mensaje fueron necesarias cuatro series de figuras (dos de ellas en las dos arquivoltas superiores y otras dos en la inferior) y seis capiteles, los que flanquean la portada.

 

Esas figuras representan la vida del cristiano, sus vicios y pasiones, sus trabajos y sus días, sus pecados y la necesidad de redimirlos, la eterna lucha entre el bien y el mal que se debate en todos los corazones. Los capiteles sobre los que se apoya cada arco reflejan el plano simbólico y trascendente, mientras que las figuras que pueblan las arquivoltas se refieren al plano humano en toda su complejidad.

 

 

El primer capitel de la derecha, el más cercano a la puerta, muestra la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Desde ese momento, el hombre se vio condenado a ganarse el pan con el sudor de su frente y a ser mortal; y, si quería salvarse para la vida eterna, a luchar permanentemente contra el mal y las bajas pasiones, lucha que se simboliza en la escena del capitel enfrentado a éste, al otro lado de la puerta, en la que un caballero es atacado por dos personajes a pie. Esa vida de trabajo, que dignifica al hombre, y el inframundo que se esconde en lo fantástico y lo prosaico es lo que muestra la primera arquivolta, que se apoya en los dos capiteles mencionados: en la parte superior del arco vemos pastores con su ganado, labriegos trabajando, animales domésticos y salvajes, mientras que en la inferior aparece un submundo que quiere esconderse de la mirada de Dios y de los hombres, y que por eso mismo es el que se muestra más visible, expuesto a los ojos de todo el que pasa por la puerta: animales fantásticos, grifos, un hombre en cuclillas en actitud poco honrosa, una especie de curandera o druidesa (tal vez, adoradora de la Naturaleza), mujeres con cuerpo de pez o de pájaro, un contorsionista que saca la lengua…

 

 

El siguiente nivel es como una advertencia: «Apártate del mal, huye de él». El capitel de la derecha representa La Huida a Egipto, episodio por el que San José y la Virgen salvaron la vida de su Hijo, huyendo de la Matanza de los Inocentes; el de la derecha es nuevamente una escena de lucha, entre dos personajes enfrentados, a horcajadas sobre sus cabalgaduras: otra vez el bien y el mal. Entre los dos capiteles discurre una segunda arquivolta en la que los personajes parecen aplastados por el arco, pues asoman sus cabezas, brazos y pies por encima y por debajo de él: el repertorio de imágenes nos remite al mundo de las tribulaciones del hombre y sus afanes, su enajenación cuando se aparta de la sencilla vida del ora et labora: bebedores, tabernarios, reñidores, escépticos y burlones acompañan a mercaderes y sacamuelas, a un personaje que parece devanarse la cabeza pensando que te pensarás, a otros que se tiran de los pelos y se mesan las barbas... «También para vosotros está abierta esta puerta: volved al recto camino».

 

 

Por fin, la tercera y última arquivolta sacude la conciencia del cristiano con un mensaje contundente: no te entregues al pecado o te condenarás para toda la eternidad. Los horrores infernales amenazan al espectador desde el capitel que recibe el lado derecho de esta arquivolta, mientras el lado izquierdo se apoya en su contrario, que exhibe, en dos escenas, la muerte carnal, mediante las oraciones fúnebres que se pronuncian ante el difunto en su ataúd, y el paso del alma al otro mundo, representada como una pequeña figura sostenida por dos ángeles.

 

 

Entre la muerte y el fuego del infierno se abre una panoplia de pecados, algunos de identificación oscura o difícil, centrados por lo que cabría interpretar como la quintaesencia de la vida relajada y poco honesta, representada por un grupo de músicos, acróbatas, danzarinas y saltimbanquis (¿y tal vez un escultor o tallista, con un bloque de piedra entre sus piernas?). A sus lados vemos de nuevo seres fantásticos y monstruosos, animales extraños, aves que se muerden las patas y personajes en actitudes diversas: tres de ellos se tocan la cabeza con un gesto como de haber perdido el seso, otro parece ejercer violencia sobre una mujer que le está dejando algo –¿dinero?– en una bolsa, otro se apoya sobre una gran vasija redonda, otro está degollando un animal, tres figuras aparecen juntas como representación de los tres estados sociales o de las tres edades del hombre, hay un monstruo de cuyas fauces sale una mujer, hombres con garras en lugar de pies… Son los que están más alejados de la entrada del templo, pues voluntariamente se han apartado de ella y de todo lo que representa.

 

 

Pese al mensaje que transmite y a su misteriosa iconografía, la portada de Santa María no apela al miedo, sino más bien a las ganas de vivir. Al fin y al cabo, no expulsa de sí al espectador, ni siquiera a los pecadores inmortalizados en piedra que la acompañan, sino que a todos invita a pasar.

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ)

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