En un lateral de la popular plaza zaragozana del Justicia se alza la iglesia de Santa Isabel de Portugal, uno de los principales templos barrocos de la ciudad. Llama la atención por la profusa decoración escultórica de su fachada, en la que sobresalen dos elementos: la imagen de la santa, en el coronamiento, y el escudo de Aragón en el centro del conjunto.

No es muy común que la principal seña de identidad de un reino, el de Aragón en este caso, ocupe lugar tan destacado en un edificio religioso; aquí lo hace, y no solo en la fachada sino también en el interior. Ello se debe a que esta iglesia fue construida por la Diputación del Reino para una santa aragonesa, hija de reyes y reina ella también, con el deseo de honrarla en su tierra natal.

La decisión de dedicarle un templo a Santa Isabel de Aragón y de declarar festivo el día que le corresponde en el santoral, esto es, el 4 de julio, fue tomada por fuero en las Cortes de 1678, no mucho después de que fuese canonizada, aunque las obras se concluirían ya iniciado el siglo XVIII.

 

Fachada de la iglesia de Santa Isabel, Zaragoza

 

Santa Isabel había nacido en 1270 (como quiere la tradición, en el palacio de la Aljafería) y al cumplir los doce años fue desposada con Dionís de Portugal, convirtiéndose por tanto en reina de ese país. Fue muy querida por sus súbditos pues tenía fama de socorrer a los pobres en todo lo que podía, desafiando las recriminaciones de su esposo; y también porque actuó de mediadora entre éste y su propio hijo para frenar las constantes peleas que los enfrentaban y que hacían peligrar la paz del reino. Considerada santa ya desde su muerte (1336), fue pronto beatificada pero no subiría a los altares hasta 1625.

 

 

En el proceso de canonización participó Aragón muy activamente, por el entusiasmo que suscitaba tener una santa tan hondamente vinculada con el viejo reino. Una vez canonizada, sin embargo, aún transcurrirían cincuenta años hasta que se consiguió que la fiesta de la santa pudiera ser celebrada como se hacía en Portugal, y unos pocos más hasta que se inició la construcción de una iglesia a ella dedicada en Zaragoza: el contrato de la obra se firmó en diciembre de 1681.

La Diputación firmó un acuerdo con la Orden de San Cayetano, que quería instalarse por entonces en la ciudad, por el que los frailes cedían un solar y se hacían cargo del culto y del mantenimiento del futuro templo, mientras que la Diputación aragonesa se comprometía a construirlo a sus expensas. Ese es el motivo por el que el repertorio iconográfico desplegado en esta iglesia combina los símbolos del Reino de Aragón y las imágenes de los santos teatinos.

Así, la titular, Santa Isabel, se ve acompañada de San Cayetano, que es el fundador de la Orden, y de San Andrés Avelino, uno de sus miembros más famosos y que por esas fechas estaba aún en proceso de canonización; mientras que, paralelamente, se representan en las cinco calles de la fachada los elementos que componen el escudo de Aragón, por separado y en su conjunto: el árbol de Sobrarbe, las cuatro cabezas de moros, la cruz de Íñigo Arista y las barras del señal real. Es difícil representar con mayor gloria un escudo: en el centro de la fachada, coronado, rodeado de ángeles tenantes y cuernos de la abundancia, sobre la puerta de la iglesia y custodiado, desde lo alto, por una santa de sangre real aragonesa.

 

Escudo de Aragón en el centro de la fachada principal

Esa especie de exaltación del aragonesismo continúa en el interior: el espectacular retablo mayor muestra de nuevo en el centro a Santa Isabel y está coronado por una gran escultura del patrón de Aragón, San Jorge, alanceando al dragón. Ante el altar, además, la cúpula que cubre el crucero apoya sobre cuatro pechinas que vienen decoradas también, como las calles laterales de la fachada, con los cuatro cuarteles del escudo de Aragón, rodeados aquí por coronas de laurel.

Retablo mayor, con la imagen de San Jorge en el remate

y los cuatro símbolos del escudo de Aragón en las pechinas del crucero:

¿Caben más símbolos? Sí: ya iniciado el siglo XX, en 1914, se trasladaron a esta iglesia las cenizas de Juan de Lanuza, Justicia Mayor del reino, decapitado por mandato de Felipe II tras las Alteraciones de 1591. Aquí reposan todavía, en un pequeño féretro colocado en el lado izquierdo presbiterio, acompañados de una lápida conmemorativa y de una bandera de Aragón.

La iglesia de Santa Isabel luce hoy esplendorosa, pues ha recuperado su exuberancia barroca tras la última restauración. Antes, sin embargo, fue muy denostada porque los gustos severos y academicistas de las pasadas centurias abominaban de este tipo de obras, cuajadas de ornamentos y de brillo, por considerarlas recargadas, agobiantes, excesivas. Tan es así que se llegó a eliminar parte de su decoración atendiendo a las voces que consideraban que «si se purificasen de adornos las cúpulas, las pechinas y las cornisas, luciría la capilla de Santa Isabel por la elegancia de sus líneas y buenas proporciones». Y se tapiaron casi todas sus ventanas.

Es ciertamente elegante y bien proporcionada esta iglesia, amplia y luminosa. Tiene planta central, de cruz griega, seguramente de inspiración italiana y derivada de los diseños del famoso arquitecto Guarino Guarini, que era teatino. Está cubierta con un juego de cúpulas de diferentes tamaños que probablemente sirvió de inspiración para el sistema de cubiertas de la basílica del Pilar.

 

 

Al exterior también su composición es muy cuidada y lograda, pues confiere a la iglesia una monumentalidad difícil de conseguir dado el lugar que ocupa en la plaza, retranqueado y haciendo rincón. Domina en la fachada, además de la abigarrada decoración escultórica, el juego cromático de materiales: piedra en el basamento, alabastro oscuro para las pilastras y entablamentos y alabastro claro para el interior de las calles, ladrillo para las torres, piedra blanca para las molduras y piedra negra, finalmente, para el remate. Las torres son la necesaria componente vertical que compensa la horizontalidad del cuerpo bajo, con lo que se consigue, en conjunto, una composición armónica y equilibrada.

 

 

La de Santa Isabel, también llamada de San Cayetano, es una iglesia muy popular, sobre todo porque en ella tiene su sede la Hermandad de la Sangre de Cristo, que es la que organiza la procesión del Santo Entierro, la más importante de la Semana Santa zaragozana; hasta aquí acuden las cofradías para encerrar sus pasos en los días previos, de manera que puedan salir todos juntos formando un impactante desfile en la noche del Viernes Santo.

 

Una de las capillas de esta iglesia guarda, de hecho, la venerada talla del Cristo del Santo Entierro, que tiene una agitada historia. Es famoso el episodio de su salvamento durante los Sitios de Zaragoza, cuando una sencilla mujer asumió el riesgo de sacar la valiosa imagen del convento de San Francisco para salvarla del incendio a que había sido sometido el edificio y de las bombas que asolaban ese lugar. Se cuenta que al paso de la imagen, llevada a hombros hasta el Pilar y acompañada de varios hombres que iluminaban su marcha con antorchas, paró el fuego cruzado entre españoles y franceses, impresionados todos ante tal comitiva. El Santo Cristo y su magnífico catafalco se cobijan desde la Desamortización de 1833 en esta iglesia, en la capilla de los pies del lado de la epístola; la imagen está cubierta por una urna de cristal de la que saca únicamente el brazo derecho, que apoya en el altar, sobre un almohadoncito, para que pueda ser adorado por los fieles.

 

 

San Andrés Avelino

 

 

San Cayetano

El templo posee, además, un buen conjunto de retablos barrocos, entre ellos algunos salidos de las manos del famoso escultor zaragozano José Ramírez, activo a mediados del XVIII. Son suyas, por ejemplo, las cuatro imágenes que flanquean a la titular en el retablo mayor: las de San Cayetano y San Andrés Avelino, que la acompañan a izquierda y derecha como en la fachada, y las de San Fernando y Santa Bárbara, colocadas junto a Santa Isabel e interponiéndose entre ella y los santos teatinos. La presencia de estas dos figuras, de iconografía poco habitual en estas tierras, se debe seguramente al hecho de que fueron los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza quienes actuaron de mecenas para la dotación del mobiliario litúrgico de la iglesia, tras haber sido suprimida la Diputación del Reino con los decretos de Nueva Planta (1714).

 

Hay que tener en cuenta, además, que la reina era portuguesa y en ese país se tiene una especial devoción por Santa Isabel.

Es el caso, pues, de que dos santos identificados con la monarquía borbónica pasaron a figurar en un retablo cuyos protagonistas, ya se ha dicho, eran una santa aragonesa y el patrón de Aragón; y que bajo esas dos tallas, en las puertas situadas a sus pies, se tallaron las armas de la Casa de Borbón en la cara que da al templo y las de Aragón en la que da hacia atrás, al trascoro, si bien cabe señalar que las primeras contienen numerosos errores en la plasmación de sus emblemas heráldicos y las segundas, por el contrario, están perfectamente representadas…

Mientras tanto la dulce Santa Isabel, obra de Gregorio de Mesa de hacia 1705, está representada en el momento en que las dádivas que escondía en su manto para los pobres se le trocaron en flores, lo que evitó que Don Dionís, su marido y rey de Portugal, descubriese la buena obra que ella hacía a escondidas porque él la reprobaba. Esa bella imagen se asocia a la concordia, lo que en definitiva, y seguramente sin pretenderlo, cuadra especialmente con el simbolismo de este templo.

 

Fotos: Javier Romeo (Archivo DPZ)

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