La capilla del castillo de Mesones de Isuela es, según los entendidos, una de las piezas artísticas más destacadas de Europa; además encierra un misterio, y es el de haber sido concebida como cripta y no haber servido nunca como tal, pues jamás llegó a haber ninguna sepultura en su interior.

Quien la mandó hacer fue Lope Fernández de Luna, personaje interesantísimo que no solo fue uno de los primeros y  más destacados arzobispos de Zaragoza, sino también un gran mecenas de las artes (el mudéjar le debe algunas de sus piezas más hermosas) y un hombre de armas que tuvo a su cargo, por orden del rey Pedro IV de Aragón, la defensa primero de Zaragoza y luego de la zona de Calatayud frente a las incursiones de Castilla. Fue el impulsor de la construcción de la Parroquieta, en La Seo de Zaragoza (o, más bien, de la adaptación de un edificio anterior a una nueva función), como su capilla funeraria. Y aquí es donde comienzan las sorpresas respecto de la capilla del castillo de Mesones...

 

 

Desde que se levantaron los primeros castillos románicos, se acostumbró a construir junto a los edificios propiamente militares una capilla o iglesia que también tenía función defensiva. Y la tenía desde dos puntos de vista: primero porque la construcción en sí, con recios muros, sin apenas vanos o con simples aspilleras, era lo bastante sólida como para resistir los embates enemigos, tanto o más que el resto del conjunto; segundo, porque proporcionaban la protección divina: eran lugares consagrados a Dios y eso otorgaba a los creyentes el convencimiento de que Él y su poder estarían de su lado.

 

Se llegó a establecer, así, un binomio típicamente medieval que une castillo e iglesia de manera indisoluble. Su razón de ser hundía las raíces en un planteamiento simple, y era el hecho de que desde el siglo XII se luchaba contra el poder islámico, es decir, contra gentes que profesaban otra religión, y por tanto los cristianos trataban de poner de manifiesto que su pelea era la de la fe verdadera. Sin embargo, tiempo más tarde, cuando ya el poder cristiano se había extendido por la Península arrinconando en el sur a los musulmanes, y los conflictos en Aragón no se entablaban contra ellos sino contra los reinos vecinos de Castilla o Navarra, la costumbre de unir castillo e iglesia siguió manteniéndose pese a que los contendientes eran tan cristianos unos como otros.

 

Pasó así en el castillo de Mesones de Isuela, que existió al menos desde los tiempos de la reconquista pero que fue reedificado completamente hacia 1370 por iniciativa del arzobispo de Zaragoza, Lope Fernández de Luna, que era el señor del lugar. Acababa de concluir la Guerra de los Dos Pedros, que mantuvo enfrentados a Aragón y Castilla entre 1356 y 1369 y que afectó considerablemente a la zona de Calatayud y el valle del Aranda, por su condición fronteriza. Paradójicamente, el gran castillo de Mesones se erigió justo cuando ya la contienda había finalizado (aunque por mucho tiempo continuó la inestabilidad en la zona), de forma que serviría más como residencia palaciega que como fortaleza. De hecho, aproximadamente la mitad del recinto se destinó a habitación y dependencias señoriales, y la otra mitad a uso militar.

 

 

Por supuesto, no podía faltar la capilla. Tanto es así que en este edificio hubo no una, sino dos, como signo de protección de las dos áreas en que se dividía el castillo.

 

La planta de este edificio es rectangular y su perímetro está rodeado por torreones circulares, situados en las esquinas y en el centro de los dos lados mayores. El conjunto ofrece un aspecto imponente, es una gran mole pétrea que hace insignificantes las casas que se levantaron bajo él, en la ladera a su cobijo.

 

En dos de sus torreones, los de las esquinas SO y NE, se alojaron las dos capillas citadas. La primera, de carácter privado, doméstico, se encuentra horadada en el grueso del muro del torreón, es muy pequeña y se abría, en arco apuntado de fina moldura, a un gran salón de estar. La segunda, la del torreón NE, es la que más nos interesa, pues constituye, según los entendidos, una de las piezas artísticas más destacadas de toda Europa; y, además, encierra un misterio, y es el de haber sido concebida como cripta y no haber servido nunca como tal, pues jamás llegó a haber ninguna sepultura en su interior.

 

 

Quien la mandó hacer fue el ya mencionado Lope Fernández de Luna, personaje interesantísimo que no solo fue uno de los primeros y  más destacados arzobispos de Zaragoza, sino también un gran mecenas de las artes (el mudéjar le debe algunas de sus piezas más hermosas) y un hombre de armas que tuvo a su cargo, por orden del rey Pedro IV de Aragón, la defensa primero de Zaragoza y luego de la zona de Calatayud frente a las incursiones de Castilla. Fue el impulsor de la construcción de la Parroquieta, en La Seo de Zaragoza (o, más bien, de la adaptación de un edificio anterior a una nueva función), como su capilla funeraria. Y aquí es donde comienzan las sorpresas respecto de la capilla del castillo de Mesones.

 

Sepamos, primero, cómo es esa capilla: está alojada, ya se ha dicho, en el torreón NE, que es circular al exterior y hexagonal al interior. Debido al desnivel del terreno, el torreón cuenta con dos pisos, uno de ellos al nivel del patio de armas y otro bajo él, que probablemente se concibió como cripta: está abovedado con crucería, en piedra de cantería muy bien trabajada, y lleva en la clave el escudo del arzobispo don Lope. El piso superior se cubrió con una armadura de madera de seis paños, que es la que dota a este espacio de singularidad, pues se trata de una pieza de carpintería mudéjar verdaderamente magnífica.

 

 

No existe otra como ésta en Aragón, y muy poquitas que se le asemejen en Andalucía. Se trata de una techumbre completamente excepcional, solo comparable, y en cierto modo nada más, a la que cubre la cabecera de la Parroquieta de La Seo zaragozana, que ya hemos visto que está relacionada con el mismo mecenas que la capilla de Mesones: el arzobispo don Lope. 

 

Es una techumbre hexagonal, cuyos seis faldones se unen entre sí, en las esquinas, mediante limas moamares (piezas dobles) y que en el centro, en la pieza superior o almizate, crean una estrella de doce puntas. Las piezas planas que cierran el espacio entre las partes estructurales (las tabicas) están decoradas con pinturas góticas, mientras que las pequeñas que traban el conjunto llevan  labor tallada a base de elementos geométricos, de lacería, estrellados y cupulitas gallonadas. Una muestra más, y en la provincia hay muchas, de la feliz combinación de dos tradiciones artísticas, la cristiana y la musulmana, que dio logradísimos frutos.

 

La madera al cruzarse y entrecruzarse va formando estrellas y cupulitas doradas, mientras que las pinturas representan un cortejo de ángeles alados, de ricos ropajes, que llevan cirios encendidos y un nimbo sobre sus cabezas: el conjunto no puede tener un aire  más celestial. Y allí aparece representado hasta veinticuatro veces el escudo de nuestro arzobispo don Lope. La base del conjunto está remarcada por una delicada cenefa de pinturas que muestran elementos vegetales y fantásticos, entre los que sobresalen los dragones afrontados que sacan flores de su boca.

 

 

 

 

 

Tanto la propia techumbre en sí como las pinturas de este cortejo angélico han atraído la atención de los estudiosos, por diferentes motivos además de por su belleza. La techumbre, por su excepcionalidad en la tradición mudéjar aragonesa, lo que les lleva a deducir que los artesanos que la montaron debían de ser andaluces; las pinturas, por el hecho de que tampoco se conoce su autoría (aunque los principales especialistas en pintura gótica las relacionan con el taller de los hermanos Serra, importantes artífices de origen catalán que desarrollaron una amplia labor en tierras aragonesas) y porque iconográficamente tienen un sentido funerario: se trata de la trasposición en imágenes de las fórmulas de la liturgia cristiana, que hablan de los ángeles que acompañan al alma y la introducen en el Paraíso, en la Jerusalén celestial. Aquí se pintaron nada menos que 96, aunque algunos se han perdido.

 

 

De este modo, tanto iconográficamente como por su estructura, y por el hecho de tener una cámara subterránea que muestra a las claras su condición de cripta, parece evidente que este lugar fue concebido como capilla funeraria. Sin embargo, hay cosas que no encajan con esta deducción. En primer lugar, el hecho de que se escogiera para ello un torreón, de entre los seis que tiene el castillo, ubicado en la zona militar en lugar de en la privada y palaciega. En segundo, y sobre todo, la circunstancia de que aproximadamente por los mismos años que se construía el castillo (que debió de erigirse entre 1370 y 1379) se estaba llevando a cabo también el acondicionamiento de la Parroquieta, justamente, como capilla funeraria del mismo arzobispo.

 

De hecho, don Lope está allí enterrado, en una tumba que constituye una extraordinaria pieza de escultura gótica, mientras que la capilla de Mesones jamás llegó a acoger ninguna tumba. Parece lógico que, si las dos obras se estaban haciendo a la vez, no cabe que don Lope pensara primero en enterrarse en su castillo y después cambiara de idea y prefiriera hacerlo en Zaragoza; como máximo representante de la archidiócesis cesaraugustana, estaba claro que no había color entre ser enterrado en una magnífica capilla propia en La Seo, cabeza y corazón eclesiástico del reino, que en una localidad alejada de la capital y próxima a la frontera castellana, por muy imponente que fuera su castillo y por más bella que hubiera quedado la capilla. Entonces, ¿qué función tuvo esta última? Hasta hoy sigue siendo una incógnita sobre la que solo pueden aventurarse hipótesis.

 

 

Lo que está claro es que este lugar fue muy importante para don Lope, su  constructor, aquel arzobispo guerrero y amante de las artes: no habría puesto tanto cuidado, si no, en dotar al castillo, que ya de por sí es un edificio extraordinario, de una pieza artística tan sublime como la de esta techumbre pintada. La capilla estaba perfectamente terminada para la fecha de la muerte de don Lope, en 1382; no ocurrió lo mismo con el castillo, que quedó para siempre inacabado.

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ) y SIPCA

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