Por las tierras amplias y llanas de Longares no pasa ningún río. Sin embargo, durante siglos este pueblo existió con el único fin de mantener un puente. Aunque está a casi 40 km de distancia, el Ebro marcó su vida: de las bravas crecidas de este río dependía el zaragozano puente de Piedra, y el rey dispuso que Longares perteneciera a la ciudad de Zaragoza exclusivamente para que con sus rentas se financiara el mantenimiento de este puente y su reparación cuando sufría daños.

Pero tras la reconquista fue difícil mantener a Longares con vida, y eso que goza de un terreno muy apto para el cultivo de la vid, el cereal y para pastorear el ganado. En 1154 el obispo de Zaragoza cedió el lugar y su iglesia al administrador del cabildo de la Seo, con mandato de que lo poblase, pero no debió de conseguir demasiado al respecto: a lo largo del siglo siguiente se documenta la existencia de no más de doce vecinos en el lugar, que por ser tan pocos ni siquiera podían cultivar todas las tierras de su término. La situación llegó a ser tan crítica que en 1305 el Concejo de Zaragoza tuvo que otorgar una carta de población tratando de atraer nuevos vecinos: la ciudad necesitaba contar con un pueblo habitado y dinámico que le proporcionara recursos para su puente, aquel puente que tantos desvelos le costaba porque en él se basaba ni más ni menos que su condición estratégica como ciudad.

 

Tras la concesión de su tardía carta puebla, la vida en Longares se reactivó y se configuró una localidad estable, arraigada y en marcha, con la salvedad del tropiezo que, a finales del XIV, supuso para el lugar la guerra contra Castilla. Sobre todo en la segunda mitad del siglo XV se atraviesa un periodo boyante, con un crecimiento económico y demográfico evidente. Es a partir de entonces, ya con una cincuentena de vecinos, cuando el pueblo empieza a reclamar que se amplíe su iglesia: la vieja, que seguramente fue mudéjar, se había quedado pequeña.

 

Lentamente fueron avanzando las obras, siguiendo, aunque en otras proporciones, el sistema que se seguía en los pueblos para construir las casas, levantando cuartos nuevos sólo los años que había cosecha. En Longares ocurrió algo parecido: en función de los recursos y de la coyuntura cambiante que a veces traía prosperidad y a veces calamidad, se fueron construyendo ahora la cabecera, ahora varias capillas, ahora la nave lateral, ahora la decoración de las bóvedas… Siempre, y en esto también se seguían los principios de la construcción tradicional, aprovechando cuanto se podía de la obra vieja.

 

 

La obra se inició en 1527, con la construcción de la cabecera; se encargó su realización a Alonso de Leznes, maestro albañil que también trabajó en la torre de Utebo y en la Lonja de Zaragoza. Desde entonces la iglesia estuvo en obras durante casi 140 años, con sucesivos impulsos constructivos que iban seguidos de largos periodos de inactividad. Varias veces instó el arzobispo de Zaragoza a su conclusión, por hallarse el templo imperfecto; y los documentos dan fe de que se intentó hacerle caso, firmando sucesivos contratos con maestros de obras o canteros como Juan de Estalla, a finales del siglo XVI, o Martín de Abaría, ya en el XVII. Pero se iba poco a poco. Hasta 1664 no se puede decir que la iglesia, en sus partes principales, estuviera acabada; y aún desde esa fecha siguieron haciéndose capillas anejas, el pórtico, una nueva sacristía…

 

No es extraordinario que la fábrica de un templo de grandes dimensiones se alargue durante décadas y décadas, e incluso que algunas partes se hagan en una época y otras en otra; lo insólito del caso de Longares es que el resultado final, después de tanto tiempo y tantas peripecias, sea tan homogéneo y unitario.

 

 

La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción es un hermosísimo templo renacentista de la cabeza a los pies, en el que responden a este estilo todos sus commponentes: desde la estructura de la planta, que sigue el modelo de las llamadas hallenkirchen (iglesias de planta de salón, con naves aproximadamente de la misma altura), hasta las complejas bóvedas de crucería estrellada, pasando por la decoración de los arcos de las naves, a base de casetones con motivos vegetales. Responden también a este estilo, por supuesto, las airosas columnas anilladas que dividen las naves, desde las que se ramifican los nervios de las bóvedas, lo que les confiere aspecto de palmeras. Son muy similares en todo a las columnas de la Lonja de Zaragoza, pese a que algunas de las de Longares fueron talladas y colocadas más de cien años después. Un espíritu humanista, clásico, impregna el espacio de este templo: si elimináramos el mobiliario sagrado, los retablos, el órgano, el púlpito y las imágenes santas, tendríamos la impresión de encontrarnos en un gran salón civil.

 

 

Tampoco es de extrañar esta vinculación con el gran edificio municipal zaragozano, si recordamos la dependencia de Longares respecto del concejo de la capital.

 

Si hubiera que ponerle alguna “pega” a este magnífico templo longarino sería, quizá, la escasez de luminosidad, que le llega a través de los pequeños vanos que horadan los muros perimetrales. Tuvo que echarse en falta, en su día, luz abundante para que los fieles pudieran admirar la densa red que, como si fuera un trabajo de brocado, se extiende a lo alto, cuajando las bóvedas. Es particularmente espectacular la del ábside, con tracerías cuyo diseño se asemeja a una flor grandiosa, de pétalos que se abren a partir de una clave dorada en su centro.

 

Al otro extremo de la iglesia, en el tramo de los pies, encontramos otro de los elementos más llamativos de su arquitetura: el coro, anclado entre cuatro columnas cilíndricas, se alza sobre una amplia bóvea de perfil tan rebajado que casi parece una techumbre plana, repleta, al igual que las de las naves, de nervaduras y claves o nudos que las enlazan unas con otras.

 

 

 

No quedó nada de la vieja fábrica, de aquel pequeño templo que una y otra vez se mandó ensanchar. Al menos, no quedó nada por el interior; porque por el exterior se conserva su pieza más emblemática: la torre-campanario. Los especialistas en arte se afanan por convencernos de que es una torre cristiana, y repiten en toda ocasión que su estructura, internamente sobre todo, corresponde a una atalaya militar. Pero es inevitable pensar en ella como en un alminar, e imaginar que de sus ventanas gemelas, estrechas y largas, saliera varias veces cada día la figura del muecín a llamar a la oración a la población musulmana. Austera en su decoración, resalta por eso más la cenefa de lazos de ladrillo y cerámica vidriada que recuadra esas ventanas, en el cuerpo alto, con sus llamativos colores blanco, verde y morado.

 

Arriba, la terraza almenada sirve de perfecto punto de observación y vigilancia de una amplia extensión de terreno: al sur hasta las sierras de Algairén, los valles del Jalón y el Huerva a sus costados, Cariñena de frente y, al norte, el camino a Zaragoza, salpicado también de puntos de observación. Fuese torre eclesiástica o civil, de seguro que no desperdició sus excelentes condiciones para ejercer como atalaya.

 

No es su origen la única incógnita de esta torre que parece ser lo que no es. Su división interior en pisos, cubiertos con bóveda apuntada y comunicados mediante escalerillas rinconeras, de mano, también resulta misteriosa: sorprendentemente, las ventanas no dan a uno de los pisos, sino que coinciden con el macizo del muro, con el abovedamiento de la penúltima estancia, de lo que se deduce que esas ventanas estuvieron tapiadas desde su inicio.

 

Y no es menos sorprendente el hecho de que las ventanas que hasta la última restauración alojaron las campanas, que evidenciaban claramente haber sido abiertas más tarde, pues rompían la delicada cenefa decorativa por su parte superior, coincidieran perfectamente con el espacio de la estancia superior de la torre: al interior, nadie hubiera dicho que esas ventanas no pertenecieran a la construcción original. Sin embargo, en aras de preservar la estética exterior del campanario, fueron tapiadas.

 

La torre de Longares anuncia su belleza desde lo alto, se vislumbra perfectamente desde lejos. Por el contrario, el templo que la acompaña no deja adivinar desde fuera la grandiosidad renacentista que atesora su interior. Es uno más de los contrastes de este monumento, del que aún nos queda mucho por saber.

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ

Recursos Multimedia