Sucede a menudo en Aragón, y desde luego en los pueblos de Zaragoza: que lugares muy pequeños, donde uno no se lo espera, albergan verdaderas maravillas de nuestro patrimonio. En Tobed, pueblo de unos 250 habitantes en el valle del humilde (aunque precioso) río Grío, entre las sierras de Algairén y Vicor, encontraremos una de las principales joyas del arte mudéjar, uno de sus monumentos emblemáticos: la iglesia o santuario de la Virgen que lleva el nombre de la localidad.

La de Tobed es una iglesia-fortaleza, esto es, un edificio hecho para cumplir, a la vez, una función religiosa y otra militar. Para ello se ideó un prototipo arquitectónico verdaderamente logrado y peculiar, una creación autóctona zaragozana, un modelo desarrollado en tierras de Calatayud. Afinando más, casi nos atreveríamos a decir que surgió aquí, en Tobed, para extenderse después a localidades próximas como Cervera de la Cañada, Torralba de Ribota o Morata de Jiloca.

 

El modelo de iglesia-fortaleza se estructura a partir de una planta rectangular que configura un templo de nave única con cabecera recta y capillas entre los contrafuertes. Esos contrafuertes son en realidad torretas que circundan el edificio y que se comunican con el interior de la iglesia y entre sí a través de una tribuna o corredor que rodea la nave completamente, por encima de las capillas laterales, como si fuera un camino de ronda. Las ventanas hacia el exterior posibilitan el control visual de una buena porción de terreno y, por tanto, cumplen una primordial función defensiva; también tiene vanos hacia el interior, amplios pero convertidos casi en celosías, pues van recubiertos de decoración calada en yeso, que solo sirven para dejar pasar la luz hacia la nave.

 

 

 

La iglesia es una sala diáfana, de grandes proporciones (que no se han correspondido nunca con la escasa población de la localidad), cubierta por bóvedas de crucería y con coro alto a los pies. Es un espacio singular, impactante, muy bello, merced a tres elementos clave que le otorgan su poderosa personalidad: la decoración pintada y agramilada (incisa en el yeso) de sus muros y bóvedas, sus ventanales cuajados de menudas labores de yesería y la abertura en triple arco apuntado de las capillas de la cabecera.

 

 

 

Estamos acostumbrados, desde hace ya generaciones, a ver el interior de las iglesias encalado en blanco o suave azul; por eso resulta asombroso el efecto que produce el abigarrado colorido que anima las paredes y las cubiertas de este magnífico santuario de Tobed, repleto de motivos mudéjares y góticos en vivos rojos, azules, verdes… realzados por trazos en blanco y negro. La pintura reproduce despieces de ladrillo y cantería, traza cenefas vegetales o geométricas, intercala aquí y allá figuritas de animales de carácter realista, rostros humanos e incluso algún diablo burlón; y salpica todos los paramentos con escudos heráldicos de diversos linajes nobles del Aragón medieval, de varias órdenes militares (principalmente, de la del Santo Sepulcro, a la que pertenecía el templo), del rey Enrique II de Castilla y de Benedicto XIII, el Papa Luna, supuestamente porque todos ellos apoyaron la erección de la iglesia o la continuación de las obras durante largas décadas en la segunda mitad del siglo XIV y principios del XV. El efecto del conjunto es verdaderamente impresionante.

 

 

 

Los ventanales en arco apuntado, en su mayor parte coronados por óculos, que circundan la parte alta de los muros de la nave, contribuyen a aumentar la impresión de riqueza ornamental que el templo ofrece a la vista, merced a sus delicadas labores de talla calada en yeso. También en este caso se combinan a la perfección los repertorios decorativos mudéjares y góticos, cuya sucesión en los distintos tramos de la iglesia, de la cabecera hacia los pies, apuntan tal vez a la existencia de diferentes fases constructivas, aunque en conjunto la obra responda a un único planteamiento global.

 

 

 

Esta misma mezcla de elementos de tradición cristiana y de tradición islámica, que conforma la esencia misma del arte mudéjar, se aprecia también en la concepción de la cabecera: la primera idea que acude a la imaginación al ver la triple capilla abierta a la nave mediante arcos apuntados sobre columnas es la de estar viendo un iwan, esto es, un modelo de composición arquitectónica islámica de antiguo origen, que se desarrolló sobre todo en el Oriente persa y Asia central, o tal vez la típica estructura tripartita de los salones palaciales abasidas; y sin embargo, a la vez, reconocemos en ella claramente la impronta del arte gótico.

 

En la iglesia de Tobed hay inscritas profesiones de fe islámicas («No hay más Dios que Alá»), en escritura árabe cuyos caracteres son difícilmente reconocibles por estar muy estilizados o semiocultos entre motivos decorativos vegetales; y esas frases que ensalzan al dios de los musulmanes se entrelazan, en los mismos muros, con alabanzas a la Virgen y a su Hijo. Quizá no cabe mejor muestra de que hubo convivencia entre ambas religiones, e incluso de que la hubo hasta en sus ámbitos más sagrados.

 

 

La tradición, que en este caso no ha encontrado motivos para ser puesta en duda ni contradicha, afirma que el culto a la Virgen en Tobed se remonta al menos a la época islámica, e incluso cabe la posibilidad de que existiese desde tiempos de los godos. Se sostiene que el culto cristiano se mantuvo pacíficamente en calidad de mozárabe hasta que se produjo la reconquista de la zona por Alfonso I el Batallador y los caballeros de las Órdenes Militares. Y se afina con precisión en una fecha, la de 1066, que constaba en un antiguo misal hoy perdido, para datar la erección de una antigua iglesia que antecedería a la actual. Así, pues, parece ser que el santuario de la Virgen de Tobed fue lugar de veneración por los cristianos desde mucho antes de su incorporación al Reino de Aragón, lo que seguramente justifica su temprana fama y el favor de que gozó por parte de destacados personajes nobles tanto castellanos como aragoneses, incluyendo reyes, obispos, nobles y un papa, pese a encontrarse en un lugar tan apartado de los grandes centros culturales y políticos o de las principales vías de comunicación.

 

 

Es el caso que tras la reconquista (en torno a 1120) Tobed pasó a pertenecer a la Comunidad de Calatayud; pero pronto, ya desde 1141, Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y sucesor de Ramiro II en el gobierno del reino, lo cedió a la Orden del Santo Sepulcro, que estableció su casa en Calatayud pocos años después. El Santuario de la Virgen de Tobed mantuvo su dependencia de esta Orden durante toda la Edad Media, y ello le acarreó algún que otro problema con el obispo de Tarazona, a cuya diócesis pertenecía, por cuestiones, cómo no, económicas y de poder. Cuando los canónigos del Santo Sepulcro decidieron, en 1356, renovar y ampliar el antiguo templo de Tobed, seguramente por necesidad de mayor espacio y luz, se toparon con la oposición frontal del prelado turiasonense, quien cuestionaba su derecho tanto a edificar nuevas iglesias como a percibir las rentas de ellas derivadas.

 

 

Fue necesaria la intervención del arzobispo zaragozano para poner paz en aquel conflicto; el dictamen final, de 1359, estableció que habrían de subsistir las capillas dedicadas a la Virgen, la Magdalena y San Juan Bautista, de lo cual cabe deducir que eran las previamente existentes. La sentencia puede interpretarse en el sentido de que se mandara conservar la parte fundamental del antiguo templo y se permitiera solo su renovación, lo que se haría a partir de esa fecha en un trabajoso avance de las obras hasta los primeros años del siglo XV. En este tiempo contaría con la ayuda, seguramente decisiva, de Benedicto XIII, el Papa Luna, lo que se deduce de la presencia de su escudo pontificio en la clave de la bóveda del último tramo de la iglesia. Pero antes habría tenido el apoyo de un monarca castellano, Enrique II Trastámara, quien se había refugiado en esta localidad durante la Guerra de los Dos Pedros, a mediados del siglo XIV, bajo la protección de los Luna.

   

Este monarca hubo de ser protector decidido de este santuario e impulsor de las obras de renovación; consta su presencia, sobre todo, por los tres preciosos retablos pintados, de estilo gótico, que mandó hacer hacia 1375 para la triple capilla de su cabecera, dedicados a sus santos titulares: la Virgen, María Magdalena y San Juan Bautista. En el primero de ellos, que decoraba la capilla mayor, se retrató el monarca junto con su familia, como donante del retablo y devoto de Nuestra Señora. Hoy, esos tres conjuntos pictóricos, obra destacada del gótico aragonés, se encuentran desperdigados en varias colecciones públicas y privadas, entre ellas el Museo del Prado y la colección Várez-Fisa, de Madrid.

 

Hoy se ha recuperado por completo (estructuralmente, pero no en todos sus elementos ornamentales: en su día estuvo pintada, como muestran algunos pequeños restos) y muestra su exuberante decoración. Posee un perfil disimétrico, pues cuenta con una sola torre, en el lado sur, sin que se llegara a levantar nunca la que debería haberle hecho pareja en el lado norte. La portada principal, sencilla pero realzada en su perfil apuntado por una orla de cerámica, tampoco está centrada, sino desplazada hacia el tercio sur del muro.

 

Queda una referencia al estupendo alfarje (techumbre plana de madera) que sostiene el coro alto a los pies, también decorado con pinturas de riquísimo colorido y múltiples motivos de tradición gótica y mudéjar, tanto figurados (animales, vegetales) como geométricos y epigráficos (en escritura árabe y romance).

 

 

 

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ)

Recursos Multimedia