En Luna se erigió una iglesia dedicada a San Gil, cuyo aspecto exterior, tremendamente austero, no hace prever la elegancia y delicadeza con que se concibió el interior, que de entrada resulta una sorpresa: las series de arquerías de medio punto que ornan tanto la cabecera como la nave, con abundantes relieves escultóricos historiados, confieren a este espacio un aire palatino de impresionante belleza.

 

Luna fue la Gallicollis de la Antigüedad, nombre que tal vez se refiera a su ubicación en un cerro que domina el Gállego. Fue luego, en combinación con Monlora (que pudo ser el “Monte Mayor” al que aluden las fuentes), una posición avanzada en territorio musulmán para el control de los condados cristianos del Norte. Cuando en 1092 estos últimos conquistaron la plaza, el rey Sancho Ramírez la concedió a su merino, Banzo Azones, para que construyera una fortaleza y repoblase el lugar.

 

Este sería el origen de la actual villa de Luna, que se desarrolló al amparo de su castillo, ubicado en la parte más elevada del casco urbano. Seguramente se aprovechó parte del viejo recinto defensivo musulmán y se construyó una torre románica: hoy no podemos contemplarla, pues fue desgraciadamente demolida en los años 60, pero se asemejaba a otras torres cercanas como las de Obano o Yecra.

 

Junto al castillo se construyó una iglesia, también románica, porque ese era el procedi­miento habitual: conforme avanzaba la reconquista, los recintos de las fortalezas musul­manas eran “cristianizados” mediante la erección de una iglesia o ermita que evidenciara la presencia de la nueva religión imperante. Esa iglesia, además, contribuía a reforzar el sistema defensivo, y lo hacía de dos maneras: una física, se añadía a él una construcción sólida, recia, con aspecto de fortaleza, monolítica, prácticamente sin vanos; y otra espiritual, pues los santos titulares del templo (a menudo guerreros, como San Miguel) y sus reliquias ayudarían de buen seguro a los cristianos a lograr la victoria en sus batallas.

 

 

En Luna se erigió una iglesia dedicada a San Gil, cuyo aspecto exterior, tremendamente austero, no hace prever la elegancia y delicadeza con que se concibió el interior, que de entrada resulta una sorpresa: las series de arquerías de medio punto que ornan tanto la cabecera como la nave, con abundantes relieves escultóricos historiados, confieren a este espacio un aire palatino de impresionante belleza.

 

 

El estilo de su arquitectura y de sus relieves procede claramente del Languedoc, e incluso los santos cuyas vidas se narran en los capiteles y frisos (San Gil y San Ginés) tienen una estrecha relación con la ciudad de Arles: y es que la iglesia perteneció al obispado de esta ciudad francesa hasta 1139. Fueron los Luna, el histórico linaje que toma su nombre de esta villa, los que encargaron su construcción, seguramente a los maestros que levantaron en Huesca la Sala de Doña Petronila, en el antiguo Palacio Real, pues entre ambos edificios se dan similitudes extraordinarias. Este gran parecido ha llevado a la suposición de que la iglesia de Luna fuera construida como capilla regia de Alfonso II de Aragón; monarca que, por cierto, mantuvo una estrecha relación con Arlés y la Provenza.

 

Hacia 1168 la consagró el arzobispo de Zaragoza Pedro Tarroja, en una grandiosa ceremonia. Pero era una iglesia inacabada: el edificio muestra a las claras que se concluyó de forma abrupta y que estaba prevista la construcción de una nave más larga.

 

 

En  cuanto a la decoración escultórica, es evidente que trabajaron en ella dos maestros, uno en la portada y en los capiteles de la arquería inferior, y otro en los relieves de la arquería superior. El trabajo del primero se asemeja mucho al de Leodegarius, famoso escultor borgoñón que trabajó mucho en Aragón y Navarra, mientras que el segundo se ha identificado con el “Maestro de Agüero” o “Maestro de San Juan de la Peña”, muy activo en la zona de las Cinco Villas (hasta el punto de que se ha aventurado que fuera originario de ella): efectivamente, ahí está su famosa bailarina

 

En muchas cosas fue avanzada esta excepcional iglesia: en primer lugar, desde el punto de vista geopolítico, como punto fronterizo frente a las tierras del islam; en lo artístico, es pionera en la introducción de rasgos arquitectónicos que preludian tempranamente el paso al gótico; en escultura, atesora una de las primeras muestras del trabajo del Maestro de Agüero, junto con los relieves del Maestro Leodegarius, en la que puede ser la primera coincidencia de ambos maestros (en lo sucesivo trabajarán juntos en otras obras, destacadamene en Sangüesa).

 

Una de las características de las obras de Leodegarius es el uso de columnas-estatua en la portada, algo infrecuente en esta zona. En San Gil solo se conserva una de las dos columnas que tuvo, y aun ésta parcialmente.

 

La iconografía del programa escultórico es también singular. En el tímpano de la portada, que se aleja completamente de las composiciones tradicionales, se representa un episodio de la vida de San Gil, titular de la iglesia, en el que el santo resulta herido por una flecha con motivo de hallarse una partida de caza tratando de capturar a una cierva que él protegía. El espacio del tímpano se llena, así, de variopintos personajes que van de cacería: un grupo de gentes armadas, espadas en alto, encabezadas por una figura que toca el cuerno, con un frondoso árbol como fondo de la composición. Se supone que en ese grupo aparecen el obispo de Nimes y el propio Carlomagno, que participaron en aquella aventura… Todos se dirigen hacia una zona de maleza representada en el rincón izquierdo, donde se supone que se hallaba la cueva donde vivía el santo anacoreta. Se da, así, la particularidad de que el protagonista de la historia no aparece representado. En sí misma es extraordinaria la dedicación del templo a este santo, muy poco conocido en España.

 

 

Pero pasemos al interior.

 

De haberse concluido habría sido una iglesia grandiosa, pero le falta la mitad de la nave. Al igual que ocurrió en Agüero con la iglesia de Santiago, por la circunstancia que fuera hubo que concluir la iglesia antes de lo previsto y cerrarla de una manera provisional… que resultó definitiva. La portada, que tenía que haber estado a los pies, se encajó dificultosamente en el muro norte: se nota que ése no era su lugar.

 

 

Pese a todo, es un espacio deslumbrante, amplio, magnífico. Su elegancia radica, sobre todo, en la doble serie de arcos ciegos que se desarrolla a todo lo largo de los muros y que van adornados con delicadas molduras y capiteles historiados. El ábside es la parte más bella, y es su cubierta lo que sorprende a los especialistas, pues aun siendo plenamente románica, constituye el primer y tempranísimo paso anunciador del gótico.

 

 

En los relieves tallados en capiteles y frisos de estas arquerías se narran, en la parte baja, más cercana al espectador, los episodios de la vida de Cristo hasta la llegada de las mujeres al Sepulcro, en un recorrido que abarca todo el perímetro del templo. Arriba se esculpieron, en el ábside, los símbolos de los cuatro evangelistas, motivos vegetales y fantásticos, mientras que en los muros laterales aparecen escenas de las vidas de San Gil y de San Ginés. A propósito de este último santo digamos, como anécdota, que tradicionalmente se había pensado que lo que se narraba era la vida de Santa Fe, otra santita francesa… pero gracias a los modernos teleobjetivos pudo verse no sólo que la supuesta Santa Fe llevaba unas pobladas barbas, sino que encima de su figura aparecía una inscripción que dejaba fuera de toda duda la identidad del protagonista: “S[AN]C[T]I GENIESSII”.

 

 

 

Encontramos todavía una peculiaridad más en esta iglesia singular, y es el hecho de que las esculturas y relieves desbordan su marco habitual: cada escena no ocupa un capitel o una cara de un capitel, que es lo común, sino que se extiende a lo largo de dos o incluso tres capiteles, y a veces hasta por los frisos que hay entre ellos. Es el caso, por ejemplo, del relato de la Matanza de los Inocentes, la Resurrección de Lázaro o la Última Cena. Se ha interpretado esta tendencia “expansiva” como otro temprano anuncio de las características propias de la escultura gótica.

 

 

La espectacularidad del espacio de esta iglesia sería sin duda mayor en tiempos pasados, cuando mostrara todo su esplendor la policromía que cubrió los relieves, de la que hoy solo se conservan unas pocas y desvaídas muestras.

 

Dediquemos finalmente, al marchar, un momento a observar las figuras talladas en los canecillos que sostienen el alero del ábside: rostros barbados, figuras fantásticas, monstruos de fauces abiertas que nos enseñan los dientes, arpías… Su presencia tiene un sentido apotropaico, es decir, que sirve para alejar el mal: «De todos esos peligros, terrenales e infernales –parece decirnos la iglesia de San Gil–, te ayudaré a librarte porque los dejo fuera, los mantengo a raya, de aquí no pasarán».

 

 

Fotos: A. García Omedes (www.romanicoaragones.com) y Marisancho Menjón

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