Cementerios judíos de las Cinco Villas

En las religiones mesiánicas la muerte no es el último episodio de la vida sino el paso al más allá, recompensa que da sentido al hecho mismo de la existencia terrenal. El término «casa de la eternidad» (o bet olam; aunque a veces se denomina «casa de la vida» o bet jayim) hace referencia al lugar en el que reposarán los restos del difunto hasta el día del Juicio.

Una de las obligaciones prioritarias de la comunidad judía era la de garantizar un entierro digno para todos sus miembros y, fundamentalmente, a aquellos que no podían costeárselo. Para ello se crearon asociaciones especiales encargadas de los ritos funerarios, llamadas jevrá kadishá. Los orígenes de estas cofradías funerarias en Aragón se remontan al siglo XIII. Entre ellas se incluían la de los cavafuesas o cavadores, la de los portadores del ataúd y la de los bañadores de los muertos.

Antes de producirse el hecho de la muerte, el judío enfermo buscaba el consuelo del rabí, jefe espiritual de la sinagoga, y pedía perdón por sus pecados. La familia, que mostraba una preocupación fundamental por la viuda y los huérfanos, los amigos y compañeros lo visitaban durante la enfermedad. Tras el fallecimiento asistían a las oraciones por el difunto que se celebraban en la sinagoga durante los ocho días siguientes.

 

 

Al agonizante, justo antes de la defunción había que volverle la cara hacia la pared: esta tradición se asocia con la historia del rey Ezequías, que al ver próximo su fallecimiento volvió la cara a la pared para llorar sus pecados; en recompensa, Dios le prolongó la vida quince años más. Una vez que había expirado, un familiar cerraba los ojos al difunto para evitarle la confusión entre el mundo terrenal y el de ultratumba. En este momento se iniciaba la levaiá o acompañamiento, distribuyéndose entre los presentes trocitos de lienzo para las lágrimas. Otra tradición consistía en tirar toda el agua presente en las tinajas y cántaros de la casa, para evitar que el difunto se bañase en ellas o que Azrael, el ángel de la muerte limpiara allí su espada. Azrael forma parte tanto de la tradición islámica como de la judeocristiana; su misión principal es recibir las almas de los muertos y conducirlas para ser juzgadas.

 

 

Las mujeres debían preparar el cuerpo para su paso al más allá, organizando el sepelio convenienemente. Había que lavar el cadáver con agua caliente o templada, afeitarle todo el pelo y el vello y cortarle las uñas, pues según el Talmud son elementos impuros. Después se le introducía una moneda de oro o plata debajo de la lengua, se le amortajaba con un lienzo de lino blanco nuevo, se apoyaba su cabeza en una almohada de tierra virgen, se le colocaban los calzones, una camisa limpia y una capa plegada, más varios amuletos. Se necesitaban unos 20 ó 25 codos (entre 15 y 19 m) de sudario, ya que se vendaba completamente al muerto, incluida la cara, que se cubría con un trapo, especialmente los ojos y la boca. El lienzo era cosido a grandes puntadas.

 

En la mayoría de las inhumaciones localizadas en la provincia de Zaragoza no se ha encontrado ajuar, aunque era normal enterrar al difunto con los objetos más queridos en vida, como anillos, collares, etc.

 

En general, aunque no siempre, cada judería poseía su cementerio o fosar, que se establecía a la par que la aljama. Eran administrados por los adelantados o mucaddecin, figura que ejercía el poder ejecutivo y judicial en la comunidad, y en sus alrededores se cultivaban vides, pues los textos rabínicos establecen que donde hay un sepulcro sólo se pueden cultivar árboles y no sembrar semillas de plantas; los viñedos eran lo habitual y generalmente pertenecían a toda la comunidad o al rabino. En la etapa cristiana, durante los siglos XII y XIII, al ser las comunidades judías propiedad del rey necesitaban su permiso para la instalación de la casa de la eternidad. El testimonio más antiguo de la existencia de una necrópolis hebrea lo ha aportado la hoy desaparecida lápida troncocónica de Uncastillo, fechada en el año 1079.

 

 

El camposanto judío se ubicaba extramuros, al igual que el musulmán, dado que se consideraba impuro. Debía haber una distancia mínima a la aljama de 50 codos (unos 200 m), de modo que el cortejo fúnebre tenía que recorrer normalmente una distancia considerable. Era tradicional en estos cortejos la presencia de las plañideras, mujeres a las que se pagaba por llorar y lamentarse en los funerales; tradicionalmente se asocia esta figura con la desolación que causó al pueblo judío la devastación de Judea. Esta tradición hebraica pasó a otros pueblos y, sobre todo, se conservó entre los griegos y romanos. Hay casos en que se sabe el camino que debía recorrer la comitiva por los topónimos que han perdurado, como el puente de los judíos de Uncastillo. Los cementerios estaban delimitados por una cerca y tenían una puerta, como ha demostrado el dintel localizado en Uncastillo en el que se grabó en hebreo: Ésta es la casa de la eternidad. Posiblemente sea una de las necrópolis más grandes de la provincia: se ha calculado que se conservan unas 150 tumbas intactas en los aterrazamientos de los campos.

 

 

Los cementerios judíos son similares básicamente a los islámicos, pero también a los cristianos, por lo que muchas veces sería difícil diferenciarlos si no fuera por la presencia de elementos materiales distintivos, como la epigrafía de las lápidas o los objetos del ajuar. Las normas para las inhumaciones, como para tantos otros tantos aspectos de la vida cotidiana, se establecen en el Talmud. Los fosares tenían que ubicarse en un terreno virgen, sin cultivar, en una ladera elevada en pendiente, junto a un río y cerca de una cantera para evitar el costoso acarreo de piedras. Por esto último, hay necrópolis judías denominadas El fosal del Cantal, como en Biel, localizada junto al cementerio municipal y circundada por el río Arba; en El Frago, donde se sitúa a orillas del barranco Cervera o en Uncastillo, junto al río Rigel.

 

 

Portaban el féretro las personas más allegadas al difunto. En el camposanto se recitaban salmos y plegarias mientras se realizaba la inhumación. En cuanto a la colocación de los ataúdes, también existen normas. La tumba ocupaba unos 2 m2 y eran excavadas a una profundidad de 1,50 m. Sin embargo, a veces las sepulturas se superponían, como se ha constatado en Uncastillo, sobre todo en momentos de gran mortandad causados por epidemias o altercados contra la comunidad judía. Se han documentado diferentes tipos de enterramiento en Aragón: en panteón o espacio acotado a familias, como en Calatayud; en lucillos o pequeñas bóvedas de ladrillo o adobe que cubrían una fosa, como en Zaragoza; en ataúd de madera trapezoidal cuyas tablas se unen con clavos de hierro, como en Calatayud...

 

En las necrópolis de El Frago y de Biel los sepulcros están excavados en la tierra y contorneados con lajas de piedra o cantos rodados. Su forma suele ser rectangular con tendencia al trapecio, algo más ancha a la altura de la cabeza que en los pies, para facilitar la colocación del cuerpo. Este sistema era el más económico, por lo que se considera que las personas así enterradas eran las que tenían menor poder adquisitivo. En algunas fosas de El Frago se han encontrado clavos de hierro, que indicarían la existencia de una caja de madera. En Biel también se han documentado nichos tallados en la roca arenisca, con orientación este-oeste, que no requerirían ataúd. En cambio en Uncastillo aparecen tanto excavadas directamente en tierra como en la roca, y cubiertas posteriormente por lajas de piedra.

 

Los muertos eran colocados bocarriba, con las piernas estiradas o cruzadas y con los brazos estirados junto al cuerpo o cruzados en el pecho. Se orientaban hacia Israel en la misma inclinación de la ladera, para que cuando sonase el shofar, cuerno que tocará Moisés el día del Juicio Final, pudieran levantarse y caminar directamente hacia Tierra Santa. La sepultura se cubría con la tierra que echaban los asistentes a las exequias, a la vez que se recitaba la oración fúnebre o hésped para el reposo del alma.

 

Las tumbas estaban marcadas con cipos funerarios, piedras talladas en forma de prisma o cuadrangular, generalmente sin inscripción, cuya función no era tanto la de recordar al muerto sino la de marcar la zona de inhumación, lugar impuro que no debía ser pisado. Así ocurre en El Frago, donde se encontraron cipos de unos 37 x 23 cm; además de que no eran muy grandes, en parte estaban enterrados. A veces se marcaban las tumbas con lápidas o piedras de distintos formatos (lajas, estelas) denominadas massevot, algunas de las cuales fueron grabadas con una inscripción. En Aragón, los escasos restos epigráficos que se han localizado generalmente contienen el nombre del difunto y de la familia a la que pertenecía, como la hallada en El Frago, del Rabino Yom Tob, o la de la niña Ester. La lápida de Yom Tob, datada entre los siglos XIV y XV, fue reutilizada como material constructivo para una casa en la calle Mayor, junto al nº 25; la de Ester fue localizada en el fosar y se conserva en el Centro de Interpretación sobre la Palabra que posee esta localidad. También se podían incluir las causas de la muerte y la fecha, como muestra la lápida la del Rabí Meir de Uncastillo, datada en 1079: Esta es la tumba del anciano, el justo y sabio [...] Rabí Meir [...] hijo del honorable Rabí Ya’aqob que murió [...] en el mes de nisán del año 839.


 

 

Las fórmulas funerarias más completas incorporaban la edad del difunto, loas, expresiones litúrgicas y, a veces, la estrella de David o la menorah o candelabro de siete brazos.

 

Con el decreto real de expulsión de los judíos en 1492, todos sus bienes y derechos, incluidas las necrópolis, pasaron a ser propiedad del monarca, que fue cediéndolas luego a los principales acreedores de las aljamas. Las primeras noticias sobre el desmantelamiento de los cementerios hebreos hablan de saqueo, fundamentalmente de los sillares. Posteriormente, tanto instituciones como la Inquisición como diferentes personalidades pugnaron por adquirir los fosares, pero la mayoría de los concejos vetó esas compras. Los reyes, atentos a la liquidación de los bienes comunales de los judíos, se incautaron de los camposantos, concediendo a particulares o instituciones las piedras, que fueron usadas en la construcción de casas y murallas, y dejando los terrenos como dehesas comunes o de uso concejil. Como ejemplo de estas transacciones o confiscaciones se sabe que en 1492 el fosar de Biel fue adquirido de forma ilegal por el justicia de la villa Johan Sánchez, que era, a su vez, comisario de la expulsión de los judíos.

 

 

Fotos: Fundación Uncastillo Centro del Románico, Santiago Cabello (Archivo DPZ) y Marisancho Menjón

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