Maluenda parece un pueblo-fortaleza. Pese a que del viejo castillo islámico no quedan más que ruinas y una alta torre albarrana, su presencia es tan imponente que paseando por el pueblo da la impresión de que sus habitantes estarían, más que protegidos, dominados por él. Fue un enclave defensivo importante en época andalusí, mencionado por las fuentes árabes (como Malūnda) al hablar de las campañas del califa Abderramán III contra Calatayud y el Valle del Ebro en el año 934; y seguramente tomó parte activa en las correrías que asolaron la comarca durante la Guerra de los Dos Pedros, ya a mediados del siglo XIV. Sin embargo, el aspecto militar del conjunto urbano no se debe solo a esta destacada fortaleza, sino que contribuyen, y mucho, a dárselo las tres iglesias mudéjares que posee, dedicadas a San Miguel, Santa María y las Santas Justa y Rufina.

 

Las tres iglesias de Maluenda tienen características comunes: muy probablemente se construyeron reaprovechando edificios anteriores, islámicos; están hechas a base de tapial de yeso; son muy altas y macizas, impresión que se agudiza si nos colocamos ante el muro de los pies, donde se abre la portada principal, cuyos paramentos lisos de tapial solo tienen aberturas en la parte alta, en series de ventanitas. Cuentan, además, con torres de mampostería y ladrillo no muy destacadas y sin embargo llamativas, que en varios aspectos encierran singularidades e incógnitas. Ninguna de las tres responde al arquetipo clásico de las iglesias-fortaleza tan características de la Comunidad de Calatayud, pero sus volúmenes son tan contundentes que dejan claro que lo militar estuvo muy presente en la cabeza de sus constructores. Los estudiosos afirman, por lo demás, que hasta sus antiguos alminares debieron de tener función defensiva.

 

Pero la solidez de sus edificios no debe engañarnos: Maluenda, como todo lugar fronterizo, fue permeable y mixto. Sus cerrados muros pararon tal vez las acometidas bélicas, pero nunca fueron obstáculo para la circulación de ideas y manifestaciones de culturas distintas, desarrolladas por gentes de diferentes credos. Quizá por eso floreció aquí con particular esplendor el arte mudéjar, paradigma de la mezcla de tradiciones e influencias culturales.

 

Para empezar, una iglesia mudéjar es un edificio cristiano construido por gentes que profesan otra religión. Sus torres son campanarios para llamar a la parroquia a la celebración del culto católico, pero tienen la estructura de los alminares musulmanes, aquellos que en su día se alzaron para que el muecín llamase con su voz a la oración en la mezquita. Los muros exteriores de las iglesias mudéjares se decoran con labores de ladrillo de sabor profundamente islámico, y los interiores, enlucidos con yeso, muestran todo el repertorio de motivos ornamentales propios de esa tradición artística incisos en el yeso (agramilados) y pintados de vivos colores: estrellas, lazos de ocho y de seis, arcos lobulados entrecruzados… Se procuran seguir, en ladrillo, las pautas de la arquitectura cristiana, concebida para ser hecha en piedra; y en nada desmerecen las bóvedas de crucería de las naves mudéjares, en perfección y elegancia, a las de la más purista edificación cisterciense.

 

 

Los alarifes (albañiles) moros gozaban de una bien merecida reputación, lo mismo que los fusteros (carpinteros), que dominaban el arte de trabajar la madera: conservamos en la provincia de Zaragoza verdaderas joyas de la carpintería de armar mudéjar, tanto para cubiertas de pequeños espacios (capillas) como techos planos (alfarjes) para soportes de coros en alto; y en algunos de ellos encontramos la muestra más significativa de la mezcla de culturas, tradiciones y creencias que es la esencia del mudéjar. Una de ellas está en el alfarje que sostiene el coro de la iglesia de Santa María de Maluenda, preciosa obra de Yusuf o Yuçaf Adolmalih.

 

 

 

Un puzzle de tablas encaja a la perfección combinando jácenas (vigas mayores de pared a pared) y jaldetas (piezas de menor tamaño que se disponen sobre las anteriores) para componer un delicado trabajo de “carpintería de lo blanco”, como se denominaba a este tipo de cubiertas. Es una pieza verdaderamente suntuosa, tanto de labra de la madera como de decoración pintada, a base de motivos vegetales y heráldicos, principalmente. Pero también caligráficos. La escritura fue siempre, en el arte islámico, un recurso ornamental de primer orden, pues la grafía árabe se presta especialmente a ello: con sus caracteres curvilíneos enlazados y las infinitas posibilidades que ofrecen de ser trazados, es una de las artes principales del Islam. Con la caligrafía se han compuesto cenefas decorativas, y hasta paneles enteros, en todas las manifestaciones artísticas de esta cultura, desde edificios hasta cerámicas, pasando por las telas y tapices, los marfiles…

 

 

 

Y así siguió siendo en el arte mudéjar, donde, una vez más, convivió con la caligrafía latina y compartió espacio con ella. Para darnos cuenta de hasta qué punto convivió, basta saber que el alfarje del coro de la iglesia de Santa María de Maluenda va rodeado, en su base, por una de estas cenefas decorativas compuestas con los caracteres de la escritura cúfica; unos caracteres que no están puestos aleatoriamente, sino que encierran un mensaje muy claro y directo, nada más y nada menos que la profesión de fe fundamental para todo musulmán:

 

«No hay más Dios que Dios, Mahoma es el profeta de Dios. No hay sino Dios».

 

 

Teniendo en cuenta que en árabe «Dios» y «Alá» son una misma palabra, podría pensarse que el maestro que plasmó aquí esas palabras cometió una osadía, dejando la manifestación de su credo, distinto al cristiano y sometido en esos momentos en Aragón (estamos frisando el siglo XV cuando se realiza esta obra), bien clara y desafiante en el interior de un templo perteneciente a la religión dominadora. Pero precisamente por esa identificación de palabras cabe pensar, también, que al fin y al cabo tanto el musulmán como el judío o el cristiano creen en un único Dios omnipotente, creador de cielo y tierra, dador de vida, que juzgará a vivos y muertos al final de los tiempos… y que el maestro que trabajó en el coro de Maluenda pudo considerar que, para adorarle y ensalzar su nombre, podía valer igual una oración musulmana, si Dios era el mismo aunque fuera distinta la fe.

 

Junto a esa inscripción árabe figura otra, en caracteres latinos, donde quedó plasmado, para la posteridad, el nombre del maestro que labró tan hermosa pieza de arte, que como vemos no solo es un mero trabajo de carpintería: se llamaba Yuçaf Adolmalih y era aragonés.

 

Fotografías: Santiago Cabello y Ecelan

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