Zuera, en el curso bajo del río Gállego y muy próxima a Zaragoza, es un municipio habitado desde la Edad del Bronce. El topónimo es origen árabe y significa «peña pequeña». Debió de adquirir cierta importancia en época romana, como documenta la presencia de villae en esta fértil vega, así como el hallazgo de restos de mosaicos, esculturas, cerámica, etc. Destaca el ara votiva dedicada a Esculapio, del siglo I d. C, que se conserva en el Museo de Zaragoza. Sin que se haya podido constatar de manera fehaciente, se asimila Zuera a la Gallicum citada en el Itinerario de Antonino.

Las villae romanas darían lugar a las alquerías árabes, es decir, a pequeñas comunidades rurales situadas cerca de las ciudades, a las que abastecían con sus productos agrícolas y ganaderos. Estas alquerías se distribuían en distritos agrícolas, alguno de los cuales alcanzó gran importancia: entre ellos, el del río Gállego.

Las crónicas musulmanas aluden reiteradamente a las excelentes condiciones agrícolas del territorio aragonés, a las buenas cosechas que proporcionaba y a la abundancia de mercancías en los zocos de las medinas. Se sabe por los geógrafos árabes, fundamentalmente, que la explotación de la tierra era intensiva, con huertas y vergeles en los que se cultivaban hortalizas, árboles frutales, vid, olivo, moreras, etc.

 

Los musulmanes desarrollaron técnicas que posibilitaron la prospección, captación, elevación, almacenamiento, distribución y uso del agua para atender las necesidades de estos cultivos. Pusieron en marcha nuevos regadíos y renovaron los sistemas de irrigación romanos que llevaban siglos en completo abandono. Las viejas acequias, presas y azudes volvieron a funcionar, se establecieron nuevos y organizados métodos para el riego y se reguló el aprovechamiento del agua, dictando una serie de disposiciones que perdurarían tras la conquista cristiana, a veces prácticamente hasta la actualidad.

 

 

Para la distribución del agua se desarrollaron complejas y extensas redes de acequias subdivididas en conducciones menores, en estructura arborescente, hasta llegar a cada uno de los predios y alcanzar así grandes extensiones de regadío intensivo. Además de las canalizaciones o acequias se construyeron azudes o presas, así como distintas conducciones que aprovechaban los desniveles del suelo, y norias y acueductos para su elevación y transporte.

 

El Arco de la Mora es el resto más visible de un acueducto islámico levantado a mediados del siglo XI, que no llegó a terminarse. Esta obra de ingeniería hidráulica fue un intento de construir una gran acequia, para lo que fue preciso salvar un barranco y excavar galerías que permitieran transportar el agua por el interior de la montaña. El barranco fue superado a través de un puente con un gran arco ojival central y dos pequeñas bóvedas laterales, cuya función no fue sólo canalizar el agua sino también controlar la que bajaba por la val, ejerciendo una función protectora contra las avenidas torrenciales.

 

 

Este proyecto de gran canalización pretendía llevar a una cota superior el agua, para lo que se la toma se situó en la acequia de Candevanía, una de las dos acequias más importantes de Zuera, continuándose su recorrido. Aunque siempre se ha considerado que es una obra medieval, las últimas restauraciones realizadas en esta obra han descubierto elementos romanos: dos arcos y tramos de cuidada sillería. Esta canalización debía atender las necesidades de una villa romana, localizada en el yacimiento de La Recueja.

 

A pesar de que es una obra inacabada esto no implicó su abandono, ya que fue reconvertida en acequia, como ocurrió con otros muchos elementos romanos.

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ)

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