La presencia de población judía en Tarazona se suele fechar en el periodo visigodo, pero debió de existir un núcleo hebreo ya en época romana. La importancia y poder de esta comunidad se afianzaron en la etapa musulmana, aunque parte de la población se trasladó a la nueva medina de Tudela en el siglo IX. Sin embargo, poco se sabe de los judíos hasta el periodo cristiano, cuando pasan a ser muy abundantes las noticias en las fuentes escritas.

Tras la conquista cristiana de la ciudad, en 1119, no se obligó a los hebreos a trasladar su residencia extramuros, como ocurrió con los musulmanes, de forma que mantuvieron su ubicación junto al castillo, es decir, junto al símbolo del poder político.

En el siglo XIII, durante la llamada Edad de Oro del judaísmo hispano, la judería de Tarazona vive una etapa floreciente, como demuestra el hecho de que un hebreo, Moshé de Portella, fuera protegido por el rey aragonés, alcanzara el cargo de baile no sólo de la aljama sino también de la ciudad y de otras urbes como Sagunto, y se convirtiera en una pieza clave para las finanzas del reino.

Los tiempos de bonanza para la judería de Tarazona terminaron a mediados del siglo XIV, en una etapa crítica marcada por circunstancias adversas como la peste negra, las malas cosechas, el saqueo de la ciudad por los castellanos, etc. Se sabe que a finales del siglo XIV había en Tarazona 52 hogares judíos, lo que correspondería a unas 225 personas, el equivalente al 15% de la población.

 

Los judíos estaban protegidos por el Concejo de la ciudad a través de la «guarda de la judería»: son unas capitulaciones firmadas a finales del siglo XIV mediante las que el Concejo aseguraba la defensa de la comunidad hebrea, la vigencia de sus derechos forales y la presunción de inocencia; todo ello previo pago de 200 sueldos anuales para la reconstrucción de la ciudad.

 

A finales del XV el clima de tolerancia comenzó a sufrir altibajos, debido sobre todo a la presencia del Tribunal de la Inquisición en el Palacio Episcopal. Con la orden de expulsión de los judíos en 1492, las comunidades se dispersaron por el ámbito mediterráneo, aunque aproximadamente el 45% se convirtió al cristianismo para no dejar su tierra.

   

La comunidad hebrea ocupaba el barrio judío que conformaba un espacio diferenciado no solo por su religión sino también porque contaba con sus propias leyes (fundamentalmente, las normas bíblicas y talmúdicas, las ordinaciones o secanas de contenido jurídico, los reglamentos locales o taqqanot y los privilegios o concesiones reales). Las juderías se configuraron a finales del siglo XIII. Estaban delimitadas por muros con sus correspondientes puertas, lo que contribuía a reafirmar la identidad de la comunidad, pero también garantizaba su seguridad en caso de peligro o alteraciones del orden, como las que tuvieron lugar en Tarazona en 1391.La ciudad contaba con dos aljamas, la vieja y la nueva, que estaban bajo protección del monarca al ser patrimonio real de la Corona, ya que tanto judíos como musulmanes eran considerados propiedad del rey desde Jaime I (1208-1276).

 

 

La judería vieja se asentaba a los pies de la Zuda musulmana, acotada por la barbacana y las casas colgadas, la acequia de Selcos, el mercado y la Puerta del Burgo. Era un espacio cerrado para cuyo acceso disponía de tres puertas o trenques: la Nueva, la de la Zuda y la Porticiella, desde la que se cruzaba el puente sobre la acequia de Selcos para comunicar con la morería.

 

Las juderías dan sensación de ofrecer un urbanismo un tanto caótico; sin embargo, siguen una disposición orgánica y jerarquizada. Las calles principales comunicaban el centro de la aljama con las puertas de la muralla exterior. En torno a ellas se ubicaban los edificios principales, como la sinagoga. Las calles transversales y secundarias creaban, junto con las principales, un barrio en retícula. Y finalmente estaban los callizos privados y adarves. Las calles más pequeñas, de acceso a las viviendas, debían tener al menos dos codos (unos 90 cm) de separación, como ocurre en la actual calle de la Judería o en el callejón cubierto entre ésta y la Rúa Alta, anchura que permitía el paso de la luz y la ventilación pero impedía fisgonear al vecino. Las carreras públicas medirían siete codos para permitir el paso de carros. El área comercial, compuesta por unas diez tiendas, se situaba en torno a la Plaza de la Mata, y las carnicerías en los alrededores de la Parroquia de Santa Cruz. En la Rúa Alta se concentraba la elite cultural y económica, mientras que en la calle de la Judería se asentaron los artesanos más modestos.

 

Tarazona poseía una Sinagoga Mayor en la parte vieja, posiblemente en el lugar que hoy ocupa la Casa de Bécquer, y otra Menor de la que no se tienen apenas noticias. Estos edificios servían no sólo para las celebraciones religiosas sino también como centros de estudio y de reunión de la comunidad. Las sinagogas no tienen una tipología fija, pero siguen unas reglas funcionales marcadas por los textos sagrados. De nave única, están inspiradas en la vivienda tradicional hebrea. No suelen tener casi decoración y desde luego ésta no es figurativa, ya que el judaísmo no lo permite. Los espacios fundamentales en una sinagoga son el arca donde se custodian los rollos sagrados de la comunidad y el bimah o púlpito donde se recita la Toráh o rollos de la Ley hebrea.

La Sinagoga Mayor de Tarazona sufrió un incendio en la segunda mitad del siglo XIV y tuvo que ser reconstruida. Constaba de una sola nave, orientada hacia el este, a Jerusalén, a la que se accedía por un patio o azara. De este edificio se conserva una galería de ventanas, ahora cegadas. Estaba cubierta con techumbre de madera a doble vertiente. Contaba con un espacio reservado a las mujeres y otro a los indigentes.

 

En la Plaza de los Arcedianos, cuando su explanada era más grande que la actual, se celebraba el Sukkot o Pascua de las Cabañuelas, fiesta que conmemoraba el paso de los judíos por el desierto tras su salida de Egipto. Durante una semana se instalaban tiendas bajo techumbres de hojas y ramas en las que pernoctaban los hombres, y se organizaba un banquete a base de tortas, turradillos, frutos secos y vino, amenizado con juglares y tamborinos.

 

Otro elemento característico en las juderías era el baño o miqweh, en el que se realizaba la inmersión ritual. No se conocen restos de estas instalaciones en Tarazona, pero tuvieron que estar situadas en las cercanías de la sinagoga y de la acequia de Selcos, ya que necesitaban agua corriente permanente.

 

Las casas judías se articulan hacia el interior, a través de un patio vecinal. Se construyen en ladrillo, a veces enlucido con cal. En general, presentan una forma irregular y poseen fachadas estrechas. Se abastecían de agua mediante pozos artesianos o cisternas. Si la casa era de un artesano o comerciante, en la planta inferior se instalaba el taller o almacén. El edificio se articulaba en tres niveles, un sótano y dos alturas más la falsa o desván, que servía de granero, y el corral o huerto en la parte posterior, con funciones de medianil. Las más lujosas y completas eran las casas nobles: en Tarazona se puede mencionar la Casa de los Casanate, judeoconversos, en cuyo patio interior existen unos capiteles que semejan un menorah (lámpara de siete brazos), y el palacio renacentista de los Santa Fe, primera familia de mercaderes conversos que alcanzó el estatus nobiliario.

 

 

La mayoría hebrea se dedicaba al comercio y al artesanado, fundamentalmente textil, del metal (eran famosos los orfebres y plateros) y de curtidurías. Destaca la presencia en Tarazona de cuatro físicos o médicos judíos, algunos muy famosos como el rabino Shem Tob, activo en el siglo XIV, de origen tudelano; se le conoce también por la disputa que entabló en Pamplona con el cardenal Pedro de Luna, futuro Benedicto XIII. La aljama tuvo una importante vida cultural, cuyo mayor exponente fue la creación de un centro de traducción del árabe al latín: su trabajo, iniciado en época musulmana, se centró en materias como la astronomía, las matemáticas, la alquimia y la astrología. Se conserva un importante legado de códices hebreos en el Archivo Capitular de Tarazona.

 

El desarrollo de actividades insalubres, como las curtidurías, obligaba a instalar los talleres a un mínimo de 50 codos del área residencial (unos 225 m). Por otro lado, a principios del siglo XV el rey obligó a la comunidad judía a tener su propio macelo o carnicería, donde se sacrificaba al ganado de la manera prescrita en la Torah para obtener la carne kasher, única que puede consumir quien profesa la religión judía; y el único sitio disponible para ello se hallaba extramuros, en la actual Plaza de Nuestra Señora, que estaba protegida por una barbacana.

 

 

Hacia mediados del siglo XIV comenzó a crecer la población, que alcanzó a tener 400 vecinos. Se optó entonces por ocupar el espacio disponible entre la antigua aljama y el mercado creando la Judería Nueva, que ya no tenía muro que la delimitara y protegiera. Desde la zona cristiana se accedía por el Arco de Santa Ana, a través de un sistema de doble cierre en puerta y arco. En el extremo opuesto, junto a la plaza, se abría otra puerta.

 La autonomía de la aljama judía se manifiesta en el nombramiento del baile. Se Con sus propias autoridades basadas en la Toráh y el Talmud, se componía de una asamblea, el Consejo y los adelantados. La asamblea, en la que estaban representadas todas las fuerzas sociales de la comunidad, era el órgano legislativo y deliberativo y estaba presidida por un albedín, representante legal de la comunidad ante los pleitos y quien se ocupaba de la observancia de las secanas u ordinaciones. El Consejo estaba compuesto por nueve miembros, tres por cada estamento social o “manos”, con mandato anual, y se relacionaban con el Rab de la Corte o representante del rey. Finalmente, los adelantados o mucaddecin tenían el poder ejecutivo y judicial, para lo que se les exigía que conocieran la ley talmúdica y que vivieran con honestidad.

 

A finales del siglo XIV algunos hebreos se instalaron en las parroquias de San Jaime y Santa Cruz, el barrio de Cuchilleros y de la Puent y, finalmente, la Plaza Nueva, donde la mayoría eran conversos. Pero pronto la ciudad, principalmente la Iglesia y la baja nobleza, frenaron esta iniciativa.

 

Otro elemento de la aljama, pero alejado del resto de inmuebles y extramuros de la ciudad, es el cementerio o fosar, que ocuparía el espacio de la antigua fosforera y el Convento del Carmen. Era propiedad de la aljama y estaba limitado por una cerca. Se situaba en terreno inculto, ya que se consideraba que las tumbas eran elementos impuros. A veces se marcaba el emplazamiento de estas últimas con una piedra tallada en forma prismática, sin inscripción.

 

Fotos: Santiago Cabello y Ricardo Vila (Archivo DPZ)

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