Viviendas-cueva de Salillas de Jalón

En  toda la Depresión del Ebro predominan los terrenos de yesos y materiales calcáreos, que a menudo forman ‘muelas’ o pequeñas elevaciones llanas en la parte superior. Esta disposición, junto con el hecho de que sus materiales son  impermeables y bastante fáciles de trabajar, han permitido desde antiguo que en muchos de los pueblos de esta zona se habilitaran en su interior viviendas rupestres, las llamadas ‘casas cueva’.

Son construcciones muy abundantes en los pueblos de la ribera del Jalón, donde llegan a constituir barrios enteros, como se puede observar en Épila, Bardallur o Rueda, por citar sólo tres ejemplos; pero también en muchos otros pueblos de la margen izquierda del Ebro, como Tauste, Remolinos o Juslibol.

Las de Salillas poseen unas características especiales que vamos a conocer.

Lo habitual es que las viviendas se excaven en la ladera o frente de una elevación montañosa, horadando su interior: así, por lo general la luz penetra únicamente a través de los vanos que se abren en la ‘fachada’, de donde viene también la ventilación, por lo que no pueden ser muy profundas. Su distribución típica consiste en una sucesión de dependencias que se comunican en línea, una detrás de la otra y al exterior sobresale únicamente la imprescindible chimenea.

 

 

Son viviendas muy sencillas, de techos bajos y estancias no demasiado espaciosas aunque suficientes, sobre todo en épocas pasadas, cuando las exigencias de alojamiento eran menos complejas que las actuales. Viviendas sin tejados, paredes de roca o de conglomerado de tierra, apenas puertas ni ventanas, pocas habitaciones, rudimentarios sistemas de evacuación de aguas. Eso sí, estas casas poseen una ventaja esencial, y es su condición isoterma: mantienen de manera natural una temperatura constante durante todo el año, por lo que resultan cálidas en invierno y frescas en verano, sin necesidad de sistemas artificiales de calefacción o refrigeración.

 

 

Las ‘casas cueva’ de Salillas son diferentes: aquí no hay montes que horadar, sólo suaves colinas cuya elevación apenas es perceptible en el terreno. De modo que la mayor parte de las viviendas que de este tipo existen en el pueblo (unas sesenta, formando un barrio en la parte norte del casco urbano, junto a las vías del tren) tuvieron que ser excavadas bajo tierra, no agujereadas en el monte, y eso las singulariza de las que son habituales en el valle del Ebro.

 

Para construir una de estas viviendas, era necesario en primer lugar excavar en vertical, en hondo, una gran cantidad de terreno para disponer el acceso, con una puerta a la que se llega mediante rampas o escaleras. Una vez hecha esta parte, que es la fachada, la vivienda se habilita siguiendo el mismo procedimiento que en cualquier otra ‘casa cueva’ de las que existen en la zona, esto es, sacando habitaciones a base de quitar la tierra. Las habitaciones se suceden una junto a otra, de una manera un tanto caótica que parece no responder a una planificación previa.

 

 

Pero las casas de Salillas tienen aún otro elemento que las diferencia del modelo más habitual, y es que cuentan en la parte trasera con un patio de luces o corral, más o menos amplio, abierto por la parte superior y al que dan las habitaciones del fondo. De esta manera se consigue una mayor iluminación y mejor ventilación de las estancias de la casa, pues les entra luz y aire tanto por delante como por detrás. En cada vivienda se colocaba, además, una chimenea para el hogar que salía por la parte alta al exterior.

 

 

Las paredes de todas las habitaciones se encalaban, por dos motivos: uno, para dar mayor luminosidad a la casa, y otro, como medida higiénica. En origen, los suelos serían de tierra apisonada, salvo algunas zonas de enlosado de piedra, generalmente donde había paso de animales.

 

Al exterior, el resultado es sorprendente: por el lado de la calle hay una sucesión de fachadas en hondo, por debajo del nivel del suelo, encaladas, a las que se llega mediante una rampa; por la parte superior de la colina, donde deberían estar los techos, se puede pasear e incluso acceder en coche sin temor a derrumbamientos, aun a sabiendas de que, debajo, el interior de la tierra es hueco. Son viviendas rudimentarias, pero pefectamente sólidas. La profundidad de la excavación para hacer una casa alcanzaba, por término medio, unos 4 m, dos para dedicarlos a vivienda y los otros dos para dejar una zona suficiente de tierra compacta por encima, que garantizara que no se iban a producir derrumbamientos ni filtraciones.

 

 

En la zona superior de las casas, que está a piso llano, solo hay dos elementos que delatan la presencia de viviendas debajo de nuestros pies: una sucesión de pequeños muretes que delimitan el espacio de los patios interiores, que quedan en hondo como si fueran pozos; y las estructuras de las gruesas chimeneas, que parecen pequeñas torretas encaladas, salpicando el terreno aquí y allá.

 

 

Por el interior, estas casas suelen ser más amplias que las excavadas en ladera y también más luminosas, gracias a sus patios traseros. La mayoría de ellas tienen los techos abovedados, lo que les confiere una mayor estabilidad.

 

 

 

 

Su construcción era tremendamente costosa, por la dureza que supone el trabajo de excavar el terreno a pico y pala y acarrear fuera todo el material que se extrae, operación que hay que suponer que se haría en casi todos los casos a capaceo o espuertas, pues la gran mayoría de estas viviendas tiene varios siglos de antigüedad.

 

Si en otro tiempo sus moradores tuvieron que bregar con muchas incomodidades, como fueron la lucha contra las inundaciones que ocasionaban las lluvias en los patios, o la falta de redes de agua y saneamiento, hoy estas dificultades ya no existen, pues hace ya unos años que todas cuentan con los mismos servicios de aguas, electricidad, servicio telefónico y recogida de basuras que el resto de las viviendas del pueblo.

 

 

Cuando se visita la zona por primera vez, se tiene la impresión de estar en algún pueblo del Magreb. Probablemente no es una sensación equivocada, pues el origen de este tipo de habitación troglodita probablemente se remonta a la época de la dominación islámica, que en estas tierras del valle del Jalón fue muy intensa y no se dio solo entre los siglos VIII y XII, sino que se se prolongó tras la reconquista todavía durante cinco siglos más, pues la población de toda esta zona estuvo compuesta casi íntegramente por moriscos. De hecho, para encontrar casas parecidas a estas de Salillas hay que acudir hasta Crevillente, en Alicante, o ya directamente a Túnez.

 

 

Se trata, en definitiva, de una perfecta adaptación al entorno y de un hábil método de aprovechamiento de las posibilidades que ofrece, lo que demuestra no sólo una gran sabiduría a la hora de hacerse viviendas cómodas y seguras en tiempos difíciles, sino un gran nivel en conocimientos de ingeniería en plena Edad Media que, por su validez, han mantenido su vigencia hasta la actualidad. De hecho, la documentación conservada en los ayuntamientos de la comarca evidencia la construcción de algunas de ellas durante el siglo XIX.

 

Hoy, la mayoría de estas casas cueva están rehabilitadas, tienen todas las comodidades que demanda el modo de vida actual y son apreciadísimas por los vecinos, pues además son viviendas naturalmente ecológicas y muy económicas en cuanto al mantenimiento.

 

Fotos y planos: Sergio Aurensanz Campo

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