El río Piedra, que da nombre al Monasterio y a su Parque, tiene vocación teatral. En su tramo medio esconde un tesoro cuya existencia es imposible de adivinar: un paisaje estepario lo circunda todo, no deja prever que ahí mismo, en una profunda hendidura abierta por el río con su discurrir de siglos, hay una maravilla natural de vegetación, juegos de agua, cascadas, grutas y lagos de cristal. Es la magnífica sorpresa que nos reserva el Piedra, brillante y efectista, como preparada por el mejor escenógrafo.

Aún en la zona árida, fuera de ese vergel pero custodiándolo como fiel guardián, se encuentra el viejo monasterio cisterciense que durante más de seiscientos años dio vida y sentido a ese lugar. En parte convertido en hotel, en parte vivienda, en parte ruinas, sus venerables edificios guardan aún muchas historias que merece la pena conocer.

Por ejemplo, ¿cuánta gente sabe que entre sus muros se elaboró chocolate por primera vez en Europa? Un monje procedente de Piedra, fray Jerónimo de Aguilar, envió desde América aquel exótico producto denominado cacao con la receta para preparar una estimulante bebida que los aztecas llamaban xocolatl. Pero aquella bebida era amarga y no agradó demasiado a los monjes de Piedra, que la mejoraron añadiéndole azúcar…

 

Antes de la llegada de los monjes del Císter había aquí, en lo alto de una colina al otro lado del río, un pequeño recinto defensivo musulmán llamado «Piedra Vieja». Su posición era estratégica, junto a una de las vías que comunicaban la capital del Ebro con la Meseta y a la confluencia de tres ríos: el Piedra, el Mesa y el Ortiz. Conquistado este enclave por los aragoneses, el rey Alfonso II lo donó en 1194 a la Orden cisterciense y ese mismo año partieron doce monjes de Poblet junto con un abad, Gaufrido, a fundar allí un monasterio.

 

Antiguas dependencias monásticas, hoy hospedería

 

Enseguida se iniciaron las obras, para las que se aprovecharían los sillares del viejo castillo musulmán, que fue donde se instalaron provisionalmente los monjes de Poblet. Los trabajos concluyeron, al menos en lo más básico (seguramente, la cabecera de la iglesia hasta el presbiterio, el claustro, dormitorio y refectorio), en 1218, fecha en la que se data el traslado de la comunidad monástica a su nuevo emplazamiento.

 

Recién acabada la reconquista de la zona a los musulmanes, era importante iniciar una tarea colonizadora que pusiera en cultivo tierras, asentara y atrajera población; para eso es para lo que el monarca aragonés reclamó la presencia de los monjes blancos y les dio numerosos derechos y rentas. El paraje era perfecto para instalar una comunidad cisterciense: como habían ordenado los fundadores de la Orden, los monasterios habían de buscar lugares despoblados, recónditos y próximos a un curso de agua. El rey de Aragón necesitaba, además, dejar los territorios nuevamente reconquistados bajo una autoridad cristiana, papel que cumplieron asimismo los monjes, pues se convirtieron en auténticos señores temporales de los que dependieron durante siglos las localidades de su entorno.

 

Aunque el de Piedra no fue uno de los monasterios más ricos de la Orden, como consta por las quejas que sus abades presentaron varias veces sobre su precaria situación, tampoco debieron de ser escasos sus recursos, derivados del cultivo de sus propias tierras –organizadas, al modo característico del Císter, en granjas– y de los tributos que estaban obligados a pagar los pueblos que dependían de él. No debieron de serlo, decimos, a juzgar por la magnificencia de los edificios que aquel puñado de monjes fueron capaces de levantar: una iglesia de tres naves y grandes proporciones, más un claustro amplio alrededor del cual se dispusieron la sala capitular, el refectorio, la cocina, la biblioteca, el dormitorio y el resto de las dependencias monásticas, siguiendo en todo punto las normas cistercienses. Prima la austeridad en la decoración, desde luego, pero también una concepción arquitectónica de intachable pureza de líneas que en muchos detalles anuncia ya el gótico, dada la fecha de su erección, ya en pleno siglo XIII. También se construyó un espléndido palacio abacial, aunque en época barroca fue sustituido por el actual, que hoy es hotel; las columnas que se ven en su fachada, superpuestas en tres alturas, probablemente formaron parte del edificio primitivo.

 

Fachada de la actual hospedería

 

Claustro

 

Hoy queda poco del esplendor que alcanzó Piedra en la Edad Media y en las épocas renacentista y barroca. Piedra remontó periodos muy difíciles, entre ellos la Guerra de los Dos Pedros o, peor aún, la de la Independencia; pero sucumbió ante un papel sellado que contenía un Real Decreto: el de la Desamortización de Mendizábal de 1836.

 

Exclaustrados los monjes, siguieron años de expolio y ruina. Del paradero de su rico patrimonio litúrgico apenas se sabe nada, exceptuando algunas tallas y retablos que fueron trasladadas a los pueblos cercanos (Ibdes, Monterde, Nuévalos) y un impresionante relicario, pieza incomparable del arte gótico-mudéjar que un ministro de la época regaló a la Real Academia de la Historia, institución que la guarda como su principal joya.

 

Reproducción del relicario conservado en la Real Academia de la Historia

 

Entre 1844 y 1849 las propiedades del monasterio fueron cedidas en subasta a Jaime Muntadas Campeny, industrial barcelonés afincado en Zaragoza. Su hijo mayor, José Federico, no quiso seguir la tradición empresarial de la familia; se instaló en el antiguo palacio abacial y se dedicó por entero a poner en valor aquel paraje para su explotación turística. Fue él quien reconoció las posibilidades que encerraba el dédalo de corrientes de agua, grutas y cascadas que dibuja allí el río Piedra, quien descubrió algunas de sus maravillas y quien convirtió el conjunto en un parque, con caminos, veredas y escaleras que lo hacen accesible.

 

Hoy ese parque es uno de los lugares más visitados de Aragón. Famoso por su belleza, ha eclipsado al monumento cisterciense instalado junto a él hace ochocientos años. La recuperación de sus edificios es muy reciente; y si algunos de sus espacios, señaladamente la iglesia, siguen estando en ruinas, son unas ruinas venerables que forman una romántica estampa, están cuidadas, son visitables y resultan tan atractivas que muchas parejas eligen ese templo que solo cubre el cielo para celebrar su boda.

 

Cabecera de la iglesia del monasterio, con una de las capillas barrocas

 

El resto de las dependencias monásticas ha tenido mejor fortuna que la iglesia. El sencillo claustro, por ejemplo, conserva su personalidad y encanto, lo mismo que la sala capitular, comunicada con el claustro mediante una triple portada en arco decorada a base de labores en zigzag, rosetones y puntas de diamante. El antiguo refectorio se ha habilitado como espacio para celebraciones, la magnífica escalera renacentista vuelve a lucir su monumentalidad, el perímetro de la muralla con sus torres luce espléndido (en particular, su bonita Torre del Homenaje, que aún conserva un matacán) y hasta las reformas barrocas que ocultaron algunas estancias y capillas están consolidadas.

 

Zona de acceso a las antiguas dependencias monásticas

 

Desde el llamado «Mirador del Poeta», pequeño edificio anexo a las galerías del palacio abacial, cuya balconada se asoma al cortado de roca tallado por el río Piedra, hay una magnífica panorámica del parque; pero es mejor bajar y recorrerlo. El lugar es impresionante, puro deleite para los sentidos. Por las veredas de un bosque frondoso se van recorriendo los macizos calcáreos modelados por el agua, que ha abierto en ellos oquedades tan espectaculares como la Gruta Iris, situada detrás de la cascada denominada Cola de Caballo, de más de 50 m de altura. Los parajes más famosos son, además de estos, el Lago del Espejo, la Cascada Trinidad, el Baño de Diana, el Vergel, Los Chorreaderos y la Cascada Caprichosa. Pero cada visitante tiene su rincón preferido: hay muchos donde elegir en un recorrido delicioso que dura más de dos horas.

 

Declarado «Paraje Pintoresco» en 1945, el parque forma parte actualmente de la Red de Espacios Protegidos de Aragón.

 

Parque del Monasterio de Piedra

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ) y A. García Omedes

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