Casi oculto pero junto a un río: así se encuentra el Monasterio de Nuestra Señora de Rueda, como era habitual en los cenobios cistercienses. Alejado de las aglomeraciones urbanas y grandes vías de comunicación pero en una zona estratégica para la explotación agrícola, pues esa era, además de la oración, su tarea fundamental.

Antes de establecerse entre los profundos meandros que dibuja el Ebro en este tramo, la orden del Císter había impulsado otras fundaciones que resultaron efímeras: las del Salz y Juncería, junto al Gállego, y las de Lagata y Samper del Salz, junto al Aguasvivas, para recalar finalmente, gracias a una donación hecha en 1182 por rey Alfonso II, en un amplio y fértil terreno entre Sástago y Escatrón. Allí se inició en 1202 la construcción del que acabaría siendo uno de los monasterios más importantes del reino, cabeza de un amplio señorío eclesiástico y extraordinario monumento cisterciense.

 

Sus edificios son de piedra, pero Rueda es tierra y agua. Situado tan a la orilla del río que casi lo besa, debe su nombre a la gran rueda de la noria que elevaba el agua desde el cauce hasta las huertas, fertilizaba los campos y singularizaba la fisonomía del conjunto monástico. Esa noria no fue ni mucho menos la única obra hidráulica que los monjes construyeron, pues en diversos puntos del cauce del Ebro y en las localidades que rodean el cenobio se hicieron azudes, acequias, acueductos, norias, molinos y almazaras en un impresionante conjunto de ingeniería hidráulica que, en parte, todavía se halla en uso.

 

Rueda también tuvo una barca de paso que la comunicaba con Escatrón, en la otra orilla del río, y desde allí con el resto de sus dominios; pues se daba el caso de que todas las poblaciones y prácticamente todas las tierras que pertenecían a Rueda estaban en la margen derecha del Ebro, y solo el monasterio mismo se hallaba en la izquierda. Cabeza del señorío y tan estrechamente vinculado a él, se encontraba sin embargo físicamente separado de sus vasallos.

 

El recinto monástico también es un lugar aislado en sí mismo, recogido hacia adentro, por una decidida voluntad de apartamiento que desde luego convenía a la dedicación espiritual e intelectual de los monjes blancos (los de la Orden del Císter, llamados así por el color de su hábito). Rueda sigue en su estructura arquitectónica las pautas básicas que caracterizan a todo monasterio cisterciense, con su iglesia conventual y un claustro abierto que actúa como distribuidor del resto de las dependencias conventuales: sala capitular, el refectorio o comedor, la cocina, el scriptorium o biblioteca, los dormitorios… En su configuración estética también guarda las normas que en su día había marcado San Bernardo: mandan la solidez, la austeridad y la simplicidad de líneas, si bien aquí, tal vez porque hacía mucho que había muerto el santo, se cedió un poco en el rigor de sus preceptos y se dieron ciertas concesiones a lo escultórico y ornamental.

 

Capitel tallado del claustro

 

Afortunadamente, podemos entrar y comprobarlo. Afortunadamente, sí, porque estuvimos a punto de perder este magnífico monumento para siempre: durante los siglos XIX y XX el abandono y la ruina se cebaron en este monasterio. Por el decreto desamortizador de Mendizábal (1836), Rueda quedó vacío. Nuevos ricos que vivían lejos compraron las tierras y molinos pero los edificios monásticos no eran productivos, así que se usaron para encerrar ganado. Las piedras venerables se desmoronaban sin remedio.

 

En los años 70 del pasado siglo, los vecinos de los pueblos cercanos comenzaron a llamar la atención sobre la situación deplorable de esta joya medieval y a reclamar que las administraciones rehabilitaran el conjunto. Y lo consiguieron. Después de largos años de cuidadoso trabajo, en 2003 Rueda abrió sus puertas: la parte más antigua, los edificios propiamente conventuales, pueden visitarse por el público mientras que el palacio abacial, del siglo XVI, ha sido convertido en hospedería.

 

Torre mudéjar, desde el claustro

 

Rueda guarda muchas sorpresas y tiene una nítida personalidad: ambas cosas, junto a la belleza del conjunto, son las que confieren a este monasterio su poderoso atractivo. La primera sorpresa es el emplazamiento, un oasis de verdor y huerta en la franja estrecha que flanquea las orillas del río, cercadas por la estepa. La segunda es la torre mudéjar que actúa como referencia en el paisaje, pieza tremendamente singular y original en un monumento cisterciense, que pregona su raíz aragonesa. La tercera es la enorme noria, ya mencionada, que subía las aguas del Ebro hasta el acueducto encargado de conducirlas a las dependencias y huertas del monasterio, vivificando el entorno; ha sido reconstruida recientemente y vuelve a girar sin pausa.

 

Rueda de la noria

 

Ya dentro del recinto, en la plaza de San Pedro, nos topamos de frente con el muro de los pies de la iglesia, horadado por un magnífico rosetón y por una puerta de arco apuntado. La disposición de este muro, largo y liso, de remate simplemente rectangular, también es muy poco común.

 

Fachada de la iglesia, con la portada y explanada de acceso

 

Desde un ángulo de la plaza se accede directamente a una de las piezas más hermosas del monasterio: el claustro, un espacio que contrasta vivamente con el anterior porque si la fachada de la iglesia es monótona, aquí, en cambio, lo que domina es el ritmo. Es precioso el juego, perfectamente armónico, que muestran los arcos, ventanas, contrafuertes, columnas y rosetones que animan las cuatro galerías claustrales. Y en los capiteles, una sinfonía de figuras esculpidas que pueblan un mundo fantástico de animales, vegetales y figuras humanas en las más diversas situaciones. Decididamente, las austeras recomendaciones de San Bernardo habían quedado atrás.

 

Galerías del claustro

 

Rueda es un lugar alegre. La luz entra a raudales por los lóbulos de los rosetones del claustro, y las salas que se abren a su alrededor lo hacen mediante arcos muy decorados, con puntas de diamante, cruces incisas y, curiosamente, también con lóbulos. Este motivo se repite mucho en la decoración e indica claramente que nos hemos adentrado en el gótico, y es natural pues estamos ya en el siglo XIII. La portada más espectacular con esta ornamentación es la de la sala capitular, de tres arcos donde la piedra, más que tallada, parece bordada.

 

Triple arco de acceso a la sala capitular

 

En el centro del claustro, un pozo; y en un lateral, el templete del lavatorio, con su cubierta cónica y su fuente redonda de múltiples caños. El lavatorio está colocado delante del refectorio, lugar conveniente para el necesario aseo previo a la comida. Desde la clave del arco que corona el espacio ante la entrada, una mano divina tallada en relieve bendice a los monjes y les dice, según reza la inscripción que la acompaña: Vobis proficiat (“Que os aproveche”). Lo más llamativo del refectorio, además de sus grandiosas dimensiones y su altura, es la preciosa escalerita gótica que, a través de una sucesión de arquillos, lleva al púlpito desde el que se leían obras piadosas mientras el resto de los monjes comía en silencio.  

 

Refectorio y púlpito

 

Y pasamos a la antigua biblioteca, también llamada “sala de los monjes”, cuyo elemento más destacado son los gruesos pilares que reciben los nervios de las bóvedas, con lo que toman aspecto de palmera abierta. Es el espacio más austero de todo el conjunto monástico.

 

Entre la sala capitular y la de los monjes se sitúa un pequeño espacio que alberga el locutorio, la prisión y la escalera que lleva al piso superior, donde estaba el amplísimo dormitorio de los monjes. También desde aquí se pasaba al jardín y las huertas. En esta zona, que no es visitable, se localiza otro grupo de dependencias monásticas construidas ya en el siglo XVII, pendientes todavía de restauración.

 

Dormitorio de los monjes

 

Nos queda solo por visitar la iglesia, pieza principal del recinto. Pese a que en líneas generales se ajusta a la tipología canónica de los templos cistercienses, varias peculiaridades la hacen única. Señalaremos solo tres: primero, que no tiene crucero sino solo tres naves longitudinales; segundo, que su cabecera es plana en lugar de semicircular y está abierta por cuatro grandes ventanales que iluminan la iglesia con un raudal de luz; y tercero, que las ventanas de las naves, algunas con formas verdaderamente inusuales (cuadrada en punta, triangular…), están caladas por celosías de yeso que mezclan motivos góticos y mudéjares. La impronta mudéjar es evidente también, además, en la presencia del ladrillo como material constructivo en algunas partes de la iglesia y en la airosa torre construida, ya tardíamente, junto a la cabecera.

 

Nave principal de la iglesia

 

Rueda ha vivido una dilatada y azarosa historia que la ha hecho pasar por el auge y la ruina, que la ha convertido tanto en favorita de reyes como en corral de ovejas. Llegó a tener un barco alojado en su iglesia, un llaut de los que hasta hace no mucho tiempo transportaron carbón por el Ebro hasta Tortosa. Hoy luce de nuevo espléndida, decidida a poner de manifiesto el brillo que el arte cisterciense alcanzó en tierras de Aragón, y junto al Ebro.

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ) y Marisancho Menjón

Recursos Multimedia