Desnudez formal no significa pobreza. Los monasterios cistercienses tienen los muros completamente lisos pero conforman espacios de una belleza singular, impactante en su propia sobriedad. Si bien San Bernardo clamaba contra el lujo excesivo de los cluniacenses («Los muros de la iglesia están cubiertos de oro, pero los hijos de la iglesia están desnudos»), no renunció a emplear en sus edificaciones piedra de calidad y bien trabajada, ni a contar con buenos artífices que llevaran a cabo un plan monástico donde estaba estudiado hasta el último detalle: en pro de la funcionalidad, sí, pero también de la armonía y la belleza.

Portada de la iglesia

A San Bernardo de Claraval, principal impulsor de la Orden cisterciense, no le gustaban las imágenes pintadas ni esculpidas, pero le volvían loco las matemáticas. Escribió duros textos contra la ornamentación de los templos cristianos, que a su juicio distraía el espíritu en lugar de inducirlo a la oración. En cambio, promovió la construcción de monasterios con una absoluta pureza de líneas, donde prima la recta y armónica proporción de todos sus elementos, dentro del más estricto rigor matemático. Y donde, al igual que en todas las facetas de la vida de un monje, lo que manda es la austeridad.

Desnudez formal no significa pobreza. Los monasterios cistercienses tienen los muros lisos y lasos pero conforman espacios de una belleza singular, impactante en su propia sobriedad. Si bien San Bernardo clamaba contra el lujo excesivo de los cluniacenses («Los muros de la iglesia están cubiertos de oro, pero los hijos de la iglesia están desnudos»), no renunció a emplear en sus edificaciones piedra de calidad y bien trabajada, ni a contar con buenos artífices que llevaran a cabo un plan monástico donde estaba estudiado hasta el último detalle: en pro de la funcionalidad, sí, pero también de la armonía y la belleza.

Siempre bajo el mandato de la sencillez, los establecimientos cistercienses acababan constituyendo un complejo organismo donde cada célula era necesaria, donde no faltaba ni sobraba nada y que tenían como fin último servir a Dios. Paradójicamente, no se construyeron edificios modestos, sino excelentes fábricas pétreas que precisaron cuantiosos recursos para hacerse realidad.

 

 

Nave lateral de la iglesia

Veruela fue una de las principales fundaciones cistercienses en España y la más temprana en Aragón. Pedro Atarés, señor de Borja, cedió a la Orden del Císter en 1146 un lugar en las faldas del Moncayo para que estableciera una comunidad de monjes blancos que le ayudase a roturar y organizar aquel territorio recién reconquistado, y consolidase o atrajese a la población cristiana.

La construcción de Veruela es temprana: el núcleo principal de sus edificios se erigió hacia 1160-1190, aunque las obras seguirían completándose hasta mediados del siglo siguiente, a la espera de la profunda y esplendorosa renovación que viviría el monasterio en el siglo XVI.

A la primera época, finales del siglo XI, corresponden algunos elementos ornamentales de raigambre románica que se ven en los ábsides, como los frisos de ajedrezado jaqués o las ventanas abocinadas en medio punto, así como la estructura y configuración formal de la portada, en el muro de los pies, a base de arquivoltas en disminución.

Son detalles que conviven con elementos formales ya plenamente góticos, como los arcos apuntados del templete donde se aloja el lavatorium o el bello torreón-puerta que señala la entrada al recinto, lo que nos permite recorrer, en un solo edificio, la evolución que en pocas décadas se fue produciendo entre los principales estilos artísticos cristianos de la Edad Media.

 

 

Frente al arco de medio punto y la bóveda de cañón, que son los emblemas del románico, el císter vendrá a introducir los nuevos símbolos del gótico: la bóveda de crucería y el arco apuntado. Eso, en lo formal. Pero la renovación cisterciense va, por supuesto, mucho más allá: asistimos de su mano a un cambio de espiritualidad e incluso de una cultura, la occidental, que empezaba a ver las cosas de otra forma, a abrirse a otras aventuras.

Conquistaba nuevas tierras y nuevos espacios de conocimiento, nuevas formas de relacionarse y de organizar su economía. Pese a que Veruela, como monasterio rural, poco tiene que ver con la revitalización de la sociedad urbana, que es la que marca el giro hacia otros derroteros históricos en la Europa medieval, sí que se aprecia en la manera de concebir su arquitectura que las medrosas nieblas altomedievales estaban quedando atrás. Veruela se abre a la luz y al aire, y se eleva hacia el cielo.

Veamos la iglesia. Es amplia, luminosa, monumental, de dimensiones catedralicias. Consta de tres naves que, pese a su longitud, no transmiten impresión de horizontalidad sino todo lo contrario, de elevación: en este espacio el espíritu ha de dejar de estar pegado a la tierra, a la dura realidad material, y buscar la comunicación con Dios.

No se echa en falta la ornamentación, basta con la sabia combinación de los propios elementos arquitectónicos (arcos y columnas, ventanas y pilares, nervios de piedra que forman y sostienen las bóvedas) para dar forma a uno de los espacios más bellos que se construyeron en la Edad Media en Aragón. El juego de vanos, soportes y nervaduras de la cabecera, que tiene luz propia, es sencillamente espectacular.

 

Nave mayor de la iglesia

Pero pasemos adelante: queda mucho por ver.

En Veruela, como en cualquier monasterio cisterciense, se creó un microcosmos autosuficiente donde la comunidad labraba sus tierras, percibía las rentas de los lugares bajo su jurisdicción, criaba su ganado, dirigía sus talleres y hasta elaboraba su vino. Por supuesto, rezaba, meditaba, atesoraba una buena biblioteca, copiaba e iluminaba códices y regía la vida espiritual de los pueblos circundantes. Era una vida dura, los monjes no vivían mucho. Hoy vemos en Veruela un lugar apacible y bello, pero a mediados del siglo XII era agreste y pantanoso, y hubo que trabajar mucho para hacer de él un terreno cultivado y en orden. El frío, la frugalidad de la comida y el rigor de la regla monástica hacían que la esperanza de vida de un profeso no llegara a los 40 años.

 

Conjunto del recinto monástico, vista aérea

 

El interior del monasterio es también un terreno apacible, cultivado, en orden y, sobre todo, hermoso: muy hermoso. Se le ha llamado “jardín de piedra”. Cuenta con muchas dependencias, no todas visitables y algunas añadidas entre los siglos XVI y XVII al conjunto inicial, que básicamente comprende la iglesia, el claustro y las dependencias que lo rodean: ¿por dónde empezar?

Vayamos al corazón, a la pieza que centra la organización de todo lo demás: el claustro. Es el espacio de paso y comunicación, abierto mediante arquerías a un jardín y una fuente, alrededor del cual se distribuyen todas las dependencias de uso cotidiano: la sala capitular, la cocina, el comedor o refectorio, los almacenes o cilleros, la biblioteca y scriptorium, los dormitorios y la iglesia. El císter es pragmático y elimina lo superfluo, pero también es elegante y renovador, reniega de la tosquedad. Aquí, se “traicionó” un poco el espíritu de la Orden, puesto que los vanos abiertos en el claustro se decoraron con bellos capiteles tallados, la mayoría con motivos vegetales pero también algunos figurados; y se colocaron gárgolas de desagüe de las lluvias con formas fantásticas, que tal vez habrían enfadado a los santos fundadores.

 

Claustro

 

Gárgola

 

La sala capitular, abierta en la panda o lado Este del claustro, es un espacio recogido, cubierto por bóvedas de crucería que apoyan en columnas de poca altura, lo que favorece la función a desempeñar: las reuniones y deliberaciones del capítulo de monjes. Allí están enterrados, además, muchos de sus abades.

En el lado Sur, el refectorio o comedor tiene mucha más amplitud, luminosidad y altura; si bien la espectacular cubierta es muy posterior (siglo XVI), el ambiente abierto de este espacio cuadra más con la función que le corresponde, más expansiva e incluso prosaica. A su lado, la cocina; y delante de la entrada, en el claustro, el imprescindible lavatorio, que aquí adopta la forma de un delicado templete abierto por arcos apuntados.

 

Scriptorium

 

Claustro desde el lavatorio

 

En la panda occidental está la cilla o almacén, situada logicamente en la parte más cercana a la puerta exterior del recinto y que, dado su uso, carece del aire refinado que caracteriza al resto de las estancias que rodean el claustro. También se ubican aquí las dependencias de los conversos, de menor rango que los monjes y que se ocupaban de las tareas más pesadas.

En  el segundo piso se ubicaban los dormitorios, tanto de monjes como de conversos, aunque radicalmente separados. En Veruela, toda esta parte fue rehecha en el siglo XVI y su aspecto formal corresponde a la restauración realizada en los años 80 del siglo XX.

Si algo destaca en Veruela es el perfecto equilibio de las proporciones, cuidado hasta el milímetro en todas sus estancias. Puro ritmo, pura armonía matemática en la que nada desentona ni chirría. Todo está perfectamente calculado a partir de unos pocos módulos básicos: los que hay grabados en la denominada «piedra de mesura», que se conserva junto al acceso a la sala capitular, bajo el primer arco de la derecha. Sobre estas sencillas medidas se calcularon todos los elementos del monasterio: desde la anchura de los vanos y columnas del claustro hasta la altura de las naves de la iglesia, desde el grosor de los muros a la luz de los arcos. Matemática esencial. San Bernardo habría estado orgulloso.

 

Sala capitular

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ)

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