El patrimonio románico de Uncastillo es tan impresionante que, por lo general, acapara todo el interés del visitante. Sin embargo, la importancia histórica de esta villa no acaba ni mucho menos con la Edad Media: por el contrario, en la época del Renacimiento vivió un largo periodo de esplendor que la hizo destacar como foco humanista, con un prestigioso Estudio de Gramática donde brillaron personalidades de la talla de Pedro Simón Abril; un centro docente que llegó a rivalizar con la Universidad de Huesca.

El siglo XVI fue también la centuria en la que, como en todo Aragón, cobró fuerza el poder municipal; y como se vivía una etapa de prosperidad económica, Uncastillo decidió construir unas casas de la villa que fueran reflejo de su boyante situación local. Así se edificó, entre 1565 y 1568, su magnífico Ayuntamiento, una de las construcciones renacentistas más bellas de Aragón.

 

El concejo medieval de Uncastillo celebraba sus reuniones (ahora diríamos “sus plenos”) en la iglesia de San Miguel, junto al mercado, o en la de San Felices. Tras la expulsión de los judíos, el municipio compró varios de sus antiguos edificios públicos, que forzosamente habían quedado abandonados, para darles un uso también de carácter vecinal: la sinagoga mayor y la de las mujeres, el horno de cocer pan y un patio contiguo a estas dependencias, que solía formar parte de las instalaciones de las antiguas sinagogas como espacio de reflexión y de enseñanza.

 

Las sinagogas no eran solo un edificio religioso: eran también un centro docente y un espacio de actividad común, donde se celebraban las reuniones de la aljama y se tomaban las decisiones que afectaban al interés general. Eran, pues, establecimientos que de algún modo englobaban tres funciones: templo, escuela y casa consistorial. Cuando los judíos fueron expulsados, hubo casos en que estos espacios siguieron manteniendo sus antiguos usos públicos (exceptuándose, como es de suponer, el religioso), como sucedió en Uncastillo, que estableció allí, en 1508, las casas de la villa y su prestigioso Estudio de Gramática.

 

De hecho, el lugar se conocía con estos dos nombres de manera indistinta, «casas de la villa» o «del estudio», en una asociación de hermosa simbología: a la raíz y núcleo del poder municipal, que es el más directo y cercano, el que atañe al día a día de los vecinos y en el que ellos mismos participan, se unía estrechamente otro aspecto tan básico como el de la formación, una formación humanista que en este caso, como sabemos, era de alto nivel.

 

Físicamente, esa asociación se rompió medio siglo después, cuando el concejo decidió levantar un nuevo edificio que fuera sede del poder municipal, y eligió para ello un “patio” o  solar situado fuera de la antigua judería, justo al otro lado de la peña Aylón. En 1565 se firmó un contrato con Juan de Landerri o Landerrain, cantero de origen vasco asentado en Sádaba y autor de numerosas obras importantes en las Cinco Villas, para la construcción de una casa consistorial independiente, con una gran sala donde celebrar solemnemente las reuniones del concejo, una planta para archivo, un almacén de granos y una cárcel.

 

Uncastillo era un pueblo grande que tenía, en otro lugar, mercado y lonja, de manera que las nuevas casas de la villa no tuvieron que reservar espacio para funciones mercantiles; pero es probable que en ellas sí se llevaran a cabo multitud de actos del común, tanto diarios como extraordinarios: fue lo habitual hasta épocas recientes, y sobre todo en el ámbito rural, que el Ayuntamiento fuera también sede de la escuela de niños, por ejemplo, o diese espacio para la celebración de las fiestas locales, ejerciendo, verdaderamente, de casa del pueblo.

 

La pujanza del poder local, unida a la brillantez intelectual que caracterizó a Uncastillo en el siglo XVI, determinó que se prestara especial importancia a la fachada, que no iba a ser, desde luego, un simple cerramiento del edificio, sino que habría de trasladar un mensaje muy claro a los viandantes, utilizando para ello el arte: quien contemplara esa fachada habría de llevarse una impresión muy clara de los principios que regían esa casa, lo que en ella se albergaba, que no era ni más ni menos que el buen gobierno, regido por la virtud y la sabiduría. Y eso nos lo cuenta la escultura.

 

La fachada del Ayuntamiento de Uncastillo se compuso como quien compone un cuadro o quien se trabaja el encuadre perfecto para una fotografía: buscando el equilibrio, la armonía de proporciones y el ritmo. Levantada en recia piedra sillar, de cuidada factura, tiene tres plantas separadas por tres impostas en relieve; es más ancha que alta, de modo que se trató de compensar esa tendencia a la horizontalidad disponiendo un remate a base de elementos verticales, finos, que apuntan al cielo.

 

 

En cuanto a los vanos, van proporcionadamente colocados en cada planta: dos puertas, cuatro balcones, diez ventanitas. Solo se rompe la simetría en un aspecto fundamental, y es que hay una puerta principal que destaca por su decoración y empaque respecto de la otra, puesto que ésta daba al patio, a la gran escalera interior, al edificio en sí en una palabra, mientras que la otra conducía únicamente al almacén de grano.

 

 

Además de estar concebida con arreglo al buen arte, al gusto clásico que impregnaba la arquitectura renacentista, esta fachada era una fachada “parlante”, es decir, que transmitía, como ya se ha comentado antes, un mensaje: se decoró con esculturas en relieve que formaban, en su conjunto, un programa iconográfico referido al buen gobierno. El poder municipal estaba orgulloso de serlo porque representaba la cara opuesta de las arbitrariedades del poder señorial: si este era absoluto y sin apelación posible que contradijera la palabra del señor, el municipal estaba sujeto a los tribunales de Justicia, donde podía protestar quien se considerara mal tratado; si el poder señorial derivaba de los derechos de sangre y linaje, el municipal se adjudicaba por sorteo entre los vecinos (no todos, es cierto, sino solo quienes podían ser electos: hombres y con un mínimo estatus económico).

 

Este orgullo quedó plasmado en la fachada del Ayuntamiento de Uncastillo, donde aparecen representadas todas las virtudes: Fe, Esperanza, Caridad y Templanza, en los frontones triangulares de las ventanas de la planta noble; la Justicia, en el remate de la portada principal, presidiéndolo todo; y cabe adivinar que serían las dos Virtudes Cardinales que faltan, la Prudencia y la Fortaleza, las que flanquearían el escudo de la villa colocado también en lugar protagonista de esta portada.

 

 

 

 

 

 

Todas esas cualidades tenían que marcar la actuación de quienes gobernaban el pueblo: en primer lugar la Justicia, pero también las virtudes cristianas, pues en esa época todas las facetas de la vida estaban impregnadas por la religión. Y aún se representaron dos imágenes más, dos bustos que aparecen en los medallones de las enjutas de la puerta: un hombre mayor, con barba y togado a la antigua, y una mujer joven, bella y ataviada ricamente, a la moda de la época. Probablemente representan, respectivamente, a la sabiduría y la belleza o tal vez la dignidad, que si bien no se cuentan entre las virtudes canónicas, para los autores clásicos de la Antigüedad formaban parte también de la excelencia política. Y de algún modo se plasmaba la voluntad de mantener vigente, con la representación de estas figuras, el viejo enlace que en Uncastillo había existido entre el gobierno municipal y el Estudio de Gramática, entre la política y la cultura.

 

 

Según la fecha que quedó inscrita en esta misma fachada, el edificio se terminó de obrar en 1568. Por aquellas fechas ya enseñaba en esta localidad el famoso humanista Pedro Simón Abril, que otorgó a su Estudio un enorme prestigio, hasta el punto de que la Universidad de Huesca consiguió su excomunión por haberse atrevido a enseñar Filosofía aquí, cuando sólo Huesca tenía privilegio para hacerlo. Todo un símbolo de los tiempos, de una época de esplendor en Aragón, en que la enseñanza de la Filosofía se consideraba un privilegio que daba prestigio al lugar que la impartía, y las ciudades rivalizaban por tener a los mejores maestros, elegidos por todos los representantes de la localidad pues era asunto del máximo interés para todos, ya que también otorgaban honor a la localidad donde ejercían.

Fotos: Fundación Uncastillo Centro del Románico y Marisancho Menjón

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