Al igual que otras localidades de la zona del Moncayo, la ciudad de Tarazona tiene su origen en un poblado celtibérico situado en la margen izquierda del río Queiles, aunque por sus características geográficas y abundancia de recursos naturales es un área habitada desde la Prehistoria. El asentamiento de Turiaso, fundado hacia el siglo II a. C., se reducía al barrio del Cinto, nombre que hace referencia a la muralla que lo rodeaba. El trazado urbano se basaba en dos calles paralelas atravesadas por varias perpendiculares, creando una retícula. Fue una importante ciudad celtíbera que poseía su propia ceca, acuñando moneda en cobre y plata. Se estima que la población pudo llegar a alcanzar los 700-800 habitantes.

Al ser un punto estratégico en las comunicaciones entre el valle medio del Ebro y la Meseta, los romanos potenciaron la urbe: tuvo una importante fase de crecimiento en el siglo I a. C., rebasando las murallas celtíberas del Cinto y extendiéndose por la orilla del río Queiles. Llegó a ser sede episcopal en el Bajo Imperio (siglo IV d. C.) y continuó siendo un núcleo importante en época visigoda, aunque con sus dimensiones mermadas nuevamente a los límites del barrio del Cinto.

La cultura islámica fundamentó su organización administrativa en las ciudades o medinas. El Islam propició un notable desarrollo urbano en el Valle del Ebro, consolidando las viejas ciudades y fundando otras nuevas. Tarazona fue conquistada por los musulmanes en el año 714, poco tiempo después de su llegada a España. Fue, junto con Zaragoza y Huesca, uno de los tres únicos núcleos urbanos del Valle del Ebro en el siglo VIII. Durante este tiempo se constituyó en un waliato hasta que en el siglo IX fue sustituida por Tudela como capital de la cora o demarcación administrativa del extremo noroeste de Al-Ándalus. Los continuos enfrentamientos habidos en esta época entre las familias que ostentaban el poder local y Córdoba afectaron gravemente a Tarazona, que fue arrasada en 879 como represalia contra la rebelión de los Banu Qasi.. Fueron éstos un linaje muladí (cristianos convertidos al Islam) que controlaba el territorio entre Ejea, Tudela y Tarazona. Su poder fue creciendo progresivamente hasta gobernar toda la Marca Superior de Al-Ándalus, pero a finales del siglo IX fueron desplazados por la dinastía de los tuyibíes.

 

Los árabes se instalaron en la vieja ciudad visigoda, en el barrio del Cinto, y mantuvieron el trazado reticular urbano. Los turiasonenses no musulmanes, esto es, cristianos (mozárabes) y judíos, pudieron permanecer en la ciudad con sus leyes, religión y gobierno propios. Los mozárabes tenían dos iglesias: la de Nuestra Señora de las Mercedes y la de Santa María de la Huerta (la actual catedral); abandonaron la ciudad a finales del IX y se trasladaron a Tudela. Por su parte, la comunidad hebrea vivía en la judería vieja, al este de la medina.

 

 

De la muralla se conservan algunos restos, en parte reutilizados como muros traseros de las casas, mientras que otros tramos están integrados por la propia roca natural. Con ello es posible conocer el perímetro completo. Este recinto tuvo, en época islámica, dos puertas: una al sureste, junto a la barbacana y el actual ayuntamiento; y otra al noroeste, abierta en una torre albarrana, en la zona baja junto al convento de la Concepción, hoy llamada de los Moros o los Morales. Ambas tenían acceso en recodo, lo que facilitaba la defensa. La muralla estaba rodeada por un gran foso de agua al lado oeste y jalonada por torreones: entre los que se conservan, ya que muchos han desaparecido, cabe citar la Torre del Rey, bastión cuadrangular construido en el siglo XII sobre otro anterior musulmán; y el Cubo, de planta circular, aprovechado luego por el convento de la Concepción como campanario.

 

 

Con el tiempo fue aumentando de la población y se crearon dos arrabales nuevos con sus propias mezquitas y zocos: uno en lo que hoy es barrio de San Miguel y otro en la zona de la Alta Merced. Las calles, como en el resto de las urbes musulmanas, son estrechas, con recodos, pasajes cubiertos y adarves. Ambos arrabales, por su posición en el eje comunicación, ayudarían a la defensa de la ciudad.

 

Los musulmanes construyeron mezquitas de nueva planta o reconvirtieron templos existentes. En las ciudades hispanas lo habitual fue la transformación de las catedrales visigodas, como ocurrió en Tarazona. La mezquita mayor constituía el elemento básico de la organización espacial y, por tanto, se convirtió en el lugar central del urbanismo islámico. En torno a ella giraba toda la vida religiosa, pero también intelectual, política y económica de la medina. En Tarazona se situaría en lo que hoy es iglesia de la Magdalena, levantada a finales del siglo XII y remodelada en el XV. Alrededor de este edificio religioso se instalaba el zoco o mercado principal, ubicado frente a la iglesia de San Atilano, en una zona libre de edificaciones que se correspondería con el antiguo foro romano.

 

 

La función militar y de control político se concentra en los accesos y en las sedes del poder: las fortalezas de los gobernadores; los alcázares de los soberanos; las murallas y puertas; las torres de vigilancia. La administración política y militar se llevaba a cabo desde la alcazaba, en la que se integraba la residencia del walí o zuda y los aparatos burocráticos y militares. Este recinto solía estar adosado a la muralla y se rodeaba de potentes muros, constituyendo el último reducto en caso de asedio. El término alcazaba se utiliza para referirse al principal punto defensivo de la ciudad: son fortificaciones urbanas o castillos especialmente importantes, como el de Calatayud. En cambio, la palabra zuda se refiere a las residencias de los representantes del poder, aunque en ellas predominaba la función militar y por ello, generalmente, se ubicaban en posiciones elevadas. En Aragón las fuentes citan cinco zudas: Zaragoza, Huesca, Barbastro, Ejea y Tarazona. La de Tarazona se emplazó en actual palacio episcopal y responde fielmente a este modelo. Su posición en la ciudad permite dominar el casco urbano y todo el valle del Queiles.

 

 

 

En las ciudades se asociaron la mezquita mayor y el palacio. Ubicadas una junto al otro, como en Tarazona, eran el centro político-religioso. La zuda, residencia del gobernador, se localizaba en el barrio del Cinto y estaba protegida por sus murallas. Asentada directamente sobre una elevación de conglomerado y arenisca, se erguía sobre el resto de la medina.

 

Poco es lo que se conoce de este importante edificio, ya que fue arrasado y la obra actual es básicamente del siglo XVI, aunque conserva restos del XII, entre ellos la torre del lado norte. Durante la dominación cristiana, la zuda fue residencia de reyes y tenentes, pero a finales del XIV fue vendida al obispo de Tarazona, Pedro Pérez Calvillo, que la convirtió en residencia episcopal.

 

Tanto la zuda como las murallas sufrieron graves daños en la Guerra de los Dos Pedros (1356-1369). A mediados del siglo XV comenzó la transformación del edificio militar en el gran palacio que hoy es. Perdió su carácter defensivo y se convirtió en la construcción civil más importante del burgo, que alojó en la planta sótano el Tribunal de la Inquisición. La mayor parte de la fábrica actual es de mediados del XVI.

 

El edificio, de planta rectangular, presenta cuatro fachadas. Destaca la que da al Queiles, que se eleva sobre la roca sujetando, con seis grandes arcos de ladrillo, un corredor constituido por una triple galería de arquillos.

 

La fachada principal compone un retablo de ladrillo, compuesto por dos cuerpos de tres calles y ático, con toscas esculturas de piedra. Está desplazado hacia la derecha, respecto del eje de la fachada, y como indica la hornacina central, se dedicó al Papa Benedicto XIII. El diseño debió ser ejecutado por el artista italiano Pietro Morone, que en Tarazona desarrolló su labor artística no solo en el palacio episcopal (donde además realizó el trazado del corredor oriental del frente sur, los elementos ornamentales del patio y la gran escalera) sino también en el retablo mayor de la iglesia de San Miguel.

 

La escalera noble, de tipo claustral, está cubierta por una cúpula hemiesférica sobre trompas, decorada con casetones y dotada de linterna y tambor. El conjunto destaca por su decoración en estuco a base de personajes del momento y seres mitológicos. En el siglo XVI también se cerró el perímetro del inmueble, dando lugar a un patio interior. De estilo plateresco, sigue el modelo de los patios aragoneses del renacimiento, de planta cuadrada con columnas anilladas que sustentan un piso superior.

 

La torre norte tiene los dos primeros pisos de piedra sillar y los dos últimos de ladrillo. Ha sido datada como obra de finales del XIV.

 

En el cuarto piso del palacio se ubica el Salón de Obispos, cuyos muros se decoran con una galería de retratos de los prelados más importantes de la sede turiasonense, también obra de Pietro Morone. Estas galerías pictóricas fueron muy populares en la época. Los retratos episcopales se popularizaron a imitación de la serie de Papas pintados en la capilla Sixtina. En Tarazona se distinguen dos grupos, con diferentes estilos: el primero son bustos de obispos pintados al fresco sobre el muro, identificados por medio de inscripciones latinas en una cartela, que abarcan hasta el XVIII; y el segundo son retratos sobre lienzo y representaciones heráldicas de los obispos, de la Santa Sede y del Imperio. La serie, continuada en los siglos posteriores, ha llegado a ocupar más de la mitad de los muros de la estancia. Esta sala estaba cubierta con un magnífico alfarje (techumbre plana de madera) mudéjar del siglo XV. Por la gran amplitud de la estancia, fue necesario apoyar las jácenas o vigas maestras sobre canes. Veinte de ellos están decorados con motivos vegetales y otros cuatro presentan figuras fantásticas, medio hombres, medio animales.

 

 

En el siglo XVIII se produjo la última gran modificación del edificio, adosándole en su ala este un cuerpo barroco de grandes dimensiones. En la planta baja se instaló la cárcel eclesiástica.

 

Durante el periodo de dominación musulmana, Tarazona participó activamente en el movimiento cultural que se desarrolló en el valle del Ebro tras la caída del califato de Córdoba y la huída de los intelectuales andalusíes hacia el norte en el siglo XI. Antes de que adquiriese fama la Escuela de Traductores de Toledo, Tarazona ya era un importante centro en esta actividad, merced a la cual se difundieron por toda Europa libros científicos árabes volcados a las lenguas latina y hebrea. En esta tarea se emplearon mozárabes y judíos, y las materias que se trataban eran fundamentalmente astronomía, matemáticas, alquimia y astrología.

 

Los datos que se conocen sobre la ciudad en época islámica se completan con la almecora o cementerio, topónimo que todavía se ha conservado. Los cementerios musulmanes se ubicaban extramuros de la medina por razones de salubridad, junto a una de las puertas de acceso a la misma.

 

 

La ciudad fue tomada por Alfonso I en 1119 y se reinstauró la sede episcopal. La iglesia de la Magdalena se convirtió en catedral provisional, aunque luego quedó definitivamente fijada en la iglesia de Santa María de la Huerta, sorprendentemente ubicada fuera del recinto murado, en la orilla derecha del Queiles. Los musulmanes tuvieron que abandonar el centro de la medina y desplazarse a una zona alejada llamada Tórtoles constituyéndose la morería o Barrio de San Juan.

 

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ) y Fundación Tarazona Monumental

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