El palacio de Morata consigue un efecto escenográfico impactante, con su gran fachada de amplios balcones, portalada en arco y, sobre todo, el alero que remata toda la fachada con multitud de figuras fantásticas y alegóricas talladas en yeso. El cuerpo principal del edificio va flanqueado por dos alas laterales (uno, la iglesia de Santa Ana; otro, la lonja) y rematan en torres, formando una amplia plaza que da la perspectiva necesaria para contemplar el conjunto en toda su magnificencia.

Las torres laterales, por su parte, remarcan con su altura la posición del palacio, elemento principal de la villa, para que su presencia pueda adivinarse desde lejos. El palacio centra el urbanismo de Morata porque es la sede y símbolo del poder: el conde era dueño absoluto del pueblo y de todos sus habitantes, de forma que, levantado en el centro del pueblo y unido a la iglesia, ese edificio mostraba a las claras quién mandaba allí.

El infanzón-mercader Francisco Sanz de Cortes, que ostentaba algunos de los cargos más importantes y lucrativos del Reino de Aragón, además de ser doctor en ambos Derechos, decidió ampliar las casas que tenía en la parroquia zaragozana de San Felipe para adecuarlas al rango económico y social que había alcanzado. Estábamos a mediados del siglo XVII pero todavía el modelo de casas que más se usaba seguía la tradición del palacio renacentista que tanto éxito había tenido en la ciudad: patio interior abierto, con arquerías sobre columnas, que actuaba de distribuidor del resto de las estancias; fachada de ladrillo con grandes balcones; puerta en arco de medio punto; galería corrida de arquillos en la parte superior y, coronando el conjunto, un hermoso rafe o alero de gran vuelo, de madera tallada. Aún podemos contemplarlo en Zaragoza: es el actual palacio de Argillo, sede del Museo Pablo Serrano.

 

Sanz de Cortes tuvo que estar muy satisfecho con este edificio, terminado en 1661: pese a que resultaba un poco estrecha, se había conseguido una fachada hacia la plaza de San Felipe realmente vistosa, flanqueada por la iglesia a la izquierda y por la impresionante Torre Nueva a su derecha.

 

Pocos años después, tras haber comprado a Ana Martínez de Luna el condado de Morata y haber obtenido del rey el título de Marqués de Villaverde, decidió construirse otro palacio en Morata de Jalón, acorde ahora con su nueva condición nobiliaria y siguiendo un modelo parecido, es decir: en una plaza, con la iglesia a un lado y una airosa torre al otro. Esta vez, además, pudo contar (después de comprar y derribar seis casas) con todo el espacio que consideró necesario, de forma que si la fachada de su palacio zaragozano había quedado algo escasa, la de Morata habría de alcanzar un extraordinario desarrollo.

 

 

Fachada principal del palacio, con la portada

 

Pero no es esa, ni mucho menos, la única novedad de este palacio: la principal es que con él se introduce en Aragón un modelo arquitectónico que sigue ya plenamente las directrices del barroco. El palacio de Morata consigue un efecto escenográfico impactante, con su gran fachada de amplios balcones, portalada en arco y, sobre todo, un alero decorado con multitud de figuras talladas en yeso. El cuerpo principal del edificio va flanqueado por dos alas laterales (uno, la iglesia de Santa Ana; otro, la lonja) y rematan en torres, formando una amplia plaza que da la perspectiva necesaria para contemplar el conjunto en toda su magnificencia. Las torres remarcan con su altura la posición del palacio, elemento principal de la villa, para que su presencia pueda adivinarse desde lejos. El palacio centra el urbanismo de Morata porque es la sede y símbolo del poder: el conde era dueño absoluto del pueblo y de todos sus habitantes, de forma que, levantado en el centro del pueblo y unido a la iglesia, ese edificio mostraba a las claras quién mandaba allí.

 

Conjunto urbano de Morata, con las torres de la iglesia y la lonja

 

El marqués de Villaverde, nuevo conde de Morata, contrató la obra en 1671 con uno de los mejores arquitectos del momento, Juan de Marca. De origen francés y autodenominado maestro de obras, desplegó una frenética actividad desde esa fecha y hasta la conclusión del palacio en 1677, un año antes de su muerte. Marca diseñó y planeó el edificio y se hizo cargo de todo, desde buscar y contratar los materiales hasta concertar la obra con todos los oficiales que hicieron falta, que fueron muchos: para levantar semejante palacio en seis años hubo un auténtico ejército de operarios trabajando en la obra y fuera de ella: canteros, albañiles, tapiadores, yesaires, cerrajeros, carpinteros, tejeros y aguadores. El administrador del conde llevaba unas cuentas rigurorísimas de todo lo que se movía, pagaba y cobraba, e informaba del más mínimo detalle a su señor, relativo a la marcha de las obras, dado el extraordinario interés que éste mostraba por su esplendoroso palacio. Sabemos, así, lo que costó hasta el último ladrillo, la última teja, la última partida de clavos que se usaron.

 

El edificio había sido concebido en planta como una H, esto es, con un cuerpo central principal y dos alas laterales que se prolongan hacia adelante y hacia atrás: las primeras, como se ha dicho, son la iglesia y la lonja que forman la plaza, mientras que las segundas son dependencias recorridas por galerías abalconadas, que crean una zona íntima hacia un jardín. Ha desaparecido ya el patio centralizador que componía una vivienda volcada hacia adentro, propia de la época renacentista; por el contrario, este nuevo planteamiento abre sus brazos al exterior, tanto en su parte pública como en la privada, en un gesto propio de la exuberancia y espectacularidad barrocas.

 

Imagen panorámica que abarca las tres alas del palacio

 

Traspasada la puerta principal, un amplio zaguán precede a una escalera de las llamadas imperiales, con tres ramales de escalones remontados por otros tantos arcos de medio punto sobre columnas: los tramos laterales suben hacia la primera planta o de entresuelos, mientras que el central baja directamente al jardín de la parte posterior. Es el segundo tramo de escaleras el que nos advierte de que vamos a pasar a la zona noble del palacio: esta parte, que conduce a los salones principales, tiene una bóveda decorada por motivos vegetales y geométricos en yeso, y hornacinas con coronas de laurel en las que, en origen, se colocaron bustos de personajes nobles de la Antigüedad. Los antepechos de la escalera van trabajados a modo de celosías, los frentes de los escalones tienen la madera finamente labrada como si fueran pequeños encajes…

 

Tres vistas de la escalera principal: cuerpo inferior, tramo superior y bóveda

 

En la planta noble encontraremos, por fin, el Salón Pintado o Salón Dorado, como se le llamaba en su época, enorme y lujosa estancia cubierta con falsa bóveda de lunetos que va cubierta de tallas en yeso y de pinturas. El efecto de conjunto es espectacular. Predominan de manera repetitiva, casi obsesiva, las armas de los Sanz de Cortes, como si, recién llegado a la condición de aristócrata, el conde no acabara de creerse la posición alcanzada por su linaje y necesitara dejarla bien clara ante los demás. Los escudos van rodeados por guirnaldas cuajadas de frutos y flores, que son la parte más delicada del conjunto. En las hornacinas que dejan los lunetos también se colocaron bustos de emperadores y otros laureados, que en este caso sí se han conservado. Hay que hacer notar que este salón principal no da a la plaza, como era lo usual en la arquitectura palaciega, sino a la parte posterior sobre el jardín; en el otro lado los salones son también regios, pero no son los mejores.

 

Bóveda del Salón Pintado, con los escudos de Sanz de Cortes

 

Es un edificio laberíntico, con estancias que se comunican unas con otras, escaleras secundarias que dan a la zona de servicio, dos torreoncillos esquineros con escaleras de caracol que proporcionan otra vía de comunicación discreta entre las dependencias… Cuenta con dos cocinas, numerosas alcobas, zona para los criados, dormitorios para invitados, unos amplísimos sótanos abovedados que en parte servían para guardar los frutos de las rentas del señor y en parte como caballerizas…

 

Sótanos del palacio, antiguas bodegas y caballerizas

 

El palacio tiene comunicación directa con la iglesia de Santa Ana, que se reformó y amplió para adaptarse al nuevo edificio. Los condes se asomaban desde el palacio a una tribuna que en origen fue abalconada pero que en el XIX se transformó en celosía. En esta parte de la iglesia, que forma el ala izquierda de la plaza, se dispuso una galería con dos amplios arcos y, en el interior, pequeñas dependencias para uso de la parroquia, que durante mucho tiempo sirvieron para albergar la escuela, con las constantes quejas de los vecinos, que las consideraban estrechas e insuficientes. Enfrente vemos los arcos de la lonja, hoy tapiados para aprovechar el piso bajo como locales, aunque en principio fueron porches para que instalaran sus puestos los mercaderes. Finalmente, en el rincón entre el cuerpo principal y la lonja hay un paso cubierto bajo el que discurre la calle que antiguamente iba a las tejerías y al camino de Chodes.

 

Fachada de la iglesia con la torre

Paso cubierto en uno de los extremos del palacio

 

Juan de Marca se dejó literalmente la vida en Morata, al servicio del conde. Con ser extraordinaria la labor que desarrolló construyendo el palacio en tan corto periodo de tiempo, es más notable la hazaña si se sabe que, además, en el mismo tiempo se hizo cargo de otras muchas obras en el condado, señaladamente la del precioso puente de Capurnos, que cruza el Jalón para comunicar los pueblos de Morata y Chodes, y la del propio pueblo de Chodes, creado de nueva planta por el conde en estos mismos años. Marca, por otra parte, introdujo mejoras en el proyecto inicial del palacio, lo que le valió un sonoro enfrentamiento con su mecenas que a punto estuvo de llegar a los tribunales. Si bien finalmente hubo un acuerdo entre ambos, tal cúmulo de trabajo y problemas, entre los que se incluyeron los de orden económico (pues, aunque el palacio costó una fortuna, a Marca el dinero nunca terminaba de alcanzarle), acabaron con el irreductible arquitecto, de genio vivo y talante poco conciliador. Murió a finales de agosto de 1678, parece ser que de repente, dejando a su viuda con un montón de obras pendientes de cobro.

 

Hoy, el palacio languidece. Ha servido como escuela, ha estado arrendado para viviendas y ha sido sede de distintas oficinas, pero ahora está cerrado y su deterioro es evidente, aunque está proyectada su próxima rehabilitación. Sigue siendo aún un conjunto magnífico, principal exponente de la arquitectura barroca civil en Aragón, por el que es famosa la localidad de Morata.

 

Detalle del alero con su galería de vanos redondos y su serie de fantásticas figuras en yeso

 

Fotos: Santiago Cabello(Archivo DPZ), Mariano Candial y Ayuntamiento de Morata de Jalón

Recursos Multimedia