En el siglo XVI los nobles aragoneses dejaron de habitar sus señoríos y se trasladaron a vivir a Zaragoza, donde se concentraba la actividad económica, política y cultural del Reino y se desplegaba el bullicio ciudadano. La capital atravesaba por entonces un periodo de esplendor como ha experimentado pocos; y una manifestación de ello fue, precisamente, la proliferación de palacios que esos nobles mandaron edificar para instalarse de acuerdo a su rango y a la nueva vida cortesana que iban a llevar. Con eso no hicieron más que imitar a los ricos comerciantes y burgueses (notarios, banqueros, etc.), que fueron quienes en realidad dinamizaron la Zaragoza de esa época y quienes adoptaron las novedades renacentistas en la construcción de sus casas, como un símbolo de nivel económico, prestigio y cultura.

Una de las zonas donde con preferencia se erigieron estos palacios fue la calle del Coso, el Cursum romano que circunvalaba el casco antiguo siguiendo el perímetro de la muralla. Era una ancha avenida que desde principios del XVI se había convertido en el espacio más “moderno” de la ciudad. En 1570, cuando don Artal de Alagón, III Conde de Sástago, decidió construirse unas casas en Zaragoza, no dudó en hacerlo en el Coso, frente a las de Pérez de Coloma, secretario del Consejo Real, y muy cerca de las del Conde de Morata. Y es que si estas últimas se contaban entre las principales de la ciudad, las suyas iban a ser, como las llamó el cronista Jerónimo Blancas, majestuosas.

De la obra se encargó un alarife o maestro de casas morisco, Lope el Chacho, miembro de una saga familiar dedicada al oficio y que llevaba ya tiempo trabajando para el Conde. Chacho firmó, en septiembre de 1570, un contrato donde quedó detallado punto por punto todo lo que se debía hacer, en qué lugar, con qué dimensiones y materiales, e incluso dónde debía concentrarse la decoración.

 

El modelo de casa-palacio renacentista aragonés al que se ajustó este de Sástago se había configurado a principios de siglo: eran edificios de grandes proporciones, con sótano para cillero y bodega, planta baja para zaguán y cocheras, primera planta de vivienda y otra más encima con función de “falsa” o galería de aireación. Las estancias se distribuían alrededor de un patio central columnado y abierto, que en Aragón se denomina “luna”. En la planta noble se situaban las salas principales, con pequeñas alcobas laterales y amplias ventanas que daban a la fachada. La portada se abría en un gran arco de medio punto, mientras que la falsa lo hacía mediante una galería corrida de arquillos, también de medio punto, sobre la que se disponía el alero o “rafe”, de madera tallada y mucho vuelo.

 

 

La parte más significativa, estética y estructuralmente, era el patio, pieza central de la casa. Altas y airosas columnas en la parte baja sostenían los corredores del segundo piso, que se asomaban al centro mediante galerías de arcos, apoyados también sobre columnas. Los elementos del patio retomaron el lenguaje clásico, el del arte de las antiguas Grecia y Roma, y se sumaron a su “renacimiento” pasándolo por el tamiz de los nuevos tiempos. Definitivamente, la Edad Media había quedado atrás.

 

 

El modelo de estos palacios era en sí muy italiano, solo que la fábrica, en lugar de ser de piedra, era de ladrillo, ese material menos “noble” que tanto hemos utilizado en Aragón y que ha caracterizado a la arquitectura del Valle del Ebro desde época islámica. Esas fachadas monumentales realizadas en humilde ladrillo poseen una poderosa personalidad que ha llamado siempre la atención a propios y extraños: las casas renacentistas “a la aragonesa” fueron invariablemente alabadas por los viajeros que visitaban la capital del Ebro, dejando constancia de la admiración que despertaban.

 

Al interior, las columnas del patio se tallaban en piedra, y para ello había que contar con maestros picapedreros o “piqueros” expertos que a menudo tenían que venir de fuera de Aragón. Era muy habitual que procedieran del País Vasco, donde existía una larga tradición en el trabajo de la piedra. En el caso del palacio de Sástago, se contrató a dos canteros llamados Juan de Ramudio (padre e hijo), que hicieron una magnífica labor, según se puede comprobar aún hoy: son piezas sencillas y esbeltas, muy elegantes, con un anillo en el centro de los fustes que separa la parte inferior, lisa, de la superior, finamente acanalada, que remata en un sencillo capitel.

 

Otro material usado habitualmente en las casas era el “aljez” o yeso, muy abundante en esta tierra y muy versátil en su uso, sobre todo para los elementos decorativos.

 

 

 

El Palacio de Sástago es uno de los ejemplos más destacados de la arquitectura civil aragonesa del XVI y uno de los más bellos conservados. Su monumental y vistosa fachada es un hito en el paisaje urbano de Zaragoza, si bien no se ajusta del todo al prototipo más característico de este estilo: tiene dos grandes portadas, en lugar de una, rehechas en época barroca; los grandes balcones de la planta noble son también producto de una reforma posterior, del siglo XIX; y la emblemática galería de arquillos de ladrillo que la corona es aquí una galería corrida, sí, pero de vanos adintelados y divididos por columnillas de piedra con graciosas zapatas.

 

En el interior hay dos mundos (sin contar con el que en el momento de nuestra visita nos esté mostrando la exposición temporal). Uno es el del renacimiento, concentrado en el zaguán de entrada y el patio, y en la propia estructura de la casa; otro es el de la burguesía adinerada del XIX, la de los socios del Casino de Zaragoza, que se instaló en los salones y corredores de la planta alta. Ambos mundos están unidos por una gran escalera claustral, de tres tramos, que arranca del lado izquierdo del patio y es uno de los elementos más monumentales del palacio.

 

 

Entremos, pues. Pero nada más entrar, quedémonos un momento junto a la puerta, porque el primer golpe de vista que se tiene desde allí hacia el zaguán y el patio, con el juego de arcos y columnas entre estos dos espacios, es uno de los más bonitos del conjunto. En Sástago el zaguán es rectangular y porticado, y está a un nivel algo más bajo que el resto de la planta: mediante cuatro arcos sobre columnas se comunica con el patio, que se ve detrás, en un buscado efecto escenográfico. Subimos cuatro escalones, atravesamos la arquería y ya estamos en ese patio tan hermoso, bañado por la claridad de la luz exterior. En su día estuvo abierto al cielo pero a pesar de ello, quizás como reminiscencia de la cultura andalusí que fue tan nuestra, quizás como elemento raíz de la cultura mediterránea, posee un carácter íntimo que obvia la monumentalidad para transmitir al visitante la sensación de que se halla “en casa”, en una casa, en un espacio concebido para la vida cotidiana: inmediatamente dan ganas de quedarse.

 

 

A la derecha y al fondo se encuentran las salas que fueron aposentos del conde y que hoy acogen exposiciones. Ahora no hay un acceso directo pero, en la parte opuesta a la entrada, la fachada posterior del palacio daba a un jardín o huerto a través, también, de un pórtico sobre columnas similares a las del patio.

 

Sobre las espigadas pero potentes columnas del patio descansa el piso de arriba, donde la galería de arcos abalaustrada comunica con los grandes salones del palacio. Esta galería es, también, plenamente renacentista, lo mismo que la estructura de las estancias y hasta los suelos y cubiertas, que no se han modificado sustancialmente. Sin embargo, al recorrer esta parte nos daremos cuenta de que hemos cambiado de mundo: hemos dado ni más ni menos que un salto de tres siglos y nos hemos trasladado a los buenos tiempos del Casino de Zaragoza, entidad que alquiló al Conde de Sástago en 1848 esta planta del palacio para instalar su sede.

 

Con el compromiso de cuidar el edificio y devolverle su antiguo esplendor, los socios del Casino mandaron decorar los salones al gusto del momento, con vistosas pinturas alegóricas de la ciudad, series de retratos de grandes figuras de la historia aragonesa, e imágenes que exaltaban la industria y el progreso. En aquellos renovados y elegantes salones se reunía la crème zaragozana a discutir de economía y política, a analizar la actualidad, a leer en su nutrida y hermosa biblioteca, a jugar a cartas, a fumar o simplemente a pasar el rato. También a participar en las fiestas más sonadas y glamourosas de la ciudad…

 

 

 

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Pero esos trescientos años que separan la vivienda del conde del diletantismo del casino, y que nos hemos liquidado con el mero hecho de subir una escalera, estuvieron llenos de vicisitudes para el palacio, que ha tenido una historia verdaderamente azarosa.

 

Ya en la época del III Conde de Sástago, cuando era el inmueble más llamativo del Coso, albergó en sus salas nobles fiestas de postín, tertulias literarias y reuniones galantes. Acogió la visita de los reyes, pues el conde, Artal de Alagón, fue virrey desde 1574, justo el año en que terminaron las obras de su suntuosa casa. Aquí pasó varios días Felipe II en 1585, cuando vino a casar a su hija con el duque de Saboya, boda que se celebró en La Seo…

 

El siglo XVIII vio el declinar de las casas nobles aragonesas y de la vida cosmopolita que había tenido Zaragoza, eclipsada por Madrid, adonde se trasladaron todas las personalidades de cierto nivel. Los viejos palacios languidecieron, aunque éste de Sástago aún fue objeto de mejoras y reformas, como la ya mencionada de los balcones de la primera planta y las dos portadas, que se adaptaron al gusto barroco. Quizá esas obras respondieron a la necesidad de reparaciones tras el terremoto de Lisboa (1755), pues consta que el edificio quedó afectado por el histórico seísmo.

 

 

La centuria siguiente se abrió con nuevas mejoras: en 1802 el XII Conde de Sástago, Vicente Fernández de Córdoba, recibió la visita del rey Carlos IV y de la reina María Luisa, y les quiso obsequiar con una fiesta de tanto copete que para organizarla estimó preciso reformar las grandes salas que dan al Coso. Aquella fiesta tuvo lugar, en efecto… pero a partir de ahí se inició una etapa desastrosa, de absoluto declive para el palacio.

 

La Guerra de la Independencia le afectó de dos maneras: una, por el incendio que durante los Sitios arrasó el contiguo Convento de San Francisco, con el que estaba unido, y que dañó parte de su estructura; otra, porque quedó “militarizado” durante décadas: desde 1813 fue sede del Consejo de Guerra y del Cuartel General del Ejército de Aragón; José de Palafox vivió en él hasta 1815; en 1824 se instaló la Capitanía General y tres años después era objeto de nuevas reformas para albergar la Contaduría del Ejército y la Jefatura Política de la Provincia. Hasta 1858 fue sede del Gobierno Civil... Y todas estas funciones llevaron aparejadas obras y compartimentación de espacios, con el enmascaramiento y deterioro progresivo de su antigua belleza.

 

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Cuando en 1848 el XIV Conde de Sástago alquiló la planta principal del palacio al Casino de Zaragoza se abrió otra etapa: a partir de esta fecha se emprendieron de nuevo obras de embellecimiento en los espacios nobles, para devolverles su antigua prestancia. No pasó lo mismo con el patio, que siguió ajeno a las mejoras, pues hasta el acceso al Casino se hizo de manera separada e independiente, modificando la disposición de la escalinata. Entre 1882 y 1915 se instaló aquí el Café París y su dueño, Joaquín Oña Quesada, intentó por dos veces (sin éxito, afortunadamente) dar más postín a la entrada del establecimiento abriendo en la fachada grandes arquerías o añadiendo más puertas a las dos existentes.

 

Mientras, en los laterales de la parte baja se iban abriendo tiendas: la pastelería Zorraquino en 1866, la sombrerería de Rosa Montaner en 1884, luego una óptica, un estanco, unos billares… Y, desde 1920, un banco: el Español de Crédito, que instaló en el antiguo patio sus oficinas. La remodelación de que fueron objeto en los años 60 para adaptarlas a los gustos modernos acabó por ocultar definitivamente el antiguo espacio renacentista, hasta el punto de que los zaragozanos llegaron a olvidar, sencillamente, que hubiera existido. Paralelamente se iban deteriorando los salones del Casino, con el declinar de la propia asociación, que retiró varias salas del contrato de arriendo por su mal estado.

 

 

Tanto se olvidó la ciudad de su viejo palacio que en 1974 se promovió su declaración de ruina y estuvo a punto de ser demolido. Afortunadamente, la sensibilidad y responsabilidad de un grupo de ciudadanos preocupados por el patrimonio zaragozano consiguió que el inmueble fuera declarado Monumento Nacional y salvado de la piqueta. Pronto se iniciaron las gestiones para su recuperación, y finalmente en 1981 era adquirido por la Diputación Provincial de Zaragoza, que decidió restaurarlo de una manera integral para, como se decía en esos años, “devolvérselo a la ciudadanía”.

 

 

La historia de la restauración del palacio es apasionante: tiene trazas de investigación arqueológica y aun de pesquisa detectivesca. Los responsables de las obras contaron con un instrumento muy valioso: el contrato de 1570 entre el conde de Sástago y el maestro morisco Lope el Chacho. Siguiendo sus cláusulas, y gracias a que éstas contenían muchos detalles, se localizaron dependencias alteradas o recompuestas con los años, se aplicaron los mismos materiales que se utilizaron en su día, se averiguó la disposición original de la escalera…

 

Pero lo más espectacular fue la restauración del patio, oculto en su totalidad bajo la apariencia de unas vulgares oficinas bancarias. Por encima del falso techo había un tragaluz que dividía el patio en dos pisos, separando los dominios del banco de los del casino; embutidas en un tabique se hallaban algunas de las venerables columnas; y las otras permanecían, como un tesoro escondido, dentro de los modernos pilares que salteaban el espacio de la oficina… La alegría fue mayúscula cuando, una tras otra, fueron saliendo en las catas aquellas bellísimas piedras. Los trabajos de restauración casi consistieron más en quitar estorbos y añadidos sucesivos que en recuperar lo perdido, que afortunadamente no había sido mucho, pese a las peripecias vividas en cuatro siglos de historia.

 

 

Los meticulosos trabajos de restauración duraron cuatro años, y por fin el 6 de octubre de 1985 la Diputación de Zaragoza exhibía, orgullosa, el resultado: se abrió al público el esplendoroso patio, que junto con los aposentos del conde (también en la planta baja y abiertos unos meses antes) pasó a constituir uno de los espacios más destacados de la vida cultural de la ciudad.

 

En 1987 el palacio recibió el Premio Europa Nostra por su cuidada restauración y su uso cultural, y al año siguiente se completó definitivamente su actual fisonomía con la rehabilitación del alero y la fachada, que desde esa fecha luce sus vistosos tonos rojizo y añil, con los que se logró otro hito: romper la monotonía de grises y crudos que predominaba en estos edificios, apostando por un poquito más de atrevimiento y viveza, acorde con el uso vanguardista del propio espacio.

 

 

Fotos: Archivo DPZ (Javier Romeo y Servicio de Restauración de la Diputación Provincial de Zaragoza)

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