Capilla Mayor de la Catedral de Tarazona

La catedral de Tarazona quiso ser un paradigma del gótico francés y casi lo consiguió; pero entre las costuras y a lo largo del tiempo se le fue infiltrando, como sin querer, el estilo que era tradición en la zona: el mudéjar. Esa mixtura, finamente entretejida, es la que confiere su personalidad a esta catedral y la hace verdaderamente singular.

Dos de las partes emblemáticas del edificio, el cimborrio y la torre, proclaman desde lejos esta condición mestiza, mientras que en el interior es el claustro la pieza que combina mejor la espiritualidad cristiana con la sutileza islámica del «nada es, todo fluye». También la cúpula del cimborrio deja patente, en su hábil combinación de nervaduras que evitan cruzarse en el centro, su raigambre musulmana. Pero este es el único elemento del cimborrio que pudo sustraerse al impulso renovador que vivió la catedral a mediados del siglo XVI y que le imprimió un nuevo y definitivo aire «al romano». Con ello, a la fusión de gótico y mudéjar se le añadió un espectacular acabado renacentista, humanista, italianizante.

La renovación de la catedral en clave renacentista se inició, precisamente, por el cimborrio. Que amenazaba con hundirse y hubo que levantarlo de nuevo. No era un elemento arquitectónico fácil de construir: un cimborrio es la pieza que cubre el crucero de una iglesia, a modo de pequeña torre con ventanas y remate en linterna, pues su función es iluminar el interior del edificio. Se eleva en un punto clave y también crítico, pues carga con un gran peso los cuatro pilares centrales de las naves; y ha de hacerlo, además, pasando de la planta cuadrada a la octogonal por medio de trompas o pechinas (de forma similar a las cúpulas). Parece ser que durante la Edad Media no se logró una solución satisfactoria, pues todos los cimborrios que fueron levantados en las catedrales aragonesas tuvieron problemas de inestabilidad y derrumbes.

 

 

El caso es que en Tarazona el estado del cimborrio era ruinoso ya en 1519. En 1543 se encargó la construcción de uno nuevo a Juan Botero, artífice del de la Seo de Zaragoza. Y Botero hizo la obra, con su espléndida bóveda nervada de herencia islámica, que hace que el resultado sea grácil y luminoso a la par que sólido. Pero la decoración hubo que encargársela a otro artífice, y éste fue el entallador Alonso González, personaje casi desconocido para los historiadores pero que desempeñó un destacado papel en la reconversión del estilo gótico de la catedral hacia otro más próximo a las modas del momento, que llegaban de Italia.

 

De Alonso González se sabe muy poco: que procedía de Montalbán (Teruel), que se casó en Borja y se instaló allí antes de 1546, y que era entallador y mazonero en yeso, esto es, lo que hoy diríamos un escayolista, además de escultor en este material. Trabajó mucho en Tarazona, donde fallecería a finales de 1564. A él le encargó el cabildo de la seo turiasonense la responsabilidad de todos los trabajos de remodelación y decoración pictórica del templo, si bien no debió de ser él su ejecutor directo en todo, dado en primer lugar su oficio y, después, el escaso plazo que se le concedía para irlos llevando a cabo.

 

 

Para las fechas en que González puso las manos en aquella obra, el estilo gótico se consideraba, al menos en una ciudad rica y culta como la Tarazona del momento, totalmmente desfasado. Por excesivamente desabrido y austero en arquitectura, por irreal y naïf en cuanto a las artes plásticas. Hacía ya mucho tiempo que en Italia se habían impuesto nuevas corrientes de pensamiento que valoraban más la medida del hombre y no tanto la dimensión divina de la Creación, y miraban con más atención a la Naturaleza que a lo celestial. Sin olvidarse de la salvación del alma, sin restar importancia a la religión en su vida, el hombre del Renacimiento dejó de existir en función de la eternidad. Volvió también la vista hacia la cultura clásica, al mundo grecorromano, que se convirtió en modelo de todo lo relativo a ciencia, filosofía y arte.

 

Y todo eso tuvo su reflejo en una nueva estética que rompió con el mundo medieval. En la renovación de la catedral de Tarazona, y más especialmente en las pinturas que cubrieron las bóvedas de la capilla mayor y el presbiterio, tenemos una de las manifestaciones más importantes de este cambio de sensibilidad.

 

 

Entre 1546 y 1549 (o puede que hasta 1552), se remozaron el cimborrio y las bóvedas de la catedral, que pasaron a tener aspecto de estrelladas por el sencillo procedimiento de complicar su diseño añadiendo más nervios en yeso (terceletes y combados) a los originales, y estructurales, que eran de crucería simple, y decorándolos con florones de madera dorada. En el cimborrio, además, se añadieron ornamentaciones en yeso y pintura que borraron el aire mudéjar de la obra arquitectónica: conchas o veneras en las trompas de la base, que acogen las figuras de los cuatro evangelistas; sobre los pilares del crucero, figuras de salvajes portando escudos; en el tambor, cuatro hornacinas aveneradas donde se alojan apóstoles, además de columnas abalaustradas y entablamentos con relieves de filiación clásica; cornisas, casetones, cabezas de angelotes, tondos…

 

La pintura, por su parte, en grisalla (en blanco y gris, imitando labores de yeso), contribuyó decisivamente a este cambio estético con la adición de imágenes en el tambor que representaban nuevas figuras clásicas alojadas en hornacinas falsas, medallones con bustos, elementos vegetales… Las ventanas, originalmente en arco apuntado, también fueron reformadas: pasaron a ser adinteladas y a estar, asimismo, decoradas con columnas y entablamentos hechos en yeso.

 

 

 

El resultado gustó tanto que diez años después, cuando el cabildo estuvo en disposición de acometer la fase más importante de este proyecto, es decir, la correspondiente al ábside, se volvió a contar con el mismo maestro, Alonso González (y con su equipo). A finales de diciembre de 1562 se firmó el nuevo contrato, y el plazo que se concedió al maestro para ejecutar la obra fue de solo nueve meses. Tiempo considerablemente escaso para montar los andamios, remodelar en yeso todos los nervios de las bóvedas, hacer los florones de las claves, reformar las nueve ventanas que hay en esta zona, ponerles vidrieras y pintarlas, dorar las molduras y, sobre todo, pintar la bóveda al fresco con «dieciséis figuras de profetas», en blanco y negro sobre un fondo que imitase mosaicos dorados; amén de varios trabajos más, de índole menor.

 

 

Alonso González no pudo hacer todo eso, forzosamente tuvo que contar con colaboradores. Es lógico pensar que los buscara para las tareas que no fueran su especialidad, y más concretamente para que se hicieran cargo de la parte pictórica; pero hay que imaginar que todos los trabajos serían hechos por distintos artífices que formaban un equipo al mando de un director. Y esto, tanto en esta fase de la renovación catedralicia como en las anteriores. Ya en la correspondiente al cimborrio se planteó la eventualidad de que de las pinturas se hiciera cargo otro maestro, Prudencio de la Fuente, miembro de un destacado taller turiasonense de la primera mitad del XVI.

 

Ese brevísimo plazo que se había marcado en el contrato acabaría ampliándose, seguramente, al pedir los canónigos que se pintara también, con figuras del mismo estilo que las de los profetas, el tramo abovedado del presbiterio. Aun así, la ejecución de todo el conjunto no se dilataría mucho: se sabe que en octubre de 1564, dos meses antes de morir González, estaban concluidos los trabajos, aunque puede que lo estuvieran algo antes. Es decir, que una de las maravillas del arte renacentista en Aragón, y de las más singulares de España, se llevó a cabo en menos de dos años.

 

 

 

¿Por qué una maravilla, por qué singular? Maravillosa es esta bóveda sencillamente por su belleza: el efecto de conjunto, apreciado desde bastante distancia porque las bóvedas se hallan a mucha altura, es impresionante; y vistas de cerca las figuras, la calidad no disminuye lo más mínimo. La ejecución de las imágenes principales es perfecta, su composición muy lograda, y absoluta la naturalidad de sus rasgos, expresiones, gestos, posturas, ropajes…

 

La singularidad se debe al programa iconográfico representado, que se dedicó a las figuras que habían profetizado la venida al mundo del Hijo de Dios Padre, lo habían prefigurado o antecedido, tanto en la Biblia como en el mundo clásico antiguo. Así, en las bóvedas de la seo turiasonense quedaron plasmados, en un mismo nivel de importancia, profetas y sibilas. Esto es único en España, no hay otro templo que tenga un programa como éste. Juntos, los personajes de la tradición bíblica y de la tradición pagana que habían anunciado a Cristo se arremolinan en la bóveda que cubre el altar mayor, justo el lugar donde Cristo se hace presente al celebrarse la Eucaristía. La idea de este programa se enmarca en la tradición filosófica neoplatónica y únicamente la comprenderían los cultivados canónigos turiasonenses; de hecho, fue uno de ellos, el arcediano Juan Muñoz Serrano, perteneciente a una saga de altos cargos eclesiásticos de la ciudad y a quien se supone un alto nivel cultural, el que encargó estas pinturas.

 

 

La fuerte impronta romana de este conjunto pictórico lleva a los estudiosos a plantear la probable participación en su diseño, e incluso en su ejecución, de algún maestro italiano. Sus fuentes de inspiración se encuentran en Roma, tanto en obras de Miguel Ángel y Rafael como en colecciones de estampas y grabados basados en obras de pintores romanos, que circulaban entre los artistas como repertorio de modelos para sus propias figuras. También el fondo a imitación de un mosaico dorado es de raigambre italiana, y prácticamente desconocido en tierras aragonesas. Todo apunta a la participación protagonista aquí de Pietro Morone, pintor del norte de Italia que trabajó en Aragón entre los años 40 y 70 del siglo XVI, con destacadas obras tanto en Tarazona como en la zona de Calatayud (retablos de Paracuellos de Jiloca e Ibdes). Para otras realizaciones suyas también se basó en modelos tomados de las pinturas renacentistas romanas, que reprodujo y recompuso con pequeñas variaciones.

 

Pero en las pinturas renacentistas de Tarazona tampoco hay solo una mano, sino que se aprecian notables diferencias de estilo y calidad artística. Son las mejores figuras las de los profetas y sibilas de la bóveda, mientras que los angelotes que rellenan los plementos más pequeños, en la parte central, son mucho más toscos. Flanqueando las ventanas del presbiterio, los santos representados bajo veneras no alcanzan ni de lejos la categoría que exhiben las figuritas de ángeles de otros ventanales de la capilla mayor, los motivos vegetales de los roleos, los grutescos, estípites, atlantes… Es evidente de que no todo es obra de un mismo autor. Y las realizaciones mejores presentan similitudes con otras obras de Morone, como las pinturas que realizó para la Casa Magallón en Tudela o para las puertas del retablo de Ibdes: basta fijarse en los volúmenes de las figuras femeninas, sus vestidos y tocados, la forma de las manos y la manera de colocar los dedos, la expresión grave de los ancianos, sus cabellos y barbas…

 

Las pinturas turiasonenses son especiales también por un motivo más, y es que fueron realizadas en un periodo turbulento, de enfrentamiento gravísimo entre el obispo titular, Juan González de Munébrega, y los miembros del cabildo, muy especialmente uno de los más nobles e influyentes, el arcediano Muñoz, ya nombrado, que fue el promotor de la obra. Pero a pesar de todo los trabajos salieron adelante, en el último momento en que fueron posibles: en 1563, justo cuando se estaban ejecutando las pinturas, finalizaron las sesiones del Concilio de Trento, que significó un antes y un después en la historia de la Iglesia Católica. A partir de esa fecha, la manera de entender la ortodoxia cristiana fue mucho más intransigente, y jamás habría permitido la conjunción de elementos bíblicos y paganos en un mismo programa iconográfico, y menos dentro de una catedral. Las pinturas de Tarazona simbolizan, pues, el fin de una época más abierta e integradora que sucumbió con la reforma tridentina.

 

 

© Fotos: Catedal de Tarazona y Fundación Tarazona Monumental

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