Solitaria en un pequeño altozano, frente al pueblo de Bagüés, se encuentra la iglesia de los Santos Julián y Basilisa, que estuvo decorada con un bellísimo conjunto de pinturas, hoy consideradas entre las más importantes del románico en Europa. En los años 60 del pasado siglo fueron arrancadas e instaladas en el Museo Diocesano de Jaca, que tiene en ellas su mejor joya. El espacio para el que fueron creadas ha sido restaurado recientemente y hoy puede visitarse para contemplar los restos de decoración pictórica que quedaron in situ, además del hermoso templo en sí, que constituye la muestra de arquitectura lombarda más occidental de Aragón.

La iglesia fue construida a finales del siglo XI junto al Camino de Santiago, muy cerca del monasterio de San Juan de la Peña, del que dependía. Hoy, Bagüés está apartado de las grandes vías de comunicación, pero en la Edad Media fue un importante enclave en la ruta internacional más frecuentada de la época. Probablemente gozó, además, de la protección real: la categoría arquitectónica de esta iglesia, pero sobre todo la calidad de su pinturas, datadas en torno al año 1100, además de la relación estilística que muestran con Francia, hacen pensar en una vinculación directa entre la Corte aragonesa, que mantenía un estrecho contacto con la zona de Poitiers, y este enclave del extremo norte de la provincia de Zaragoza.

 

 

Las pinturas de Bagüés fueron descubiertas en los años 60. En 1966 se encargó su arranque y traspaso a lienzo al equipo de Ramón Gudiol Ricart, quien las trasladó a Barcelona para restaurarlas. Allí, en mayo de 1968, antes de su instalación en el Museo de Jaca, fueron dadas a conocer. La opinión fue unánime: era el conjunto de pintura mural románica más importante de España, y uno de los mejores de Europa.

 

 

¿Y en qué se basaba esta afirmación? Primero, en que se trata de la composición pictórica más completa de todas las conservadas, con un amplio y variado repertorio iconográfico, de los más antiguos de Europa; pero también en la calidad artística y en la potencia expresiva de las imágenes, verdaderamente extraordinaria.

 

Las pinturas de Bagüés son un relato: narran ni más ni menos que la “verdadera historia de la Humanidad”, según los principios de la doctrina cristiana. De la creación del hombre al ciclo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, culminando con su Ascensión a los Cielos, en los muros de Bagüés se representó una riquísima serie de escenas, plenas de viveza y capacidad comunicadora, que resumían los principales pasajes del Antiguo y el Nuevo Testamento.

 

Las escenas se presentan seriadas, en tres niveles separados por trazos de color horizontales. Entre una escena y la siguiente, sin embargo, no hay separación gráfica, sino solo compositiva: las figuras que cierran cada escena están colocadas de espaldas a las que las preceden o las siguen, a modo de paréntesis.

 

 

La secuencia narrativa se desarrolla de izquierda a derecha y de arriba abajo alternativamente a lo largo de los muros, en una especie de recorrido en espiral. La distribución de las escenas está muy bien estudiada, de forma que las que tienen que ver más directamente con la presencia de Dios se ubican en la parte alta de los muros, mientras que las que relatan episodios de la vida terrenal están colocadas más cerca del suelo. Esta secuencia de escenas termina en el ábside, donde las pinturas se leen de abajo arriba, pues van de lo terrenal a lo celestial: justo detrás del altar, que es donde se conmemora el sacrificio de Cristo, se representó la Crucifixión, mientras que en la parte alta, en el cascarón que cubre este espacio sagrado por excelencia, se representa la Ascensión de Jesús a los Cielos, es decir, la escena que culmina el relato simbolizando la fe en la redención de la Humanidad.

 

 

 

Hay en Bagüés escenas deliciosas, como la Adoración de los Reyes, donde aparece Jesús Niño en los brazos de su madre, bajo una sencilla arquería, recibiendo el presente que le ofrece uno de los Magos, cubierto por un curioso tocado que más que corona regia parece el pañuelo de un trabajador del campo; tocado que se repite, por cierto, en la figura del sayón que vigila a Cristo Crucificado y que se interpone entre éste y su Madre.

 

 

Hay también escenas desgarradoras, como la de la Matanza de los Inocentes, donde una madre intenta salvar a su pequeño de la muerte que le espera a manos del enviado de Herodes, quien le tira de los pelos para arrancárselo de los brazos y que empuña una espada en alto para angustia del espectador: esa madre de expresión triste, que se inclina hacia el lado contrario al del atacante, es una de las figuras más delicadas del conjunto.

 

 

 

Una escena muy conocida, porque ejemplifica muy bien la capacidad expresiva del artista, es la del Prendimiento, en cuya parte inferior aparece San Pedro cortándole la oreja a Malco. La boca abierta de Malco, en un grito de dolor que casi podemos oír, es una imagen que se aleja totalmente de las características propias del arte románico, esto es, de su hieratismo, rigidez y falta de expresividad. Delante de Malco, y casi como asustándose de su grito, varios personajes, de perfil, se curvan echando hacia atrás las cabezas y los brazos, lo que intensifica todavía más la fuerza dramática de la escena.

 

 

También es un rasgo muy propio del autor de estas pinturas el recurso a repetir el perfil de las figuras, seguido e idéntico, a modo de abanico, cuando quiere representar una multitud.

 

Hay varias singularidades iconográficas, como el hecho de que en el casquete del ábside se represente la Ascensión en lugar del Pantocrator o Cristo en Majestad, que es lo habitual. También es peculiar el modo de representar a Dimas y Gestas, el Buen y el Mal Ladrón, que pasan los brazos por detrás del travesaño de la cruz y los sacan hacia adelante por el centro del propio madero, como si éste fuera un cepo. Flanqueando a estas dos figuras, unos sayones empuñan palos en alto en actitud de romperles las piernas.

 

 

Y hay más curiosidades: los muertos que resucitan, saliendo con sus blancas mortajas de sus tumbas, como desorientados, sin saber de dónde les llega el sonido que les devuelve a la vida. O la hilera de apóstoles que, bajo la mandorla que encierra a Cristo en su Ascensión, levantan los brazos como si quisieran ayudarle a elevarse hacia los Cielos. O algunos gestos peculiares, como el del rostro de uno de los apóstoles en la escena de la Oración en el Huerto, que mira hacia atrás con expresión socarrona...

 

 

Los frescos de Bagüés muestran un mundo más humano que divino, donde los personajes representados son hombres y mujeres que sienten y actúan, que protagonizan una realidad cotidiana, por mucho que a través de ella se cuente, con la solemnidad que se requería en una importante iglesia del Aragón medieval, “la historia más grande jamás contada”.

 

Fotos: A. García Omedes (www.romanicoaragones.com)

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