La iglesia parroquial de San Miguel Arcángel de Alfajarín custodia un hermoso retablo dedicado a Nuestra Señora de Montserrat al que una cuidadosa restauración ejecutada por la Diputación de Zaragoza, ha devuelto su primitiva belleza.

El mueble, que presidía una de las capillas laterales de la iglesia gótico-mudéjar, reedificada en la segunda mitad del siglo XVIII,  lo componen hoy una serie de pinturas de distinta cronología y estilo.

 

 

La parte más antigua, perteneciente al estilo gótico de tendencia hispano-flamenca de la escuela de Zaragoza, la integran actualmente un banco de cinco casas, y el primer piso del cuerpo del retablo, de tres calles, sobre el que en el siglo XIX se incorporaron dos pisos, con pinturas sobre tabla de posterior estilo y cronología.

 

En el banco, de cinco casas, de izquierda a derecha del observador, se identifican los cuatro evangelistas y la Misa del pontífice San Gregorio Magno. Los evangelistas figuran bajo la inspiración de sus símbolos: el águila para San Juan, el león para San Marcos, el toro para San Lucas y el ángel para San Mateo. La misa de San Gregorio Magno, puede considerarse testimonio de su significación eucarística; flanquean el altar donde tiene lugar el milagro, una dama y un caballero en posición orante, que pueden identificarse con los barones de Alfajarín, protectores de la iglesia.

 

 

En el primer piso del cuerpo del retablo se representa como imagen titular a la Virgen de Montserrat y en las calles laterales a San Antonio Abad, en el lado izquierdo, y a San Blas, en el derecho.

 

 

 

Santa María de Montserrat, se encuentra sentada con Jesús niño sobre su regazo  al que alimenta con su pecho. Viste la Virgen de largo con túnica roja ribeteada de armiño y manto azul con los bordes dorados que sujeta en el cuello con un broche de orfebrería. Se percibe la voluntad del pintor de hacer verosímil la representación del paisaje del fondo con el eremitorio de Montserrat. Se identifica la sierra quebrada poblada con las cruces de piedra en la subida al santuario, sufragadas por el rey Pedro IV de Aragón, en 1366, obra del escultor y orfebre barcelonés Pedro Moragues.

 

En el lado izquierdo del observador se representa a San Antonio Abad: en figura de anciano barbado, vestido con capa de color oscuro, y en la mano derecha el hisopo para ahuyentar al maligno. A sus pies yacen vencidos sendos diablos. A la derecha de la escena la boca de una cueva y un pequeño altar de piedra con una cruz. A  San Antonio Abad se le invocaba contra las enfermedades contagiosas y la muerte súbita. Su poder curativo se extendía a los animales como protector del ganado y de la especie porcina.

 

 

En el lado derecho del observador se representa a San Blas, obispo armenio decapitado el año 316. Se le consideraba santo sanador de las enfermedades de la garganta, y protector de los labriegos y de los criadores de cerdos. También era tenido como patrón por los cardadores de lana a causa de los peines de hierro con  los que le desgarraron las carnes. Se encuentra en pie, en un interior abovedado con pavimento de cerámica multicolor ante un anaquel sobre el que se  apoya un libro de lujosa encuadernación.

 

Del conjunto de tablas del segundo piso y ático, hoy sólo se identifica la escena de las Tribulaciones de San Antonio Abad,  según el cual los demonios se aparecieron al santo ermitaño al final de sus días para impedir que subiera a los cielos llevado por ángeles.

 

Su autor fue  identificado en un principio con la denominación arbitraria de “Maestro de Alfajarín” aunque en la actualidad se atribuye al taller de Martín Bernat, pintor documentado en Zaragoza entre 1450 y 1505; tanto por razones cronológicas como estilísticas, el retablo se data hacia 1480-1485.

 

La  abundancia de colaboradores y discípulos de Martín Bernat que proporciona la documentación conservada, entre los que destaca Miguel Jiménez, dificulta la identificación de su labor personal. La desigual calidad que se aprecia debe interpretarse como el resultado de la participación de varios artífices; y la superioridad de algunas pinturas -como la de  San Antonio Abad  en el cuerpo del retablo, y la originalidad de alguna iconografía, como la de la Virgen de Montserrat-, el resultado de la cercanía de Bartolomé Bermejo en el taller del maestro aragonés.

 

 

Fuente: Mª  Carmen  Lacarra  Ducay

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