La Torre de los Espejos, Utebo

Utebo es una localidad situada a orillas de Ebro y muy próxima a la capital aragonesa. Su topónimo procede del latín: Octavus, y posiblemente haga referencia a las ocho millas que la separaban de Caesaragusta, en la calzada que llevaba a Cascantum (Cascante, Navarra), aunque no se ha encontrado ningún miliario o mojón que corrobore esta hipótesis. Por su emplazamiento en la vega del río y en la calzada romana que unía Narbona con León, su origen se ha asimilado a una villa agrícola. El testimonio más interesante de la presencia romana aquí es el hallazgo de un mosaico del siglo II d. C. que representa una figura de Baco o Dionisos bebiendo de una copa, y que actualmente se conserva en el Museo Provincial de Zaragoza.

Nada se sabe, con seguridad, de esta población hasta su reconquista por Alfonso I el Batallador tras la toma de Zaragoza (1118), momento en que pasó a formar parte de las posesiones del obispado de Zaragoza.

 

Utebo, pequeña villa dedicada a la agricultura, contaba en el siglo XIV con 115 vecinos. Pero en el XVI experimentó un notable aumento demográfico y económico, y fue en esta favorable coyuntura cuando se inició la construcción de su torre y de la iglesia de Santa María. Terminada la parroquia hacia 1521 se comenzó la erección junto a ella de una torre exenta, que actualmente se halla adosada al templo por uno de sus lados.

 

La iglesia fue construida en ladrillo siguiendo la tipología habitual del mudéjar aragonés. Presenta planta rectangular de nave única cubierta por bóveda de crucería sencilla y tiene capillas entre los contrafuertes. Los vanos de iluminación se cierran con celosías en yeso. Ya en época barroca, fue reformada la cabecera por Antón de Sariñena.

 

La torre, llamada también «el campanario de los espejos» por los reflejos y brillos que produce el sol en la cerámica que la cubre, es un magnífico ejemplo del mudéjar tardío y responde a la tipología de torre mixta hispanomusulmana de tradición califal. Se conoce la fecha de finalización de la obra y su arquitecto por una inscripción situada en el primer friso del cuerpo cuadrado, a modo de cenefa decorativa: [...] izola mestre Alonso de Leznes, acabose en año 1544.

La inscripción está realizada en cerámica vidriada de Muel, con fondo blanco y los caracteres epigráficos en óxido de manganeso. Leznes fue un destacado maestro de obras que trabajó también en la Lonja de Zaragoza y en la iglesia de Longares.

 

 

Es una soberbia torre de ladrillo con dos cuerpos, el inferior cuadrado y con vanos ciegos y el superior octogonal. El paso de uno a otro se facilita mediante unos pequeños torreones decorativos en las esquinas. Este tipo de estructuras con planta mixta se generalizó en la segunda mitad del siglo XVI, especialmente en el valle del Ebro y en el entorno de Zaragoza: se pueden encontrar torres de las mismas características en Alfajarín, Monzalbarba, Villamayor, Ricla o Calatayud, por ejemplo.

 

El primer cuerpo se asienta sobre un basamento escalonado de ladrillo, en cuyo interior hay una habitación cubierta con bóveda piramidal por aproximación de hiladas, que sustenta un machón central. La entrada a esta estancia se realiza por una puerta exterior y carece de comunicación con el interior. Sobre este aposento está el verdadero acceso a la torre. El aspecto que muestra desde fuera es el de una división artificial en tramos, impresión lograda con la ornamentación a base de molduras y elementos clásicos.

 

 

El cuerpo octogonal presenta un primer piso ciego con paños decorados, un segundo con arcos doblados de medio punto y, finalmente, uno superior sobre galería de arquillos. La parte más alta se construyó con arcos de medio punto abiertos, que ayudan propagar el sonido de las campanas, y se remató con un chapitel calado de reminiscencias góticas, terminando con una cubierta de teja árabe de ocho paños. La decoración de azulejos va progresivamente disminuyendo en altura, pero en cambio aumenta el tamaño de las piezas cerámicas, si bien tienen menor cromatismo y diseños más sencillos.

La organización interior responde a la de los alminares hispanomusulmanes de tipo califal, con machón central hueco, cuya única finalidad es soportar la caja de escaleras. Los campanarios de estilo hispanomusulmán, que se impusieron desde finales del siglo XIII, presentan dos versiones: califal y almohade. La primera se caracteriza por un machón central en torno al cual se construye el resto de la estructura, mientras que el modelo de raíz almohade consiste en dos torres concéntricas, una envolviendo a la otra, entre las que discurre la caja de escaleras. En los dos modelos aparece indistintamente la planta cuadrada o la octogonal. Estas tipologías de alminar pervivieron hasta comienzos de la Edad Moderna sin muchas modificaciones.

 

En Utebo, la caja de escaleras se desarrolla en tramos y se cubre mediante falsa bóveda por aproximación de hiladas. La iluminación es muy escasa, ya que son pocos y estrechos los huecos abiertos. La mayor parte de la luz penetra desde el cuerpo superior, donde se concentran los vanos.

 

Utebo destaca por su belleza decorativa, basada en una lograda combinación de labores de ladrillo, a base de formas geométricas, lazos y arcos entrecruzados de tradición islámica, y piezas de cerámica vidriada que combinan temas mudéjares y renacentistas, dispuestos en frisos o cubriendo todos los campos planos para resaltar los motivos en ladrillo.

 

 

El elemento principal de la decoración es el azulejo que se emplea tanto en el arrimadero interior como en el exterior de la torre, siendo todos ellos de cuenca o arista: hay más de nueve mil azulejos de doce modelos distintos. La cerámica de cuenca o arista es la que se obtiene al estampar sobre la arcilla cruda un molde de madera con los motivos en negativo, lo que deja unas aristas en relieve que retienen el color de los óxidos metálicos. Las piezas tienen una base blanca sobre la que se crea el dibujo en verde, melado, azul y marrón oscuro, aunque algunas son monocromas.

 

Algunos motivos del repertorio ornamental mudéjar, así como la disposición de la decoración en frisos o bandas horizontales superpuestas, es un rasgo arcaizante, a pesar de integrar plenamente elementos renacentistas. Llama la atención que el conjunto carece de otros elementos cerámicos muy abundantes en el mudéjar aragonés, como son las columnillas o los fondos de plato.

 

 

Las baldosas utilizadas en Utebo no fueron fabricadas ex profeso para la torre, sino que el maestro empleó piezas de solerías y arrimaderos, consiguiendo un resultado sorprendente, variado y de gran belleza, en el que el concepto de la estética y de la luz es completamente nuevo, al sacar al exterior una cerámica confeccionada para interiores.

 

Los elementos clásicos presentes en el campanario señalan el inicio del cambio de gusto que acabará llevando a la desaparición del mudéjar y al triunfo del arte italiano. No obstante, en esta torre el desarrollo del estilo moderno está lastrado todavía por el peso de la tradición.

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ)

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