Es tan alta y tan airosa que la llaman «la Bien Plantá». Se divisa desde muy lejos porque, además de que mide 46 metros, está situada en un espolón del casco urbano de Tauste, sobre un pequeño cortado que cerró hasta hace relativamente poco tiempo la localidad por el Oeste. Se ve muy pronto desde la carretera de Gallur, por ejemplo, o desde la de Ejea; pero la estampa más impresionante se obtiene desde la que viene de los pueblos de colonización y el Santuario de Sancho Abarca, dejando a sus espaldas la raya de Navarra.

 

Se diría que esta torre mira hacia Navarra y que vigila el curso del Arba, que pasa casi a sus pies; pero, en realidad, mira hacia muchos más sitios. Si ascendemos hasta su terraza almenada divisaremos un paisaje amplísimo, con la huerta al Este, cuyos campos van flanqueando el curso del río hasta su desembocadura en el Ebro, al Sur; con el monte pleno de cereal, que llega hasta Castejón y Sora; la carretera que conduce a Ejea de los Caballeros, al Norte, marcando la divisoria entre huerta y monte; y finalmente, al Este, la línea mansa y pelada de la Plana del Castellar.

 

 

La torre es el campanario de la iglesia de Santa María, una sencilla y hermosa pieza de la arquitectura mudéjar más temprana, pues data de mediados del siglo XIII. Pero es bien visible, al reparar en su desmesurada altura, que su función no pudo ser únicamente la de tañer campanas para llamar a los fieles a misa.

La primera vez que un estudioso escribió sobre ella lo hizo en plena Guerra Civil: fue en 1937, cuando el arquitecto Francisco Íñiguez Almech llamó la atención sobre la existencia en Aragón de un grupo de torres de similares características, mudéjares, y en analizar su estructura. Equiparó la torre de Tauste con la de San Pablo (casi gemela suya) y con la que se conserva en el interior del campanar de la Seo de Zaragoza, cubierta por un «forro» barroco; y de las tres dijo que, al menos en sus cuerpos bajos, hasta llegar a la altura de las campanas, fueron alminares musulmanes.

 

Aquella teoría fue posteriormente negada y se oficializó por los especialistas su condición de torre mudéjar, cristiana por sus ocho costados (pues se trata de una torre octogonal). En la actualidad, sin embargo, se retoma con fuerza esta antigua tesis de Íñiguez, que avalan algunas consideraciones puramente arquitectónicas, entre ellas la evidencia de que fue construida antes que la iglesia; cuando, de haber sido concebida de nueva planta a la vez que el templo, se habría levantado al final, una vez concluido el edificio que le daba sentido.

 

Algunos otros argumentos abonan la datación islámica de esta torre: la presencia de una profesión de fe en las cenefas de ladrillo que la decoran al exterior, una grave dificultad para acometer obras de importancia en la zona tras la reconquista, por la honda crisis demográfica y económica que sufrió en los siglos XII y XIII…

 

No sería extraña, en cualquier caso, la presencia de una alta torre con función de atalaya en el punto en el que hoy está, pues a su amplia visibilidad suma las posibilidades de relación óptica con otros puntos estratégicos cercanos: Santuario de Sancho Abarca y Pîco del Fraile, en el límite con la Bardena Navarra; el monte de Sora, cuyo castillo fue pieza central del sistema defensivo de la zona al menos desde la Alta Edad Media; y la Plana, salpicada de puntos de control que servían de enlace con el Ebro.

 

Islámica o no, es una torre muy bella, y en eso sí existe general acuerdo. Como las de San Pablo y La Seo, tiene planta octogonal y una estructura interna a base de torre y contratorre (una exterior y otra interior) unidas por una escalera que discurre entre ambas. Se trata de una disposición característica de las torres almohades, lo que llevó a los especialistas a datar estas construcciones al filo del siglo XIV. Sin embargo, si se examina detenidamente esa estructura se llega a la conclusión de que parece más bien una única torre, aligerada en su centro por la presencia de estancias superpuestas abovedadas, y que en el extraordinario grosor de su muro hubiera dejado el hueco suficiente como para disponer una escalera que lo horada en espiral.

 

Esta escalera, estrecha y oscura, cuyos tramos se cubren por un depurado sistema de aproximación de hiladas, en rampa, desemboca en el amplio cuerpo de campanas, donde nos ciega la luminosidad: hemos llegado a una estancia amplia, de delicadas proporciones y disposición, rodeada de ventanas que, desde época cristiana, alojan en sus vanos las campanas (las más conocidas, la Valera, la María, la Tin y la Tan). Una cúpula esquifada de ocho paños cubre esta parte, mientras que una escalera de madera adosada a uno de los lados conduce al remate de la torre y a su terraza almenada, de recomendable visita por las extraordinarias vistas que se han comentado al principio.

 

En cuanto a la decoración, que proporciona a los muros exteriores una imagen de levedad y sutileza que contradice su carácter macizo, con ausencia de vanos en buena parte de su altura, se basa en un único elemento: el ladrillo, el humilde material constructivo con el que fue levantada toda la torre y que, colocado en resalte en sucesivas cenefas, va trazando muy diversas labores: paños de sebqa, estrellas de ocho puntas, lazos de ocho, arcos entrecruzados, esquinillas… además de la ya aludida profesión de fe islámica, en trazos tan escondidos entre las piruetas del ladrillo que hasta hace poco se consideró una composición ornamental mal resuelta.

 

 

Es impresionante verla desde el suelo, colocándose junto a ella en la calle hacia donde da su parte trasera y mirando hacia arriba: parece crecer ante nuestros ojos, da vértigo.

 

 

 

La iglesia de Santa María sí es indudablemente mudéjar y conserva sus proporciones originales, salvo la adición de dos capillas renacentistas junto a la cabecera, que forman una especie de crucero, y otras dos a los pies, barrocas: la capilla de la Virgen de Sancho Abarca, en el muro del evangelio, y la que forma el actual Museo Parroquial, en el de la epístola. Su aspecto original, sin embargo, fue muy distinto al que hoy exhibe, pues originalmente sus muros estuvieron decorados con agramilados (decoración geométrica incisa en el enlucido de yeso) y pintados con vivos colores, al modo en que aún se conserva en las iglesias de Cervera de la Cañada o Tobed, cerca de Calatayud. Por su parte, la cabecera se cegó en el siglo XVI para poder colocar adecuadamente el gran retablo mayor de escultura, obra magnífica del Renacimiento aragonés.

 

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ) y Marisancho Menjón
Planos: F. Íñiguez Almech

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