Dos de las torres más bonitas y singulares de Aragón están prácticamente juntas: son los campanarios de las iglesias de Santa María y San Andrés, en Calatayud, a unos 100 m la una de la otra. Aunque la de Santa María es más alta (46 m frente a los 30 de San Andrés, sin contar el chapitel en ambos casos), y por tanto su estampa es más imponente, mantienen un aire de familia inconfundible. Son como dos inmóviles testigos de una historia común.

La singularidad de estas torres se la da, en primer lugar, su planta octogonal o, casi más que octogonal, estrellada, pues las aristas de sus ocho lados van reforzadas por columnillas en un caso y por contrafuertes en otro, lo que les otorga un aspecto más complejo. La planta octogonal es también peculiar de por sí: para alminares y campanarios mudéjares, solo se da en Aragón; en el resto de Al-Ándalus, no.

 

 

Es singular en estas torres, asimismo, la existencia de una estancia abovedada en su base, aprovechada en ambos casos como capilla, que constituye un extraordinario alarde técnico: impresiona saber que unas torres de tan grandes dimensiones y tan gruesos muros (entre 1,5 y 2 m) apoyan todo su enorme peso sobre una base  hueca. Esa estancia baja tiene una cubierta doble, una de ellas falsa: la verdadera es una cúpula hemiesférica hecha a base de ir aproximando poco a poco las hiladas de ladrillo; debajo de ella hay otra, simplemente ornamental, de crucería (en el caso de Santa María, la hubo: un desafortunado criterio restaurador la eliminó hace años). La estancia se ilumina a través de unas ventanas también muy particulares, que podríamos llamar “ventanas-rampa”: abiertas en arco apuntado en cada uno de los ocho lados de la torre, prolongan su vano en una bóveda descendente y en disminución, a través de la que se cuela la luz; y eso es así porque al exterior están colocadas en alto, y la estancia que deben iluminar está a un nivel más bajo.

 

 

Esa cúpula que hemos llamado verdadera sustenta sobre su clave un machón de ladrillo que constituye el eje de la torre, alrededor del cual discurren las escaleras: otro alarde técnico. El machón es hueco y solo de un ladrillo de grosor, pero tiene toda la altura de la torre, lo que no deja de parecer una solución arriesgada para la estabilidad del conjunto. Sin embargo, ahí lleva resistiendo sin problemas siglo tras siglo…

 

Finalmente, singulariza a estas torres su decoración, muy profusa y variada, fina, uniforme, con pequeños motivos geométricos realizados exclusivamente a base de ladrillo en relieve: mallas de cruces, rombos, franjas de esquinillas, lazos, óculos…

 

La de San Andrés tiene dos elementos decorativos, en concreto, que no se conocen en ninguna otra torre de su género: el primero es una franja de piezas de perfil mixto, a modo de lazos o tal vez seudoepigráficas, realizadas con barro cocido y sujetas con clavos, que se puede contemplar en la parte más alta del primer cuerpo de la torre; el segundo, la manera de cerrar con celosías las ventanas del segundo cuerpo,  a la altura de los tejados, mediante pequeños ladrillos cilíndricos puestos al tresbolillo, dejando huecos entre ellos.

 

La decoración de estas torres sí presenta diferencias notables, pero para darse cuenta de ello hay que fijarse atentamente. A primera vista, ambas tienen un aspecto homogeneo.

 

En lo que son idénticas es en su estructura interna, que se corresponde con la de los alminares hispanomusulmanes.

 

Estas dos torres tienen su puerta de acceso en alto, a 9 m la de Santa María y a 5 m la de San Andrés. A partir de allí asciende la escalera helicoidal entre los muros, dispuesta en sentido contrario al de las agujas del reloj, rodeando el machón central. Tramo a tramo, va cubierta por bovedillas falsas por aproximación de hiladas que forman un perfil de media artesa invertida.

 

Esta es la manera más práctica de disponer una escalera, y también la que proporciona una ascensión y descenso más cómodos. Las de las torres huecas, que van pegadas al muro interior sin más, son peligrosas y muy incómodas; además, es una estructura que no aprovecha el espacio interior y que no ofrece, ni con mucho, tanta solidez. Las torres de pisos superpuestos, por su parte, tampoco resuelven de manera idónea la colocación de la escalera, pues obligatoriamente han de agujerear la cubierta, sea techumbre plana o abovedada, para dejarla pasar de un piso a otro. Sin embargo, las de machón central proporcionan a la torre solidez y seguridad, así como una ascensión suave; y si, en lugar de un fino machón hueco central, que es lo que tenemos en estas dos torres bilbilitanas, lo que hay es uno más grande de diámetro, se pueden colocar estancias superpuestas y con ello aprovechar el espacio interior. El único inconveniente es la escasa iluminación que suelen tener, pues los muros exteriores son tan gruesos que apenas se abren vanos, y siempre pequeños, en ellos.

 

 

La escalera conduce al cuerpo de campanas, que en estas dos torres calatayubíes es muy amplio y luminoso.

 

Los investigadores no se ponen de acuerdo a la hora de datar estas torres e interpretar su historia. La opinión más aceptada es la de que son torres mudéjares tardías, del siglo XVI, que en determinados aspectos siguieron el modelo de la desaparecida Torre Nueva de Zaragoza, única con la que se podría comparar a la de la colegiata de Santa María, por sus dimensiones y la forma de su planta, octogonal con contrafuertes en las aristas. Pero hay otra corriente que discrepa de esta opinión y defiende la tesis de que, en realidad, no son otra cosa sino los alminares de las antiguas mezquitas calatayubíes, construidos en el siglo XI, a los que se superpondría, ya en fecha muy posterior (ese siglo XVI en el que la otra corriente data la construcción de la torre completa), un cuerpo de campanas y un remate a la manera cristiana. Aún hay una tercera corriente que plantea que esto último solo puede decirse de la torre de San Andrés, mientras que presenta a la de Santa María como una construcción netamente cristiana, edificada tomando a la de San Andrés como modelo.

 

Esta discrepancia en la datación de determinados edificios, que unos consideran islámicos y otros mudéjares, afecta también a las iglesias a las que estas torres acompañan. En el caso de la iglesia de Santa María, consagrada sobre la anterior mezquita mayor de la ciudad, unos consideran que el templo cristiano (que primero fue mudéjar y luego renacentista-barroco) significó la desaparición de la mezquita, mientras otros creen que esa mezquita, o al menos sus muros exteriores, subsiste en el edificio del claustro, orientado hacia La Meca y con una planta extraña (rectangular alargada) para ser un claustro. Opinan estos últimos que este espacio fue adaptado, eliminando el haram o sala de oraciones, y cubriendo las galerías perimetrales con bóvedas de crucería.

 

 

En el caso de San Andrés, los investigadores de las tesis islamistas (o zagríes) plantean que la mezquita islámica sigue estando ahí, reconvertida sin más en iglesia. Los mudejaristas aceptan, como mucho, que pudo ser mezquita, pero posterior a la reconquista, es decir, en todo caso, mudéjar; aunque más bien se inclinan por la opción de que fuera desde el principio una iglesia cristiana, aunque construida siguiendo las disposiciones de las mezquitas andalusíes de época almorávide. El espacio interior, desde luego, posee un inconfundible sabor oriental.

 

 

Sin la salsa de la discrepancia, no podría la ciencia avanzar. El lector está invitado a recorrer las dos parroquias bilbilitanas, disfrutar de la belleza de sus torres e iglesias, formarse su propio criterio… y opinar.

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ), Archivo del Gobierno de Aragón y Agustín Sanmiguel Mateo

Recursos Multimedia