Pasa por ser una torre-campanario, pero los primeros estudiosos del arte mudéjar ya plantearon la posibilidad de que su cuerpo bajo correspondiera a un antiguo alminar musulmán. Los investigadores no se ponen de acuerdo en esto, pero sí es unánime el reconocimiento de su singularidad y su belleza.

Ateca tuvo que poseer un castillo de considerables dimensiones e importancia, anterior a los restos que hoy conocemos. En época islámica la villa estuvo poblada por beréberes, de la familia de los Tihalt, y fue plaza importante en la vía de comunicación entre el valle del Ebro y la Meseta. Próxima a Calatayud y, como esta ciudad, ubicada en la confluencia de dos ríos (en este caso, el Jalón y el Manubles), todavía el perfil de su casco urbano evidencia su primitiva y básica configuración militar: dos elementos clave en alto, próximos entre sí, que hoy son la iglesia parroquial con su torre, por un lado, y el castillo y la Torre del Reloj, por otro, siguen destacando sobre el caserío del mismo modo en que lo hicieron, probablemente, desde la alta Edad Media, cuando formarían un único conjunto defensivo.

 

Ateca, vista general

 

 

El castillo no guarda ya elementos islámicos, aunque quizá si se hicieran excavaciones arqueológicas nos llevaríamos sorpresas; mientras que la Torre del Reloj, que data de mediados del siglo XVI, solo los conserva en todo caso en su cuerpo bajo, donde los fundamentos de obra se funden con la roca que les sirve de asiento. Sucesivas reconstrucciones han acabado por ocultar completamente sus rasgos originales o por eliminarlos del todo. Por su parte, la iglesia, levantada en la parte occidental del mismo espolón rocoso, sustituyó a otras edificaciones seguramente también militares, aunque en esta parte es probable que se concentraran las construcciones emblemáticas de carácter religioso. Y si la iglesia tampoco mantiene ningún resto arquitectónico anterior al siglo XIV, sí que junto al templo todavía se alza una torre que nos habla de cómo fue y se expresó un mundo casi perdido, el de la cultura del Islam en Aragón. Un mundo tan desconocido, todavía hoy, y al que se le ha prestado una atención relativamente tan escasa que ni siquiera sabemos interpretar con seguridad el significado de sus manifestaciones.

 

Hay quien sostiene que la torre de Ateca (en su cuerpo bajo: el superior es barroco) es el antiguo alminar de una mezquita que se ubicaría junto a él, en el solar donde hoy está la iglesia; y hay quien defiende que es una construcción plenamente mudéjar, aunque de las más antiguas de las conservadas en Aragón. Lo que está claro es que la torre es anterior a la iglesia, y que en origen fue exenta, aunque hoy está adosada semiencastrada en el tramo de los pies de ésta y oculta, en uno de sus muros, por una capilla tardía que se abrió en el flanco sur; y que tanto interior como exteriormente está construida como si fuera un alminar, por lo que sirve perfectamente para saber cómo fueron, en su día, estas estructuras y cómo influyeron en el desarrollo de la arquitectura aragonesa medieval.

 

Un alminar es una torre desde la que uno de los miembros de la mezquita, el almuédano o muecín, llama a la oración a la comunidad islámica. En Aragón tuvo que haber cientos, miles de ellos, pues la cultura y religión musulmanas fueron las propias de esta tierra durante varios siglos, de forma que es casi increíble que no hayan sobrevivido en absoluto, como sí lo han hecho las manifestaciones de otros periodos históricos. Su identidad constructiva y decorativa con las posteriores torres mudéjares hace difícil establecer una distinción neta entre ellas, máxime cuando carecemos, en la gran mayoría de los casos, de cualquier tipo de documentación que nos ayude a datarlas. En el fondo, pasa con estos edificios como con los hombres: llegaron los conquistadores árabes y la población, desde entonces, fue musulmana; siglos después vinieron los conquistadores cristianos y la población pasó a un nuevo estatus… pero ellos eran los mismos pobladores, las mismas gentes que, una generación tras otra, seguían arañando la tierra, su tierra, y abriendo cada mañana los ojos al sol.

 

Pero volvamos a Ateca y a su torre, y comencemos a descubrir sus secretos; porque estamos ante una torre extraordinaria, tanto por su belleza como por las singularidades que encierra. En primer lugar, no sabemos a qué se debe la forma de su planta, que no es cuadrada sino trapezoidal e irregular: sin condicionamientos debidos al terreno, que no los hay, no se halla explicación a esta forma que no suponía otra cosa que una complicación a sus constructores, pues habría sido más sencillo trazarla perfectamente recta y escuadrada.

 

 

Planta de la torre

 

Al interior, su estructura responde a la denominada “de alminar almohade”, porque así son algunos de los alminares más famosos conservados, entre ellos el de la Giralda: es decir, una torre central, hueca, dividida en estancias abovedadas superpuestas, y otra torre exterior que la envuelve, disponiéndose entre ambas una escalera que, además de servir de acceso, sirve para trabarlas dándoles solidez. En esta escalera, la torre atecana presenta otra de sus singularidades, y es que se cubre, en los primeros tramos, de tres maneras diferentes, de modo que se ha llegado a pensar que el arquitecto que la diseñó estaba haciendo tanteos hasta que se decidió por un único modelo: primero aparecen bovedillas de medio cañón en tramos escalonados, luego seis tramitos cubiertos con crucería sencilla (lo que supone algo único en todas las torres conocidas en España, tanto islámicas como mudéjares) y finalmente, ya para todo el resto las habituales bóvedas por aproximación de hiladas.

 

Es una torre de ladrillo y yeso, la combinación de materiales que otorga su acusada personalidad a la arquitectura mudéjar aragonesa; y está decorada al exterior con elementos asimismo muy arraigados en la tradición constructiva islámica, esto es, con labores de ladrillo resaltado que componen cenefas a base de la repetición de distintos motivos, y con piezas de cerámica esmaltada de vivos colores, en este caso concreto dos, verde y amarillo-anaranjado.

 

 

Detalle de la decoración, con piezas cerámicas repuestas en una restauración reciente

 

Los especialistas afirman que son motivos antiguos, arcaizantes, algunos de ellos no utilizados en ningún otro ejemplo conocido, como es el caso de la serie de aspas disimétricas que aparecen, recuadradas, en la parte inferior. Hay arquitos de herradura sobre fustes de cerámica, con platos incrustados entre ellos, en las albanegas; hay series de arcos entrecruzados acompañados por columnillas que no cumplen función sustentante, mientras que otras series de esos arcos, en concreto las que están en la franja superior, no tuvieron nunca soporte de ningún tipo (las columnillas se han colocado modernamente) y quedaron “colgados”, como si se quisiera conseguir un efecto de inestabilidad o de trabajo sin terminar, sin perfeccionar del todo. Por otro lado, sin embargo, hay elementos cuya perfección y detalle se hicieron a conciencia aun a sabiendas de que nunca llegaríann a ser apreciados por nadie, pues se colocaron a demasiada altura: los platos de cerámica están decorados con una cenefa de estampillados a base de flores y aspas que les otorgan un sutil punto de delicadeza… pero que solo se pueden contemplar desde la galería que rodea la iglesia por encima de las bóvedas de las capillas laterales.

 


Ladrillo y cerámica, o lo que es lo mismo, tierra, barro: hace falta no solo ser muy sabio sino también estar dotado de una sensibilidad muy fina para conseguir resultados de tanta vistosidad con materiales tan humildes.

 

Por su arcaísmo se considera que esta  torre de Ateca sirvió de modelo para muchas otras que guardan parecido con ella en la Comunidad de Calatayud, entre ellas la de Belmonte, también de planta cuadrada, decoradas con cerámica y series de arcos ciegos entrecruzados, en ladrillo, aunque con mayor sencillez. Como la de Belmonte habría que imaginar la figura original de la de Ateca, hasta que en el siglo XVII se sustituyó el cuerpo superior, de remate, por el que hoy tiene, estilizadamente barroco.

 

Imaginemos al almuédano asomado a la terraza que quedaría entre ambos cuerpos, superior e inferior, llevándose la mano a la boca y convocando a los fieles con su voz, que sonaría límpida y potente. Se puede asegurar que la estampa de las calles que descienden por la ladera del cerro hacia la plaza y hacia el río, con sus casas bajas y encaladas, con su trazado quebrado e irregular, no ha cambiado mucho desde aquellos lejanísimos tiempos. La huella del Islam en Aragón, cuya cultura floreció mucho más allá de Saraqusta, es más patente de lo que a primera vista nos parece y solo espera que la sepamos valorar como el extraordinario legado que es.

 

Fotos: Santiago Cabello (Archivo DPZ) y Marisancho Menjón

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