Iglesias y catedrales
La iglesia ha sido siempre objeto de las distintas manifestaciones artísticas a través de las épocas. Como lugar de oración y de celebración del culto de la religión imperante durante parte de la Antigüedad y la Edad Media en Europa, y por ser expresión de una jerarquía poderosa e influyente, las iglesias se convirtieron en las obras arquitectónicas más relevantes y adelantadas de su tiempo. En ellas se acogieron grandiosas y elocuentes pinturas, esculturas y vidrieras, primero con fines didácticos y religiosos, más tarde como ornamento a mayor gloria de Dios y del hombre. Tanto eclesiásticos como señores laicos poblaron de tumbas y lápidas las capillas de las iglesias intentando procurarse la salvación eterna, y con su mecenazgo aportaron su grano de arena al interior de estas construcciones, obra primero de artesanos y después de afamados artistas.
La numerosa población mudéjar de Zaragoza, los vaivenes económicos causados por la evolución de las cosechas, y los conflictos bélicos han condicionado la construcción diversas iglesias en la provincia. Las dos últimas circunstancias han ocasionado, con frecuencia, la intermitencia en su erección y por tanto la implicación de varios estilos en un mismo templo.
Las iglesias de Zaragoza tienen su propia personalidad dentro de las directrices de la época en la que nacieron. Sus iglesias y ermitas románicas como la de San Gil de Luna, inacabada pero de hermosa factura, funcionan como un gran libro de roca sobre la vida de Cristo y de los santos. La catedral de Tarazona, pequeña y bella joya del gótico clásico, asombra por la cantidad de obras pictóricas, esculturales y arquitectónicas que posee siendo lo más sorprendente su exterior mudéjar, arte del que no se puede desligar casi ninguna población de la provincia a partir del siglo XV. Ejemplos de ello son las iglesias de Santa María de Tobed y San Félix de Torralba de Ribota, entre otras, donde el uso del ladrillo, el yeso y la madera junto con la pintura, alcanzan su máxima expresión. Así mismo, los palacios y castillos también se dotaban de capillas particulares al gusto de los señores, como en el caso del castillo de Mesones de Isuela donde Lope Fernández de Luna desplegó toda su admiración por el mudéjar. Longares también participa de esta moda encarnada en su torre, pero su interior discrepa con toda la fuerza del Renacimiento.
Las iglesias pueden llegaron a convertirse en un elemento publicitario, tanto para los monarcas, los señores, la propia iglesia y más tarde para las ciudades y las entidades que la representaban. La construcción de la capilla de Santa Isabel en Zaragoza, dedicada a la aragonesa y recién canonizada Santa Isabel de Portugal, se lleva a cabo durante un periodo de graves disensiones entre la monarquía y las instituciones aragonesas. Financiada por la Diputación del Reino, la institución deja su firma en la fachada principal, mostrando el escudo del reino como si se tratara de una declaración de intenciones.
Las iglesias dejan la impronta de los tiempos en el lugar que se alzaron, son el producto de la tierra y los materiales que les rodean, de quienes las edificaron y patrocinaron y de todos aquellos zaragozanos que las han mantenido vivas y en pie a través de siglos de fe o de amor al arte.




