Palacios
De caserón en caserón podríamos ir recorriendo las peripecias de la historia en esta tierra, pues han ido quedando plasmadas en las fachadas, patios y ventanales de nuestros palacios, aquellos que habitaron los personajes más emblemáticos y poderosos y que reflejaron la manera de ser y pensar de la época que los hacía posibles. Fueron grandes y refinadas residencias palaciegas en la época del esplendor islámico, como atestigua la zuda de Tarazona, pero abandonaron las ciudades para trasladarse a las peñas cuando la guerra se hizo protagonista y planeó, absoluta, sobre las vidas.
Más adelante, la relativa paz que fue sustituyendo al ardor guerrero de la reconquista permitió a los señores instalarse en mansiones más cómodas que los enriscados castillos y fortalezas altomedievales: aún con aspecto de fortaleza o de monasterio, como el de los templarios en Ambel, cuando el brillo del Renacimiento dio carpetazo a la Edad Media pasaron a ser residencias opulentas, ostentosas, inspiradas en lo italiano, y así es el de Sástago en Zaragoza. El proceso cobró fuerza en el barroco, como demuestra el magnífico palacio de Morata de Jalón. Por su parte, los Ayuntamientos, como el de Uncastillo, tomaron este mismo modelo para establecer su sede, símbolo de la pujanza del poder municipal.




