Torres

Las torres, durante siglos, han sido elementos arquitectónicos relevantes para la defensa de un territorio y la comunicación entre sus gentes.

Durante la Edad Media en la Península, los cristianos y los musulmanes compartían el hecho de incluirlas en sus respectivos recintos religiosos, por lo que no era de extrañar que las funciones defensiva y religiosa se solaparan. Así pues, el almuédano y el cura llamarían a sus fieles con su voz y el repique de las campanas, que servirían también para convocar a los parroquianos ante un peligro inminente, para reclamar su ayuda (sofocar un incendio) o para simples cuestiones informativas.

En esta sociedad en guerra, la costumbre de construir las iglesias y catedrales sobre las antiguas mezquitas, símbolo de los infieles, ha disminuido la posibilidad de encontrar más abundancia de huellas de nuestro pasado musulmán. Sin embargo, en ocasiones, los nuevas iglesias se erigieron reutilizando las instalaciones  previas, por lo que algunos cuerpos bajos de las torres, actualmente en pie, pudieron ser de factura islámica.

Cuando los musulmanes fueron retrocediendo ante el empuje cristiano, una parte de ellos permaneció en sus tierras y fueron llamados mudéjares. En la actual provincia de Zaragoza se concentraron en la ribera del Jalón, en diversos puntos de la actual Comarca de Calatayud, pero se hicieron patentes en otras zonas como en la Comarca de Zaragoza (Utebo) o en la de Cariñena (Muel), lo que supuso la adopción de unos cánones propios del arte oriental en el ámbito de la arquitectura y en el de otras artes, como las decorativas.

Los alarifes o albañiles mudéjares, siguiendo la tradición arquitectónica de su cultura, procedieron a reconstruir los antiguos alminares o a edificar nuevas torres para las iglesias cristianas. No sólo dieron continuidad a sus técnicas constructivas sino también a las decorativas y a los materiales que solían utilizar, como el ladrillo, el yeso, la cerámica y la madera.

El ladrillo funciona tanto como elemento constructivo como decorativo y, junto a la cerámica, tejen los extensos y, a veces, intrincados paños con dibujos, colores y brillos diferentes, convirtiéndolos en una textura que reproduce el concepto de multiplicidad y caos que la religión islámica adjudica a este mundo, frente a la unidad y estabilidad de la divinidad.

El legado de estos alarifes mudéjares llega más allá de su expulsión definitiva en 1610. No debemos olvidar lo particular y excepcional de esta herencia que nos brindaron al levantar estas torres, ya que,  en Zaragoza y Aragón, algunas de ellas pertenecen al Patrimonio de la Humanidad.