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Monasterio de Rueda

Casi oculto pero junto a un río: así se encuentra el Monasterio de Nuestra Señora de Rueda, como era habitual en los cenobios cistercienses. Alejado de las aglomeraciones urbanas y grandes vías de comunicación pero en una zona estratégica para la explotación agrícola, pues esa era, además de la oración, su tarea fundamental.

 

Antes de establecerse entre los profundos meandros que dibuja el Ebro en este tramo, la orden del Císter había impulsado otras fundaciones que resultaron efímeras: las del Salz y Juncería, junto al Gállego, y las de Lagata y Samper del Salz, junto al Aguasvivas, para recalar finalmente, gracias a una donación hecha en 1182 por rey Alfonso II, en un amplio y fértil terreno entre Sástago y Escatrón. Allí se inició en 1202 la construcción del que acabaría siendo uno de los monasterios más importantes del reino, cabeza de un amplio señorío eclesiástico y extraordinario monumento cisterciense.

Monasterio de Veruela

Desnudez formal no significa pobreza. Los monasterios cistercienses tienen los muros completamente lisos pero conforman espacios de una belleza singular, impactante en su propia sobriedad. Si bien San Bernardo clamaba contra el lujo excesivo de los cluniacenses («Los muros de la iglesia están cubiertos de oro, pero los hijos de la iglesia están desnudos»), no renunció a emplear en sus edificaciones piedra de calidad y bien trabajada, ni a contar con buenos artífices que llevaran a cabo un plan monástico donde estaba estudiado hasta el último detalle: en pro de la funcionalidad, sí, pero también de la armonía y la belleza.

Tarazona mudéjar

Tarazona es un enclave que, por su estructura urbana como por sus monumentos, constituye uno de los conjuntos mudéjares más destacados de Aragón y de la provincia de Zaragoza. Esta ciudad, declarada Conjunto Monumental en 1965, es la capital de la Comarca de Tarazona y el Moncayo, y está situada al pie del citado monte y a orillas del río Queiles.

La Catedral de Tarazona

Durante la conquista musulmana de la Marca Superior, en Tarazona, los mozárabes construyeron dos iglesias fuera del recinto urbano. Una de ellas estaba situada en el espacio de la Merced y la otra, dedicada a la Virgen de la Hidria (llamada así por el jarrón con azucenas que portaba), será la que actualmente es la catedral de Tarazona. Parece ser que la "pureza" del espacio de esta última con respecto al de la iglesia de la Magdalena, cientos de años ocupado por la Mezquita Mayor, junto con el hecho de la imposibilidad de construir un edificio de tales proporciones en el ya apretado casco urbano, fueron las causas que llevaron a construir la catedral fuera de los límites de la ciudad.

 

Capilla Mayor de la Catedral de Tarazona

La catedral de Tarazona quiso ser un paradigma del gótico francés y casi lo consiguió; pero entre las costuras y a lo largo del tiempo se le fue infiltrando, como sin querer, el estilo que era tradición en la zona: el mudéjar. Esa mixtura, finamente entretejida, es la que confiere su personalidad a esta catedral y la hace verdaderamente singular.

 

Dos de las partes emblemáticas del edificio, el cimborrio y la torre, proclaman desde lejos esta condición mestiza, mientras que en el interior es el claustro la pieza que combina mejor la espiritualidad cristiana con la sutileza islámica del «nada es, todo fluye». También la cúpula del cimborrio deja patente, en su hábil combinación de nervaduras que evitan cruzarse en el centro, su raigambre musulmana. Pero este es el único elemento del cimborrio que pudo sustraerse al impulso renovador que vivió la catedral a mediados del siglo XVI y que le imprimió un nuevo y definitivo aire «al romano». Con ello, a la fusión de gótico y mudéjar se le añadió un espectacular acabado renacentista, humanista, italianizante.

Monasterio de Piedra

El río Piedra, que da nombre al Monasterio y a su Parque, tiene vocación teatral. En su tramo medio esconde un tesoro cuya existencia es imposible de adivinar: un paisaje estepario lo circunda todo, no deja prever que ahí mismo, en una profunda hendidura abierta por el río con su discurrir de siglos, hay una maravilla natural de vegetación, juegos de agua, cascadas, grutas y lagos de cristal. Es la magnífica sorpresa que nos reserva el Piedra, brillante y efectista, como preparada por el mejor escenógrafo.

 

Aún en la zona árida, fuera de ese vergel pero custodiándolo como fiel guardián, se encuentra el viejo monasterio cisterciense que durante más de seiscientos años dio vida y sentido a ese lugar. En parte convertido en hotel, en parte vivienda, en parte ruinas, sus venerables edificios guardan aún muchas historias que merece la pena conocer.

Las torres de Calatayud

Dos de las torres más bonitas y singulares de Aragón están prácticamente juntas: son los campanarios de las iglesias de Santa María y San Andrés, en Calatayud, a unos 100 m la una de la otra. Aunque la de Santa María es más alta (46 m frente a los 30 de San Andrés, sin contar el chapitel en ambos casos), y por tanto su estampa es más imponente, mantienen un aire de familia inconfundible. Son como dos inmóviles testigos de una historia común.

San Félix de Torralba de Ribota

Durante los dos primeros tercios del siglo XIV, Aragón sufrió una cruenta guerra. Pedro IV de Aragón y Pedro I de Castilla se enfrentaron en una contienda que se conoce como la Guerra de los dos Pedros. Durante la lucha se formó un territorio fronterizo entre los dos bandos que afectó a Calatayud, Tarazona y a las poblaciones de su  entorno. La gran mayoría disponía de castillos o de construcciones defensivas que eran derruidas y reconstruidas al ritmo de los hechos que se sucedían. Tras la conclusión de la guerra, algunos de esos castillos se reutilizaron para construir iglesias o simplemente fueron sustituidos por éstas. Sin embargo, previendo más conflictos, las iglesias de este territorio mantuvieron la característica militar y la defensiva de sus antecesores.  Durante el siglo XIV los maestros mudéjares eran muy valorados por las jerarquías eclesiásticas (como el caso del Papa Luna o el del arzobispo de Zaragoza Lope Fernández de Luna) y les confiaban las edificaciones de iglesias, catedrales e incluso las de sus propias tumbas.

Borja, modelo de urbanismo islámico

Borja se emplaza sobre un gran cerro testigo, en la rica vega del río Huecha, en una zona estratégica dentro de la vía natural de comunicación entre la Meseta y el Valle del Ebro, por lo que la zona ha estado habitada desde la Prehistoria.

 

El origen de la ciudad propiamente dicha hay que situarlo en el siglo VII a. C. Aunque se conservan restos en su término municipal desde el Paleolítico inferior, realmente son las gentes de la cultura de los Campos de Urnas las que desarrollan un urbanismo incipiente, en la cima del cerro de la Cueva del Esquilar. Sin solución de continuidad, los celtíberos se asentaron sobre el mismo poblado, que convertido en ciudad recibía el nombre de Bursau. Con el tiempo el número de habitantes creció lo suficiente como para ocupar los montes próximos y sus laderas.

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